jueves, 18 de junio de 2015

MELODÍA DEL PASADO.



Había escuchado muchas veces aquel viejo piano. Desde que apareció en la taberna, desde entonces, muchas manos lo tocaron y arrancaron de él notas que hacían transitar a los oyentes por todos los sentimientos.
Ella nunca lo tocó. No dominaba el arte de la música aunque le gustaba dejarse llevar por ella. Esa tarde, sentada en el patio emparrado, escuchó una vez más como alguien desgranaba sus notas en el silencio de una tarde bastante solitaria. Se dejó llevar por una melodía que le despertó antiguos recuerdos, reminiscencias del pasado.
La curiosidad pudo con ella y se levantó lentamente. Parada en el quicio de la puerta, escuchó con más atención aún que antes. La melodía le resultaba ¡tan conocida! Sigilosamente, se acercó un par de pasos más. Sentada en el piano, una figura masculina se inclinaba sobre el mismo con mimo, desplazando sus manos con infinita delicadeza. Su rostro, oculto en la sombra del ala de un ancho sombrero, parecía querer guardar celosamente el anonimato del intérprete.
Dio un paso más. Se sentó en uno en uno de los taburetes de la barra y redobló su atención. Las manos del pianista se alargaban sobre las teclas acariciándolas al ritmo de aquella melodía que repetía una y otra vez. Sus ojos quedaron atrapados en el movimiento de aquellos dedos. Y, entonces, reconoció  a un tiempo aquella canción y los dedos  que  seguían infundiéndole la misma alma que el día que la escuchó por primera vez.
Cuando acabó la melodía sus ojos se cruzaron con los ojos del músico.  Se sonrieron, y con un gesto le  dedicó en silencio, una vez más,  aquella canción que había nacido para ella hacía ya cerca de cincuenta años. Seguramente, en algún lugar muy cercano al que ahora ocupaban ambos.

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