martes, 2 de junio de 2015

CARTAS MARCADAS



Habían sido amigos. Podría decirse que ambos habían evolucionado juntos en aquel mundo tan complejo. Muy pronto se dio cuenta que lo habían hecho por caminos que se iban separando un poco más cada día.
Cuando sus destinos tomaron rumbos diferentes, uno creyó que podría seguir contando con su apoyo, con el respaldo adquirido por tantos años de experiencia en un aparente mismo objetivo. El otro pensó que dejaba en sus manos la posibilidad de seguir manejando sus propios hilos desde la sombra.
Olvidó que no eran mentor y alumno, sino dos iguales. Y el día que descubrió que aquel  a quien consideraba su pupilo tenía criterios propios y que estos no iban a plegarse a sus anhelos, transformó su apoyo en la más cruel de las  inquinas. Sacó mil armas invisibles y, de  forma sutil y lentamente, le fue provocando herida tras herida para que poco a poco se desangrara y abandonara por si solo una partida en cuya mesa él mismo le había sentado.
Se equivocó por completo. Tensó tanto la cuerda de sus mezquindades que el pupilo se revolvió como animal malherido para defender su dignidad con uñas y dientes. Y decidió acabar, pese a todo, aquella partida.
Le costó sobrevivir a un ataque que se prolongó en el tiempo más de lo que había sido capaz de percibir hasta el último momento. Una venda de amistad y trabajo compartido cubriéndole los ojos. A punto estuvo de perder su dignidad en un juego en el que, como reza el dicho, el padre prefería matar al hijo antes de perder su dominio sobre él.  
Afortunadamente reaccionó a tiempo. Caída por fin la cinta que le impedía ver la realidad, se revolvió como animal malherido buscando salvar su vida. Hoy evoluciona lentamente de los golpes, haciéndose más fuerte cada día.
¡Qué pena de amistad mal entendida! ¡Qué mezquindad de juego en el que sobre la mesa solo se ponen cartas marcadas bajo la ingenua ignorancia de los jugadores que más se arriesgan!

CUANDO LOS RECUERDOS HABLAN.


De entre todas las fotografías expuestas en aquella sala, se fue a parar precisamente frente a esa. Esa que mostraba los cadáveres amontonados en la cuneta. 
Una fuerza invisible la había arrastrado hacia allí sin que hubiera podido evitarlo. Y ahora sus pies se habían quedado pegados al suelo frente aquella imagen en blanco y negro, con olor a miedos y recuerdos. Sus ojos fijados en aquellos cuerpos que parecían hablarle desde más allá de la película fotográfica en que se habían visto atrapados.
De pronto, un nuevo pinchazo de esa mano que le duele intensamente, mientras  le viene a la mente el recuerdo de la mano de su madre. Muerta a manos de los fascistas por el sólo delito de querer a un hombre con ideas opuestas a las suyas, dejando huérfanas dos niñas de corta edad.
Ella era la pequeña. No recuerda ya su rostro. Sólo la constatación de quienes la conocieron y la recuerdan como una mujer muy guapa. Su recuerdo y el sentimiento de la injusticia sufrida por su madre le asalta una y otra vez en los últimos años.
Un nuevo pinchazo de dolor en su mano adormecida, sin apenas sensibilidad, y su mirada desciende de las crudas imágenes del papel hasta ese miembro dolorido. Y, con la misma, el insistente recuerdo de su madre, localizada mal enterrada en una fosa común, cuando ella era apenas una niña. Aún se imagina su blanca mano, con la alianza de boda todavía en sus dedos, asomando entre la tierra removida. Así fue delatado su cruel destino a la gente de la zona. Así pudieron constatar su muerte y su identidad. No fue una ejecución. Fue un asesinato. Dicen que sufrió tortura. Dicen que le faltaba un pecho que le habrían cortado por negarse a los carnales deseos de sus opresores, perros salvajes movidos sólo por oscuros deseos de venganza. Dicen…
Ahora ella solo recuerda que tenía apenas seis años cuando se la arrebataron por el simple pecado de ser la mujer de un honrado sindicalista que siempre luchó por los derechos de sus compañeros. Un hombre que cometió el pecado de pensar de forma diferente a los poderosos y así manifestarlo.
Y frente a esa fotografía en blanco y negro, llena de terribles recuerdos del pasado, siente como se asfixia entre el silencio de los gritos ignorados que se ahogan tras la puerta cerrada a cal y canto por el miedo y la vergüenza; de la vergüenza asentada por discursos que aún hoy se deslizan sutilmente, queriendo echar tierra sobre tantas muertes injustas e innecesarias; de esa profunda vergüenza del pasado instalada en algunos de aquellos hijos y nietos, que han llegado a pensar que tal vez fue verdad que hubo algo delictivo en los afanes de los muertos de entonces.
Pero Felicidad solo piensa que todo muerto tiene derecho  a morir y a descansar con dignidad para siempre. Así lo ha sentido una vez más frente a esa imagen que podría haber recogido la muerte de su madre. Y en ese mismo momento decide, dar voz a sus recuerdos, y lanzar al mundo el terror y la angustia llevada por tanto tiempo dentro.
                Para que nunca más vuelvan a quedar huérfanos los niños.
                Para que nunca más haya que esconder por miedo las ideas.

EL BESO. Relato corto


Sus manos jugaron a enlazarse por encima de la mesa, entre los obstáculos fácilmente superables de vasos y tazas. Mientras, la caricia se extendía a través de sus miradas que recorrían cada rincón del rostro del otro, buscando reconocerse, aprenderse cada poro, cada pliegue de la piel ajena.
Pronto, la distancia que entre ambos suponía aquella mesa de cafetería, se les antojó infinita. Y se encontraron sentados, muy juntos, en aquel diván de un discreto rincón de la cafetería, ajenos a todos y a todo.
Las manos ya no se conformaron con las manos. Para la mirada ya no fue suficiente encontrarse con la mirada del otro. Y sus rostros se juntaron buscando el aliento ajeno mientras los dedos dibujaban nuevas geografías aún desconocidas. Y tras ellos llegaron los labios, deslizándose por cada detalle de la faz del otro, para acercarse despacio, muy despacio, hacia aquellos labios que se ofrecían entreabiertos y ardorosos. Hasta que llegaron  a juntarse en aquel primer beso que jamás olvidará.
Tras el primer impulso, un cuerpo apartándose bruscamente del otro, una voz apenas imperceptible, con un ligero matiz de asco en el acento, preguntando:
-          ¿Has comido morcilla?
¡¡¡HUELES a morcilla!!!
Y la magia del momento rota para siempre, ante la mirada incrédula de la pareja, ante una perplejidad que, aún lo recuerda bien, tardó largos minutos en superar.

Son las fiestas de San Froilán, y un olor intenso a morcilla recién hecha se extiende por cada rincón del Barrio Húmedo.
Han pasado muchos años desde aquel primer beso que rechazó y aún sigue sin soportar el olor de la morcilla impregnándose en la piel y en el aliento. Un olor agrio, como a rancio, que perdura durante horas a pesar del agua, del jabón, e incluso de la pasta de dientes, un olor que le sigue produciendo rechazo sin conocer el origen ni la causa.

jueves, 2 de abril de 2015

Amor cósmico.

Eran dos enamorados que tenían el sol en las palmas de las manos. Cada vez que hacían el amor, nacían galaxias, se abría el sexo puro de la tierra, el campo florecía y las perlas escondidas de la sabiduría humana brotaban en sus corazones.
Sus labios al besarse levantaban un arco iris por el que caminaban los seres míticos y los ángeles. Juntos eran un tsunami de amor, un huracán de ternura y un nuevo horizonte para la vida del planeta tierra.


lunes, 26 de enero de 2015

Palabra de cabra.


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Ilustración: Pablo Melcón.
Texto: Manuel Ferrero.

Cuento publicado en la revista Saba:

http://www.revistasaba.com/

jueves, 22 de enero de 2015

NUEVE NANORRELATOS SOBRE "EL ABRIGO"



El pornógrafo ocultaba el muestrario de postales sicalípticas en el reverso del abrigo. Por el verano, atendía un carrito de helados.

En los buenos tiempos, le regaló un abrigo de marta cibelina. Ahora, cada vez que ella le arroja una moneda, se le hiela el alma.

Salían a mendigar sin abrigo para dar más lástima. Luego, se reponían en casa, con el baño caliente que les preparaba el mayordomo.

Salió a cazar un oso para hacerse un abrigo, pero acabó jugándose con él su pelliza al póker.

Cuando el abrigo de pieles estuvo por fin terminado, al embajador en Moscú le enviaron urgentemente a Nairobi.

Por un extraño prodigio, todas las pieles del ropero de la ópera huyeron en tropel y se ocultaron en los setos del parque más cercano.

Desde el asilo de ancianos, aún se acuerda del frío que pasó cuando vendió el abrigo para pagar las medicinas de ese hijo que nunca viene.

Cuando un abrigo sin nadie dentro le pidió fuego, casi le da algo. Luego pensó que el hombre invisible también tenía derecho a tener frío.

Le regalaron un abrigo negro y largo, con esclavina y forro rojo. Al mes de usarlo notó que le estaban creciendo los colmillos.