miércoles, 23 de enero de 2019

La culpa fue del Wonderbra





No es ninguna novedad reconocer que hay toda una literatura en torno al oficio de viajante de comercio. Aquí, la verdad, un servidor (aunque no sé si conviene mucho que el cuentista ponga por ejemplo su propia experiencia en la cosa del contar) no conoció tantos como cuenta Pereira que pasaban por la ferretería familiar.

Solo uno.

Venía por casa cuando madre, para sacarnos adelante, volvió al oficio de corsetera, que estaba ya por entonces en franco retroceso ante las nuevas tendencias en técnicas y tejidos.

Tiempos de transición, que afectaron hasta al nombre de las cosas: que el sostén o temporello pasó a llamarse finamente "sujetador".  Y lo que llamábamos "cazuelas" se transmutaron en "copas".

Y la demanda comenzó a ser menor (salvo en el caso de bragueros y corsés para la hernia; pero, claro, esto ocurría en casos muy contados). 

En consecuencia, el encargo de los materiales del oficio (corcheteras, ballenas, rellenos, enganches de ligueros, breteles, ojeteros...) iba decayendo al ritmo que pedían los consumos.

Pero Galindo, el viajante de la firma "Viuda de Lesmes Martín, calle de la Montera, número 3, Madrid" seguía insistiendo como a quien le va buena parte del sueldo en los encargos conseguidos.

-Mire usted, doña Teo, le traigo una oferta que no va a poderme rechazar: que esta primavera lo regalamos todo a precios increíbles.

Y madre terminada pidiendo las dos o tres cosas más urgentes, por si acaso.


Pero ni la indomable tenacidad de Galindo, ni sus ofertas increíbles sirvieron para conjurar el naufragio inevitable del oficio ante el golpe fatal que supuso la asquerosa y traidora aparición del Wonderbra.

martes, 20 de marzo de 2018

La mujer noche.


La tejedora hacía nudos de distintas texturas. Cada nudo era un recuerdo importante. Algo que no debía olvidarse. Los había finos, casi imperceptibles al tacto. Eran esos que estaban hechos de momentos ligeros y gráciles. Otros eran fuertes, enérgicos e incluso deshilachados, se hicieron con las penurias, las bravuras, los miedos, las pasiones y los duelos.

Ella nunca juzgaba la forma del punto, apretaba más o menos según lo que correspondiese. Sin embargo no era ajena a la emoción de cada instante. Sin perder la sonrisa y la mirada amable, recorría la cuerda con las manos, añadía nuevos trozos cuando el cordel parecía acabarse y era inmensamente más delicada con los hilos que con las maromas. Lo pequeño o frágil ha de tratarse como pequeño o frágil.

Ahora una doble lazada con forma de infinito, luego un tendal colgón, después un ocho, un as de guía o un nudo corredizo. La tejedora lanzaba sus cuerdas mas allá de los puntos cardinales.

Todo lo hacía de noche, sin luz siquiera. La tejedora era el silencio del silencio. No es que lo hiciera a escondidas. No. Es que todo lo que existe tiene un tiempo para verse y uno para guardarse.



¿Cuándo estará terminado su tapiz? Siempre y nunca. La hilandera jamás descansa, pues una posibilidad nueva es un millón de caminos. Y un millón de caminos son cuerdas infinitas y nudos inescrutables.

Las estrellas en la basta oscuridad son pulseras en sus muñecas, collares en su cuello y cintas en su pelo. Las gotas de lluvia, las semillas de las plantas, las montañas de las cordilleras, los planetas, son lazos y ataduras nacidas de su artesanía y abrazadas a sus pies. Su corazón es una cuerda que se anuda y desanuda, abre y cierra, tensa y destensa todo.

¿Por qué con tu rueca quitas y pones, vives y matas, tejedora? ¿Quién decide la forma y duración de las amarras? Ella calla y sigue desatando o apretando. Tensando o destensando. Pero de pronto me mira. Siento miedo o respeto. Parece que va a hablar:

- Soy el vientre del vientre. El centro del núcleo. El imán de la fusión. Cada cuerda es un camino. La textura de la cuerda y la tensión con la que se recibe el destino, hace que mi tarea sea neutra. Yo hilo todas las telas y concibo todos los hilos. Río y lloro con ellos, pues son hijos míos. Los ríos van al mar porque recuerdan que antes de ser ríos fueron parte de mi océano.

Una mujer escucha la voz de la gran tejedora. Ella quiere ser en su pequeño jardín como ella. Hace mantas, jerséis, bufandas y calcetines. Es tan inocente que no concibe el dolor, la tiniebla y la muerte. Esta mujer es muy bondadosa. Lleva un pañuelo negro en la cabeza y viste con ropa oscura y mandil lleno con cien dibujos de flores pequeñas. Le gusta la noche por su misterio y silencio. Habla poco porque es dichosa en su hacer. Y conforme teje ropajes, con la fuerza de su útero teje la vida. ¡Qué bonito es el paisaje nocturno cuando todo duerme y descansa! La sombra es un abrazo.



- ¿Madre noche, hasta cuanto se aprieta? ¿Madre noche, hasta cuando se corta? ¿Madre noche, se puede hacer nudo sobre nudo? ¿Cuál es el fluir correcto de la soga?

La gran tejedora ama profundamente a esta mujer y a las mujeres como ella y siempre contesta lo mismo:

- Prueba mi hija. Prueba. Todo es probar y volver a probar. Sin prueba no se decide.

Una noche nuestra aprendiz hace un nudo muy denso y por primera vez se asusta. Es mucha la responsabilidad. ¿Y si equivoco el destino del camino que tejo? Y por primera vez le tiemblan las manos y la noche se vuelve fría, y el silencio ahora es mudez ignorante. Tiemblan las cuerdas en sus manos. Descubre que vida y muerte dependen de su pericia. Y se pone a llorar sobre los nudos más machacados. Los repujados con rabia e impotencia llenos de lanas rotas. Decide anudarse ese dolor dentro, muy dentro. ¿Es por su culpa? Todo brilla menos ella. Ella que sigue tejiendo pero cada vez mucho mas asustada, no sabe como explicar. Se carga a la espalda espirales de angustia. Quiere liberar a los suyos. Quiere que nadie sufra y ata a su propio destino todos los sufrimientos. Sin querer los atrae. Yo lo llevo todo y que nadie lo lleve, pero cae de rodillas cuando no puede más. Es mucha cuerda para una rueca sola.

- Prueba, mi hija prueba.- Se oye de nuevo.

La mujer no escucha ya a la tejedora grande. No puede. Traga saliva como si fuera un cordón de óxido. Tiene miedo de ser mujer. Cree que nació para yunque de fragua, no quiere serlo, y sin embargo, teje, planta flores, tiene hijos, ama, riega la tierra y no sale en los libros de historia. La mujer añora y la noche que antes era tan amada para ella, tranquila y amorosa, ahora le sirve para llorar. Ahora le pesa y asusta.

- ¿Por qué esta tarea es para mi? - Con incertidumbre se echa a la espalda la soga y tira de ella como si llevase el peso de la tierra entera. - Si suelto alguien lo puede padecer.- Tira y anuda a la vez.

- Prueba, mi hija prueba. Prueba a ser noche oscura. Vive tu misterio.

De pronto la mujer vuelve a escuchar a su madre. Y se inspira. Otra vez es inocente. Siempre lo ha sido. No puede mirar un solo hilo. Tiene que sentir en las manos la tensión o distensión de la tela entera y dejar que sea la materia del tapiz la que teja. La misma fuerza de la fibra la que le saque del lío en el que se ha metido. ¡Ah! Bendita noche de quien acepta no saber nada, y teje, y vibra, y sin embargo escucha más allá de vida y de la muerte. Resurge. Baja con humildad la cabeza y sonríe. No importa que nadie la vea. Hay tiempo para dejarse ver y tiempo para guardarse. Ella teje feliz porque sabe que todo va por donde debe, aunque no lo parezca a veces. La noche permite el día. El día nace de la noche y la voz surge del silencio. Así es. Ella se sacude el dolor de las manos y espera su tiempo para hablar. Hay que probar y probar de nuevo. Otra vuelta de ovillo que gira contento.


La gran tejedora llama a sus hijas. Tejed y no sintáis lástima por la brevedad o dureza de algunas cuerdas. Tejed y amad. Amad y tejed. Pues cada nudo será una puerta y cada puerta un universo. Eso sí, todo a su tiempo. Ahora las mujeres sonríen. Saben algo que no puede explicarse. Llenan la noche plena de hilos de plata invisibles. Las abuelas respiran con el vaho de los bosques de roble. Las abuelas son un bosque. Uno que es la madre de todos los bosques.




miércoles, 24 de enero de 2018

CRÓNICA DE INDIAS



Cuando, en el año de gracia de 1542, Hernán Pérez de Oviedo embarcó en Sevilla para las tierras de más allá del mar, lo hizo lleno por igual de esperanza y temor. Corrían leyendas sobre grandes tesoros, pero también sobre seres horrendos: gigantes de un solo ojo y brazos de simio, despiadados comedores de hombres, sirenas subyugantes. Sin embargo lo que a Hernán verdaderamente fascinaba era la leyenda de las amazonas, mujeres belicosas que mataban a los varones una vez cumplida su función genésica. Decían los bulos que su misma madre les quemaba un pecho para facilitarles en la adultez el manejo del arco, arma en el que eran expertas consumadas. En eso pensaba Hernán cuando el vigía grito “tierra a la vista”, y casi sin darse cuenta se encontró entre árboles tan descomunales y bestias tan extrañas que todo le parecería ya posible, fueran monstruos de tres metros o mujeres guerreras. Las de aquella isla tenían los dos pechos en su sitio, de eso sí pudieron dar fe. Empezaron a maliciar algo al tercer día de desenfreno. Dijo el capitán: “¿y los hombres?”, y les cayeron encima cien saetas. Y no eran precisamente las flechas del amor.

lunes, 22 de junio de 2015

MATAR AL CÉSAR.

Lo vio llegar con una sonrisa de césar, orgulloso de haber ganado la última batalla. Desafiante, rodeado de reducido séquito de servidores a los que en otras circunstancias no hubiera prestado la más mínima atención.
Se acercó altivo al lugar que consideraba su feudo y que por algún tiempo le había sido arrebatado.
Al aproximarse, sus miradas se cruzaron. Pretendía que la suya resultara arrogante, triunfadora, tan superiormente hiriente, que la otra no fuese capaz de mantener el aire de victoria impreso en ella, hasta conseguir que la apartara y dejar con ello patente su triunfo.
Pero se encontró con unos ojos que supieron mantenérsela con  sonrisa burlona. Más desafiante aún si cabe que la suya propia, mientras sus labios la prolongaban hacía una  risa
jovial.
No iba a permitir humillación alguna por su parte. Era él quien se había rebajado al elegir la estrategia de esa guerra. Sonrió abiertamente, con un gesto abierto y luminoso, su mejor arma, mientras comentó jovialmente a los acompañantes de su mesa:
"Está claro lo que la Historia nos demuestra. Y es que la única forma de hacer que un césar -o un dictador, que viene a ser lo mismo - renuncie definitivamente a su poder es una sola. Cortarle la cabeza, de una vez y para siempre ".
Cogió luego el vaso con su mano y, aún sonriente, saboreó con deleite su café helado.
Fue el otro quién volvió su cerviz hacia otro lado y a sus servidores a quienes se les heló el gesto de arrogancia. 
Aunque en esta ocasión fuese escaramuza, que no batalla, ésta no habían conseguido ganarla.

jueves, 18 de junio de 2015

MELODÍA DEL PASADO.



Había escuchado muchas veces aquel viejo piano. Desde que apareció en la taberna, desde entonces, muchas manos lo tocaron y arrancaron de él notas que hacían transitar a los oyentes por todos los sentimientos.
Ella nunca lo tocó. No dominaba el arte de la música aunque le gustaba dejarse llevar por ella. Esa tarde, sentada en el patio emparrado, escuchó una vez más como alguien desgranaba sus notas en el silencio de una tarde bastante solitaria. Se dejó llevar por una melodía que le despertó antiguos recuerdos, reminiscencias del pasado.
La curiosidad pudo con ella y se levantó lentamente. Parada en el quicio de la puerta, escuchó con más atención aún que antes. La melodía le resultaba ¡tan conocida! Sigilosamente, se acercó un par de pasos más. Sentada en el piano, una figura masculina se inclinaba sobre el mismo con mimo, desplazando sus manos con infinita delicadeza. Su rostro, oculto en la sombra del ala de un ancho sombrero, parecía querer guardar celosamente el anonimato del intérprete.
Dio un paso más. Se sentó en uno en uno de los taburetes de la barra y redobló su atención. Las manos del pianista se alargaban sobre las teclas acariciándolas al ritmo de aquella melodía que repetía una y otra vez. Sus ojos quedaron atrapados en el movimiento de aquellos dedos. Y, entonces, reconoció  a un tiempo aquella canción y los dedos  que  seguían infundiéndole la misma alma que el día que la escuchó por primera vez.
Cuando acabó la melodía sus ojos se cruzaron con los ojos del músico.  Se sonrieron, y con un gesto le  dedicó en silencio, una vez más,  aquella canción que había nacido para ella hacía ya cerca de cincuenta años. Seguramente, en algún lugar muy cercano al que ahora ocupaban ambos.

viernes, 5 de junio de 2015

ATRACCIÓN IRRESISTIBLE.



 (Llevaba varios días rondándome por la cabeza. Hoy lo comparto con tod@s vosotr@s para refrescar este día que, mucho me temo, se presenta excesivamente caluroso)

Llevaba observándola largo rato. Con profundo deseo. Destacaba entre las demás con todo su esplendor y, desde el primer momento, no pudo apartar sus ojos de ella. Hacía calor, y su boca se llenaba de agua solamente de imaginar  sus manos y su boca posándose sobre su tersa piel.
Al fin se decidió. Sorteando uno a uno los obstáculos que se interponían entre ellas, avanzó lentamente, de forma sutil, intentando pasar desapercibida, hasta que alcanzó el grupo.
Entonces, con un movimiento decidido y rápido, la sujetó con ambas manos para evitar que se le escapara y la acercó hasta sus labios sin encontrar resistencia alguna. Fue justo en ese momento cuando también  llegó hasta ella  su aroma irresistible, un aroma refrescante y cálido a la vez .
Ya no pudo resistirse más. Entreabrió su boca y clavó sus dientes en su carne prieta y fresca. Con el mordisco sintió de golpe cómo se le refrescaba toda la sequedad acumulada en aquella tarde de verano. Y tras el primer mordisco vino otro, y otro, y otro…
Mientras la saboreaba acudieron a su mente miles de recuerdos infantiles y la voz jovial de su padre diciéndole:
-         -  Niña, has venido a recoger manzanas, no a comértelas.

miércoles, 3 de junio de 2015

LUNA LLENA.


Abandonó el coche a un lado de la carretera para seguir el camino plateado señalado por la luna llena. A mitad del recorrido  se despojó de sus zapatos, para avanzar sintiendo  bajo sus pies la libertad que le producía caminar descalza sobre el manto salvaje de una pradera tupida y firme.
Le llegaba el aroma de la incipiente jara, del cantueso, del tomillo, mientras la envolvían los sonidos nocturnos del bosque. Y continuaba avanzando ganando en rapidez, hasta convertir sus pasos casi en una carrera.
Alcanzó el claro al mismo tiempo que la luna se derramaba sobre él con toda la plenitud de su blancura, tiñendo la noche de una mágica claridad. Se detuvo justo en el centro. Alzó hacia ella su rostro  y sus brazos abiertos y comenzó a desnudarse lentamente. Después se tumbó sobre la hierba y cerró los ojos, dejando que el resplandor de un grandioso disco lunar se derramase sobre ella.
Cuando los abrió de nuevo, ya la luna se escondía junto al linde donde comenzaba la arboleda, llenando de penumbra y sombras aquel refugio de quietud y de silencio. También ella se sintió llena, plena de satisfacción, de realidad e irrealidad a un mismo tiempo, de indescriptibles sentimientos… Y comenzó a incorporarse muy lentamente, para no turbar con bruscos movimientos la vida que palpitaba en aquel rincón del bosque.
Se fue vistiendo poco a poco  y, aún descalza, inició el retorno hacia su coche, mientras la luna, deslizándose en dirección contraria, llenaba de sombras el camino de regreso y de luz el futuro al que ahora se enfrentaba.