miércoles, 15 de septiembre de 2010

La libertad de las cadenas. Evangelio según Manolo.


Contaba la leyenda de una época lejana, que los reyes eran reyes por la gracia de un buen Dios. Cuando el rey era generoso y honesto, mantener este aforismo no sólo era hermoso, sino que tranquilizaba la conciencia, pero cuando del saco de reyes que elegía el creador salía a reinar un rey cruel y/o mezquino, entonces todos; especialmente la gente humilde, callaban sumisos aceptando aquel postulado degradante, notando que, o aquel Dios no era justo, o bien delegaba su elección en alguien inexperto.

Antes de esa época legendaria, los hombres en la antigüedad vivían desperdigados y terriblemente solos, por ello, levantaron sus manos al cielo pidiéndole a éste unidad, sociedad y liderazgo:

- Señor, Señor, ¡Basta ya de promiscuidad! Queremos familia, trabas y convenciones. Ordenes que cumplir y jefes que acatar.

El viejo dominador pensó durante tres segundos, los cuales con certeza equivaldrían eternidades en la mente humana. Todos miraban al barbudo albino, al Dios que todo lo sabe y enmudecían con respeto y expectantes temores.

-- Miradme – ordenó- Voy a conceder lo que pedís. Desde hoy los hombres vivan en pueblos y los pueblos formen ciudades y las ciudades “ naciones ” y que pueblos, ciudades y naciones se rijan por un Derecho justo y por un gobernante contrastado.

Los hombres se abrazaron por primera vez, se unieron y tuvieron monarcas; sin embargo había una sombra de halcón que destruía y creaba odio dentro del corazón de algunos. Al surgir pueblos, ciudades y naciones, unos miraban a los otros y ansiaban, y codiciaban sus destellos. Vino la guerra, la falsedad y la rabia, porque, aunque Dios eligió “rectores justos”, estos eran engañados por codiciosos o se volvían egoístas, pues la virtud que les llevó a ser elegidos, había muerto con el tiempo y el poder.

Iracundo Dios juzgó a los lideres en un juicio terrible y devastador para sus almas. Nuremberg al lado de este proceso seguramente sería un camino de gardenias.

De nuevo la mano que todo lo puede recurrió a su viejo saco y con sus viejos dedos colocó en lo viejos sillones, nuevos lideres que mandasen.

La crueldad no obstante inherente a la naturaleza del lobo, volvió a imponerse entre las naciones y la divinidad decidió confundir la lengua de los hombres y mandó un diluvio ( en otra ocasión desarrollaré el tema); baste decir que cada pueblo, nación o “suciedad” que surgía, volvía a repetir los errores del pasado.

Así que, como le daba tanto quebradero de cabeza decidió delegar tal competencia en un juzgado de lo divino; órgano celestial colegiado conformado por santos de contrastada envergadura. Los tres magistrados que decidirían sobre la materia objeto de esta jurisdicción electiva eran San Judas Tadeo, porque grande parecía la tarea y siendo santo de los imposibles su prestigio sería inefable, San Pedro, el presidente, que por haber negado tres veces a Cristo conocía el dolor de equivocarse y Santa Rita que debía ser la encargada de afianzar las decisiones; para que lo que se diese a los hombres no se les quitase. El mismo tribunal que elegía a los reyes luego juzgaba su gestión por medio de un tramite incidental en un proceso especial post mortem. Aunque hubo algunas elecciones claramente ruinosas, la cosa funcionaba bien en esencia, pero los hombres se sentían muchas veces defraudados por su falta de participación en tal tribunal.

- ¡Señor, Señor! queremos peso para elegir.

El buen Dios aún mas viejo, afirmó con una dulce diatriba “ Hombres de paja y barro, así sea, que dos de vosotros os representen en el tribunal.”

Evidente que con todo aquello no se lograba nunca la perfección, sino la mayoría de las veces una catástrofe. Siendo la deidad perfecta, abominaba la imperfección, aunque sabía soportarla, porque concebía los errores como medios para dar la libertad a sus hijos; cosa que le parecía sublime.

- ¡Señor! ¡Señor! – gritaron- nos parece poco.

Dios calló.

- ¡Señor! ¿Señor? – patalearon- Tenemos que decidir a solas, no somos bebitos tragones e inútiles.

Dios calló.

- ¡ Basta ya! Escúchanos, queremos todo el peso.

El anciano licurgo que dispone del mundo, enfurecido, rojo como la malva enrojecida y funesto como el hambre sin el pan – Voceo desde la cúpula cerúlea- Queréis, queréis y que dais... – golpeando su trono secular con su báculo vetusto- ... Así sea, que el hombre decida solo, que Dios no escuche al hombre, que el hombre únicamente pueda creer en Dios por fe y no por ciencia, que el hombre olvide lo aprendido y parta de cero, con el azadón en la mano, ganado que criar o tecnología que le encadene...- guardó silencio para añadir después- ...Ante todo que decida por si mismo no sólo sus normas y sus lideres, sino también su creencia, su conciencia y su moral. Don mas grande que la perfección es la libertad que os doy. Ésta por la que me enfurecéis, la que os condena a no ser esclavos, a ser débiles o fuertes, a llorar cuando no sepáis como, a luchar cuando no sepáis como y a ser tortugas caminando hacia la verdad que se os escapa...- Se volvió hacia los Santos y dijo- ... que mi tribunal redacte la sentencia, os la entregue y la ejecute. Sabed que contra ella no cabe recurso, tiene efecto de cosa juzgada y es erga omnes.

El tribunal cumplió la orden encomendada y desde aquel día vivimos como vivimos y filosofamos como filosofamos. Puntualizaré que aquella sentencia ( lo digo por si alguien va al cielo y quiere leerla) fue publicada en el B.O.C. con fecha 14 de julio de 1789. En ella se presentó un voto particular firmado por San Pedro en el que se hablaba de la rigidez del Santo Padre y en el que se defendía como derecho fundamental de la humanidad y no como principio “ rector ”, la posibilidad de conocer la verdad. Derecho que incluía entre otros aspectos, el origen del universo y de la vida, las ciencias, la justicia de las leyes y el olor de las cosas que no huelen a nada.

Para acabar decirles, que parte de la Doctrina del cielo defiende, que si se hubiese aprobado el proyecto de ley del Jurado angelical antes del dicho juicio y no cuando se hizo por Real Decreto Divino de 28 de diciembre de 1900, la situación habría cambiado y quizá los hombres no sufrirían tamaña pena.

Manuel Ferrero López del Moral

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