domingo, 31 de octubre de 2010

La llamada de la noche.


Allí estaba una vez más. Sola, en medio de la noche. Entre la oscuridad y el silencio. Bajo la pálida mirada de la luna y el leve titilar de un tupido manto de estrellas.
Recordó aquella primera noche, hace ya muchos años, cuando siendo poco más que una niña se empeñó en ir a ver las estrellas. Fuera de la ciudad, donde la hermosa nocturnidad no pudiese ser hollada por las luces impías de neón. Aunque en muchas ocasiones ésta le había sorprendido fuera de ella, siempre había sido en bulliciosa compañía. Nada que ver con el romanticismo que exhalaban tantos poemas leídos, tantas historias entrelazadas en las páginas de las novelas... Y decidió que ya era hora, que el momento había llegado. No supo muy bien a que podía responder tan imperiosa y repentina necesidad, ni si su deseo pretendía tan solo experimentar nuevas sensaciones o si, además, pretendía poner a prueba el amor de su acompañante. El caso es que sentía ese impulso en su interior de forma insistente y desbocado. Insistió; insistió hasta que consiguió cumplir su deseo, un deseo que solo su conciencia sabía tenía muy poco que ver con el aparente romanticismo que la situación podía aparentar.
Era una noche tardía de otoño, casi de invierno, y el ambiente estaba muy frío para aquel tiempo. A pesar de todo, su pertinaz insistencia consiguió convencerle (era él quien conducía) para buscar un espacio un tanto alejado de la ciudad, un lugar en el que poder contemplar limpiamente las estrellas. El coche les condujo por veredas y caminos hasta una pequeña ermita oculta entre pinos, robles y encinas, refugio de cazadores en los días abiertos de veda. Apagaron el motor. Él no hizo ningún ademán que permitiera adivinar su intención de abandonar el automóvil. Ella, decidida, dio el primer paso. Había sido su deseo. Abrió la portezuela y salió al silencio de la noche. Era oscura. Allí, lejos de las luces protectoras de la ciudad, parecía de repente más profunda de lo que nadie pudiera jamás imaginarse. La luna no brillaba como en otras ocasiones y el manto estelar, casi invernal, parecía infinitamente más lejano que en las noches estivales. Dio unos pasos hacia la oscuridad y el silencio. Y allí, en medio de una intangible inmensidad, miró hacia el cielo.
Estaba sola. Se sintió sola. Fue como si de repente el silencio, más que la noche, lo invadiese todo. Y se vio de pronto convertida en un minúsculo grano de arena batido por la enorme grandeza del mar, un breve y leve sonido en el grandioso conjunto de una orquesta. Se notó pequeña e indefensa, como si de pronto todo el peso del mundo cayese sobre sus jóvenes hombros. Y sintió tal opresión que hasta se le hizo un nudo en la garganta. Comenzó a tiritar, aunque no por el frío de un nocturno otoño, sino por la indefensión de tan diminuto ser ante la enorme magnitud del mundo, ante su grandiosidad. Creyó sentir en un solo momento todos los sonidos que la ciudad desconoce..., el viento entre los árboles... el vuelo de nocturnas aves... la respiración tranquila de pequeños animales..., el sonido acechante de los depredadores ... Y un ciento de sonidos más difícilmente reconocibles en aquel momento y en aquel lugar. Y el peso fue tal, ¡tan grande! la opresión sentida, que su inmediata reacción fue escapar, escapar del peso de la noche buscando el único resquicio de civilización que podía encontrar en ese momento a su alcance.
Se refugió en el coche. Él no se había movido de allí, observando – tal vez sorprendido – su extraña actitud. Y ante la angustia que ella demostraba, la abrazó. Se dejó rodear por sus brazos, pero el gesto de él no pudo impedir las convulsiones nerviosas que la azotaban, no pudo impedir que las lágrimas aflorasen incontenibles, cual catarata en época de deshielo. ¿Angustia?, ¿miedo?, ¿rabia?... ¿soledad? Cada gota caída parecía llena de inconmensurables sentimientos que aún hoy, cuando recuerda lo ocurrido aquella noche, no es capaz de descifrar.
... Pasó el tiempo. Desde entonces, muchas veces se ha enfrentado al silencio de la noche y ha descubierto las mil caras de una belleza apenas vislumbrada por la mayor parte de la gente. Una belleza real, no inspirada por sentimientos románticos, basada en su propia inmensidad, en el sentimiento de grandeza de una oscuridad cargada de luces y reflejos, de un silencio lleno de sonidos, de una soledad compartida con la compañía del tiempo y el espacio. El miedo fue desapareciendo. Y frente a la angustia fue surgiendo la paz.
Y fue en esta comunión que poco a poco fue creciendo entre ella y la noche que llegó el momento... Hoy es una noche de estío. Las estrellas brillan temblorosas, iluminando el entorno con destellos que acompañan la lechosa claridad de la luna llena. Tras ella se recortan los montes elevándose nítidamente al cielo con una extraordinaria grandeza, como un antiguo grabado lleno de mágicas insinuaciones... El silencio se ha plagado de nocturnos sonidos ni siquiera imaginados en las noches urbanas: cálidos, profundos, misteriosos,..., llenando de vida la inmensidad de la misma. Hoy es el momento. Hoy es la noche...
Desnuda de cuerpo y alma, tumbada sobre la propia desnudez de la Tierra, ha sentido latir dentro de ella el milagroso influjo de la Madre que la arropa. Y hoy, que sabe que lleva una semilla de vida nueva en su interior, ha sentido de repente toda la sabiduría que durante siglos se ha transmitido por línea femenina. Ha aprendido de golpe los misterios de la vida. Ha descubierto el lazo invisible que durante tantos años la ha unido con la naturaleza. Hoy ha comprendido qué la atraía de la Noche..., la llamada de la Madre Tierra queriendo transmitirle el saber de tanto tiempo, haciéndola heredera de conocimientos ancestrales. Hoy ha sabido por qué ha perdido el miedo y se siente tan cerca de la tierra y las estrellas. Y hoy ha conocido, en comunión con ella, que la semilla que guarda en sus entrañas será una niña, una niña que heredará de nuevo tantos de esos misterios apenas vislumbrados, una niña que será la heredera de sus saberes y esperanzas.

sábado, 30 de octubre de 2010

QUIERO RECORDAR HISTORIAS.

Quiero recordar historias,

de mi época infantil,

quiero que mi mente regrese,

a aquellos años

y recuerde

las palabras,

que cuenten mis historias.

Y no salen…

simplemente no están.

Quiero recordar un cuento,

un recuerdo,

un cantar,

de cuando en mi día y en mi vida

el campo existía,

de cuando el monte

era mi hogar,

cuando los árboles mis amigos

se callaban al pasar,

hacían silencio con sus ramas,

y dejaban de susurrar,

de contarle historias al viento,

se guardaban los cotilleos,

y quietos

me miraban al pasar.

En mi tierra, de pequeña,

Mi Extremadura olvidada,

Mi infancia atareada

eran,

las herramientas del huerto

mis juguetes

y mis cosas de jugar.

Cuando por ser chica,

pequeña de edad,

el botijo del agua era,

era mi trabajo y mi andar.

“Chica a la fuente”,

“Chica a por agua fresca”,

Y si protestabas,

“Chica a callar”.

Que eran las palabras, orden,

Y el silencio la respuesta,

Que si encima protestabas,

ración doble te esperaba;

por lo qué,

no había otra que:

obedecer y callar.

Recuerdo caminos y miedos,

de silencio

y soledad.

Caminos de lobos imaginarios,

de serpientes escondidas,

de mariquitas contando,

de tiempo embobado y perdido,

de mariposas volando,

de arañas escondidas,

azuzadas por un palo,

de nidos observados,

y gorriones trinando,

de jilgueros y tórtolas,

lavanderas y mirlos,

de un ruiseñor solitario…

Todos ellos en su mundo,

ellos, todos en el mío.

Paseos interminables,

por el monte:

“a por agua”,

“por helechos”,

“la merienda”,

“esa cesta”,

“chica no te embobes”,

“chica trae el gancho”.

Chica era,

un jornal yo trabajaba,

que, aunque chica, no paraba.

Pero,

No recuerdo ni cuentos ni historias,

y sí que las contaban.

Con los años,

ya de grande en mi casa

de la ciudad,

crecida,

en el recuerdo,

no hay palabras,

ni hay chistes, ni fanfarria,

solo recuerdos del campo,

solo recuerdos intensos,

de las muchas horas trabajadas,

de chica y de moza

y de grande…

Olvidos intencionados,

de todas aquellas palabras.

No hay recuerdos para convertir,

ni en filandones ni en historias,

no hay palabras.

El cansancio me impidió,

almacenarlas

para después contarlas.

La ciudad se las comió…

Y mi vida mejorada

las olvidó…

No hay nada que contar,

de filandones de mi casa,

donde la vida era labrar

la tierra con las manos

y el silencio por cantar.

En tierras de Extremadura,

tierra dura del campo,

en aquellas épocas tan crudas,

que no eran épocas de cantos

Ni de chistes.

Los cantos,

eran solo obligaciones.

Era, trabajar el campo.

Charo Acera.

viernes, 22 de octubre de 2010

YOLY Y SU CAFÉ.





YOLY Y SU CAFÉ.







Tomo un café y me ponen de tapa un montón de cacahuetes con cascara, de esos que hay que romper primero con los dientes y juntarlos o en la mano o en la boca para que al masticarlos te sepan a gloria bendita y, he tenido un recuerdo: un café, qué ya no existe, las risas de los que siempre íbamos a las once de la mañana en el descanso del trabajo, de mis amigas y “ella” contando un chiste, que siempre, relacionaba , con morbo, la longitud de sus pendientes y el grado de satisfacción del revolcón la noche anterior y, al llegar a casa, he buscado este cuadro que pinté pensando en ella.




En ese rato de la mañana se juntaban personajes peculiares, un señor con pinta de sacerdote, que no se quitaba el sombrero, nos miraba con desprecio, no le hacían gracia ni nuestras risas ni los cacahuetes y los comía muy deprisa y con ansia, yo siempre pensaba, ¡qué lástima, no le caiga uno en la boca de esos que amargan!, solo para ver su cara…; una señora muy alta con tipo de modelo pero sin estilo pasarela; un paisano, que yo creo, le tiraba los tejos a “ella”, la chica de la barra, pero con unos dientes espantosos y en silencio me imaginaba cosas muy desagradables; y mil risas que generaban sus chistes y su comentarios.




El bar se cerró, porque le tocó pelear contra el cáncer, pero las mujeres poderosas pueden con todo y ya está de vuelta, me lo contaron el otro día.




Con esos ojos y ese humor se puede uno comer el mundo.







Charo Acera.




CUESTIÓN DE DOGMA





Lo mas destacable que tiene la Villa es que sus lugares mas encantadores gozan de la constante compañía de los lugareños, los cuales tienen unos egos tan inmensos que sacan de contínuo sin correa y sin bozal,lo que hace imposible dar una caminata.

Al segundo dia en la Villa resolvimos vestirnos con nuestra ropa deportiva. Ya saliendo por la puerta de la hostería, el dueño nos hizo ver que íbamos sin la correspondiente corbata. Nadie allí se hubiera atrevido a cruzar el portal de su casa sin llevar una de sus mejores , ciñendo el cuello de la camisa.
Fué inútil hacerle ver que no vestíamos camisa.
Y mi Ego, ¿donde estaba ? , quiso saber a continuación.Quedé turbado. Camisa, corbata, Ego.
Salimos.
Como si obedecieran a una consigna, señoras con sus egos se adosaban casi a nuestros tórax y no nos dejaban avanzar.Tal era su proximidad que nos salpicaban con sus salivas. Un par de señores de edad bastante avanzada, con egos y bastones venian como marcándonos los pasos a nuestra espalda. Había aun otro detalle : un par de niños se divertían en lanzarse una pelota de las de tennis a nuestros costados.
Mediante una idea que parecía ingeniosa , mi mujer y yo decidimos unir espalda contra espalda y comenzar a rotar sobre el pavimento. Dedicados como estaban a sus propios egos nadie llegaría a percatarse de nuestra situación rotatoria.
Batiendo palmas los presentes cambiaron egos entre sí, o se permitieron donar cada uno su máscara al otro.
Entonces los vimos.
Eran unos Otros campechanos, rellenitos, con mecanismos de relojería gastados a causa de permanecer hasta las mas altas horas de la madrugada bailando en la cuadrícula de la plaza. Desde algun sitio surgió una música alegre. Más que alegre. Alegrísima.
Ambos niños nos empujaron hasta un árbol y con unas correas que sacaron de los bolsillos nos amarraron fuertemente al tronco del nogal.
Cuestion de dogma, nos explicaron.
Solo así garantizaban la vida de los viajeros que osaban pisar su patrio suelo sin sus egos . -

Beatriz Basenji

miércoles, 20 de octubre de 2010

El adiós




¿Sida?. se preguntó Margot. Asombrada pero inexplicablemente tranquila.
Sabía que no había motivo para alarmarse. Sí, la situación no era para menos, sí, pero todos los días la medicina avanza, se descubren nuevos fármacos, todo es cuestión de tiempo. ¿Tiempo? ¿Y a quien le importa el tiempo? ¿Quién tiene tiempo?¿Ese hombre que pasa leyendo el periódico?¿Esa mujer que saca de una bolsa de plástico un bocadillo grasiento mientras mira como se columpian sus hijos? ¡Y un carajo el tiempo! ¡El tiempo es para los otros! ¡Para ella no!.
Era primavera, hacía un día explendido, a sus oidos llegaba el ruído del viento ululando entre las copas de los árboles, el griterío de los niños, una bocina lejana.
La palabra maldita, había brotado sin querer a la salida del ambulatorio,entre la realidad y el sueño: "Como una flor que expira" ¿Quién dijo eso?.
Parece poesía. Poesía ¿No?. Sida.
Deslizó una mano en su bolsillo y palpó algo, era el resultado del análisis de sangre, VIH positivo, decía. Recordó que ni siquiera lo había guardado en el bolso, había salido atropelladamente de la consulta, ciega,completamente ciega, sin ver el semáforo que estaba en rojo.
Con las yemas de los dedos, rozó sus bordes, e inmediatamente las retiró como si el papel quemase. Entonces, cerró los ojos, sentada en aquel banco del parque y recordó sin saber porqué a Luismi, aquel muchacho seropositivo del instituo, el de los ojos saltones, el que siempre estaba triste y al que todos temían acercarse porque tenía ¿sida?
Incluso ella había sentido un cierto recelo, a saber como habría contraido la enfermedad. ¡Ironias del destino!. Quién iba a decirle a ella que una simple operación sería suficiente para que le inyectasen la maldita sangre enferma.
No había abierto más que un poco los ojos, cuando se dió cuenta que el parque había quedado muy atrás. La puerta de la habitación estaba entreabierta, había un insoportable olor a lejía y borrosamente vio pasar siluetas con batas blancas deambulando de un lado a otro.
¿Quién está ahí?. Miró y se encontró con los ojos de Luismi. Luismi, el paliducho. Sí, el que apenas levantaba los ojos cuando le hablabas. Su extraño amigo Luismi, allí contemplándola. Mudo.
El chico sonrió dulcemente y bajó los ojos, como solía hacer. Ella pensó:
Me estoy muriendo. ¿Muriendo?¡Tonterías!. Sin duda lo soñé. ¿Que es imposible? ¿Eh?.¡Por que tú lo digas!. Yo estoy sana ¿me oyes?. Yo no tengo eso. ¡No!.¡No digas la palabra!. Estaba mareada, mareada como después de conducir durante todas las noches
viendo pasar las luces vertiginosas.
¿Era de noche?¿Había amanecido?.
¡No! ¡No quiero cerrar los ojos!. ¡No dejes que me duerma!. ¡Es muy importante que esté despierta!.
La discusión de dos viejos en la sala de espera:
-¿Y dice usted que tenga fe?¿Que crea en Dios?¡Pues demuéstremelo!. ¡Haga que aparezca Dios y yo le creeré!. Porque tengo cancer ¿Sabe?. Me estoy muriendo y sinceramente no creo que ni Dios ni sus malditos ángeles vengan a salvarme.
Paredes blancas, asépticas, olor a desinfectante, demasiado desinfectante,
timbres que no dejan de sonar, carreras por los pasillos.
-Enfermera, a mi mujer se le ha acabado el gotero.
-Siento tener que comunicarselo, su hijo ha entrado en la fase terminal...
-¡Doctor Galavez!. Es preciso que acuda a la 243, los familiares quieren hablar con usted.


¿Dónde está la maldita enfermera?. ¡Dame morfina!. Dame lo que sea, pero que me duerma, que me calme este dolor infame. ¿Para que seguir viviendo en estas condiciones? ¿Dime?
¡Quieta! ¡Tranquila!. Yo estoy a tu lado. Sé que estás muy cansada, pero ya queda poco. Yo estoy a tu lado. Imáginate que vamos hacia un gran lago, el más hermoso lago que has visto en tu vida. Yo te doy la mano. Yo te ayudo a cruzarlo.
Sintió su voz susurrante y la dulzura con que él retiraba el sudor de su frente. Luismi la miraba, casi con afecto. ¿Cuántos años tendría exactamente? ¿Diecisiete? ¿Diecinueve? Aún no había desarrollado la enfermedad, se cuidaba bien, comía bien, nada de stress, mucho deporte.
Mira!. Le dijo él. Hace un día precioso, te ayudaré a llegar a la ventana.
Margot, miró. Pasaban los coches, pasaban las gentes, también una madre con un niño que volteó la cabeza para decirle adiós. ¿A quién decía adiós?. Tal vez se lo decía a ella o a los muchos que se quedan mirando tras una ventana como la vida fluye, como nada se detiene.
¡Llévame a la cama!. Le dijo. ¡No quiero ver la luz, no quiero ver la gente!.
Luismi se despidió prometiendo volver al día siguiente. La puerta volvió a abrirse y el ser al que más amaba estaba frente a ella, con una mirada culpable y una distancia que dolía.
¡Oye!. Dijo Carlos tragando saliva. Dime:¿Que tal te encuentras hoy?
Margot, cerró los ojos, pensó en el parque, en la bocina lejana, en Luismi, en el adiós inocente de un niño. Luego carraspeó y por fin empezó:
Me muero, supongo que ya lo sabes...

El dibujo




Se despertó con un sobresalto y un grito ahogado. Un sudor frío recorrió su cuerpo, miró a su alrededor, todavía era de noche y pasaron unos segundos hasta que se acostumbró a la penumbra. Su corazón latía tan fuerte que casi podía oírlo. Respiró profundamente y se tranquilizó. Otra vez la misma pesadilla – pensó; la oscuridad envolvente la ahogaba poco a poco y le robaba sus último aliento.

Se incorporó en la cama ya totalmente despierta, había dormido apenas dos horas como todas las noches. Se levantó y se dirigió a su escritorio a tientas, encendió la lámpara de pie que iluminaba tenuemente la estancia.

Se sentía segura en ese cálido rincón, era completamente suyo, había logrado esa conjunción entre la elegancia y comodidad del hogar. Se dejó caer en su sillón favorito. Se encontraba exhausta, eran demasiadas emociones. Dos lágrimas rodaron por su rostro y cayeron al suelo, nadie las recogió. Ya no había nadie que recogiera sus lágrimas, se había quedado sola. Sola para siempre. Dándose cuenta de ello, se incorporó bruscamente, nerviosa, como si el asiento le quemara bajo el camisón de seda, y recorrió la casa a oscuras.

En todas las habitaciones sintió la presencia de su marido, reinaba la austeridad y la frialdad con que solía decorar la casa, la vida y su relación con ella. Ella había logrado salvar de esa frialdad algunos rincones del ático. Se dirigió a su pequeño estudio y encendió la luz.

Había conseguido una pequeña habitación de la casa para trabajar sus dibujos, desde donde se veía gran parte de la ciudad. El cuarto era un caos de rollos de papel; botes con miles de lápices de todos los tamaños, rotuladores de colores, pinceles, pintura se disponían en una alacena antigua de madera. Las paredes apenas se veían, pues colgados con chinchetas estaban dispuestos desordenadamente sus hermoso dibujo.

Una gran mesa de dibujo inclinada estaba situada al lado del ventanal, se veía sobre ella un dibujo de la urbe sin acabar. Se sentó en el taburete y tomó un lápiz. Observó atentamente su obra y se adentró tanto en ella que su mirada se perdió entre los tejados, y llegó hasta las calles desiertas y grises, paseó por allí un rato y le vio. Allí estaba, a unos metros de donde ella se encontraba, con su traje oscuro, era su preferido. Él pareció no verla, pero sonrió y comenzó a caminar lentamente, la bruma le envolvió y desapareció. Otra vez. Para siempre.

Él ya sólo existía en su imaginación, pero todo era cada vez más lejano.

Su mente no podía dejar de pensar y sintió la necesidad de plasmarlo. Se puso a escribir en la hoja de papel a medio dibujar, y las palabras y frases surgieron de la punta de su mina rápidas, claras.

"Cuando me quedo a solas con mi mar oscuro no puedo escapar de la inmensa soledad, la llanura me invade, el desierto con su arena fina me aprisiona, me ahoga y mi alma se queda a oscuras.

Una tristeza enorme me embarga y me envuelve y crece.

La planicie árida y gélida en la cual reside mi alma es insoportable para mi conciencia. Me quedo en un letargo del que es difícil salir, no hay nadie a quien recurrir. La imaginación ya no vuela. Es la muerte, hay que salir de ella, resucitar.

No me quedan más que lágrimas amargas y gran tristeza. ¿Ya no amo?
¿Qué pretendo con mis torpes palabras?

Intento sacar lo que llevo dentro, el papel es el único oyente, atento,interesado, comprensivo. Es fácil compadecerse ante una hoja en blanco.

Sólo dos ojos son testigos, pronto se cierran.
Debo seguir."

El texto quedaba inclinado con respecto al dibujo, con letra grande y clara en lápiz, parecía un poema sobre una ciudad a medio construir.

Sonrió. Por primera vez en muchos meses. De pronto se dio cuenta de que empezaba a clarear y los albores de la mañana iluminaban suavemente la ciudad aún dormida.
Pronto el bullicio de la gente y de los coches resonaría hasta su ventana.

Ésta era su hora preferida, los colores pastel de la mañana iluminaban los tejados, que se difuminaban en la bruma gris de la contaminación. Era el perfecto paisaje urbano.

Se sentía joven, viva y bella, pero tenía todavía mucho camino por recorrer hasta llenar ese gran hueco que había en su corazón. Sin embargo se sintió optimista. Se levantó y se estiró como un gato, se vistió y se dispuso a recorrer las calles que pintó.

Erró por ellas largo tiempo deteniéndose de vez en cuando en aquella ciudad de carboncillo y papel.

domingo, 17 de octubre de 2010

Los ojos de la noche

Habían avanzado las nocturnas sombras hasta bastante más allá de la medianoche cuando la DKW de color azul se internó en el camino de Las Eras.Sentada en la parte de atrás de la furgoneta iba adormilándose con el traqueteo del vehículo sobre aquellos irregulares caminos.

La jornada había sido larga y cansada. Con sus amigos habían subido y bajado mil veces por las rocosas paredes que rodean el “prao San Juan”, hasta terminar tras la cena en una de esas interminables veladas veraniegas en la que todos juntos, mayores y pequeños, acababan dándole un repaso completo a todo el cancionero popular, incluidas las canciones mejicanas y el repertorio de la tuna.

Con la quietud de la noche y el lejano titilar de las estrellas en aquel inmenso cielo que parecía poder alcanzarse con las manos, llegó de golpe todo el cansancio. Las voces de los otros, que sonaban junto a ella, en vez de mantenerla en vela le producían un dulce sopor que iba invadiéndola poco a poco.

De pronto la DKW pegó un bote al superar un bache no advertido y ella abrió los ojos mirando alrededor desorientada. Sus compañeros de viaje continuaban con su parloteo incesante ante el que no llegaba a reaccionar. Su padre conducía con la ventanilla abierta mientras mantenía un cigarrillo en la mano...

La furgoneta se sumergía cada vez más en la oscuridad de la noche dejando a la derecha, como luciérnagas desorientadas, las tímidas luces de Castrillo, que de vez en cuando se abrían paso entre las sombras espectrales que proyectaban las viejas paleras que custodiaban el camino que se deslizaba siguiendo el cauce, en sequía estival, del riachuelo que cruzaba las eras de arriba abajo.

Y como si el misterio de la noche fuese el causante de ello, de pronto el silencio se cernió sobre los que viajaban en el vehículo. Ante el repentino silencio ella abrió aún más los ojos y miró al exterior. Brillando entre las sombras, la noche parecía llenarse de miradas, puntos de luz que como ojos encadenados de dos en dos, parecían observar el paso del vehículo desde todos los rincones de la pradera. Allá donde volviese la mirada se encontraba con aquellos minutos destellos que parecían acecharla centelleando entre las sombras más oscuras de la noche.

Recordó de repente los cuentos y las historias de lobos que su padre le había relatado tantas veces y sintió un escalofrío invadiéndola y estremeciendo todos los poros de su cuerpo.

¿Qué son esos puntos de luz? – acertó a decir con un hilo de voz.

Son las estrellas – contestó su padre totalmente inmerso en el ejercicio de la conducción mientras trataba de esquivar las posibles hondonadas del terreno.

No, papá, esas no –insistió ella.- Esas otras que parecen observarnos a los lados del camino, casi a ras de suelo.

¡Ah, eso! – volvió a responder él sin ni siquiera dirigir la vista hacia el lugar. – No son más que zorros.

Pero la respuesta no tranquilizó para nada su mente calenturienta y aunque no dijo nada más que un aparentemente indiferente

¡Ah...!

su imaginación entrevió monstruos infernales acechando un descuido para caer despiadados sobre ellos, imaginó fantasmas de ojos rojos esperando una oportunidad para arrastrarles hacia quien saber que oscuro mundo de sombras y de hechizos.

Le parecieron interminables los minutos que tardaron en recorrer aquel camino alternativo que su padre escogía cuando no quería perder tiempo saludando a toda la gente del pueblo que a buen seguro disfrutaba del primer frescor de la noche sentada en los poyos de las puertas o, en último caso, para no molestar el sueño de los vecinos que ya dormían con el traqueteo del vehículo sobre el empedrado de la calle Real sonando amplificado en el silencio de la noche.

E intentando alejar de su mente la desagradable sensación de ser insistentemente observada por aquellos puntos luminosos diseminados a lo largo del camino, cerró los ojos por un momento. Cuando los abrió segundos más tarde la DKW enfilaba ya el puente que separaba el pueblo de la carretera dela ciudad. Su padre seguía conduciendo absorto con el cigarrillo casi consumido entre los dedos y el resto de los pasajeros del vehículo callaban por fin, silenciados por el cansancio que comenzaba ya a dejar su huella también en ellos.

Miró a su alrededor. Ya no había puntos luminosos espiando en el camino, iluminado levemente por las últimas luces que ponían inicio y fin a la pétrea geografía de Castrillo. Solamente, en la profundidad del cielo veraniego, marcaban su camino las estrellas.

Una vez en su casa y en su cama durmió plácidamente hasta que una repentina incursión de ojos expectantes se apoderó de sus sueños despertándola bruscamente.

Se levantó entonces y cogió un libro del estante. Buscó entre sus hojas la fotografía de un zorro mientras leyó con avidez la información que contenía. Observó con detenimiento, una y otra vez, las imágenes. Y cuanto más miraba más segura estaba que aquellas luces encendidas que descubrió aquella noche, acechando quietas entre las sombras espectrales de las viejas paleras y las hierbas secas, no pertenecían a la mirada atenta de los zorros.

Le costó un esfuerzo sobrehumano recuperar de nuevo el sueño, perdido entre las brumas de su imaginación siempre desbocada.

Y desde aquel día, cada vez que escogían el camino de las eras para retornar a casa desde Valseco, una inquietud la atenazaba, y buscaba silenciosa y tensa, entre las sombras, los cuerpos que proyectaban aquellas inquietantes miradas, en la creencia de que si descubrían que era ella quien a su vez las vigilaba, estaría a salvo de cualquier ataque que pudieran estar tramando en la fantasmal oscuridad de la noche.

Educando a Tarzán

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Después de doce días de un llover torrencial sobre la jungla, salió el Sol y volvió el ajetreo de pájaros y monos.

Tarzán se enfrascó en una febril escalada de liana en liana como si fuera lo último que habría de hacer en esta vida.

Fue entonces cuando Chita, en su sufrido papel de entrenadora, dijo aquello que debería estar escrito en bronce a la puerta de ministerios y despachos:

-"No trepes tan deprisa, hijo, que la arboleda es breve".


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miércoles, 13 de octubre de 2010

Las cartas y los paraguas.

Todos los años hacemos en el pueblo un gran campeonato de mus. De premio un cordero. Ese año quería que se enterara todo el mundo. Deseaba ver caras nuevas sentadas en la mesa del bar de Cipriano. Retos que superar ordago a ordago. Puse carteles, lo anuncie por internet, por la emisora de radio aficionado y hasta se lo dije a mi suegra Tomasa, que al ser una cotilla recalcitrante, sabía que era el mejor modo de difusión. Eso sí, le pedí por favor que no se lo dijera a nadie.
Cuando llegaron los marcianos dispuestos a participar. Con sus antenas verdes... Ilusionados por el cordero. Entendí que me había pasado con el marketing. No nos atrevíamos a negarles la partida, pero estabamos asustados. Además las bases no contemplaban el caso.
Lo cierto es que lo ganaban todo. Tenían la boca como un pajar, envidaban de farol, juraban palabrotas raras y de vez en cuando se equivocaban de idioma, usando el francés. Les encantaba el orujo de hierbas.
En la final, los cuatro cara a cara. Fermín y yo contra ellos. El campeonato sería interestelar. Llegaron sus colegas, igual de verdes y empezaron a hacer ruidos desagradables con sus labios grandotes. En el planeta rojo es un modo de animar. Lo malo fue cuando nos dimos cuenta de que hacían trampa. Algo en sus antenas iba demasiado bien. Sabían gracias a ellas las cartas que teníamos, pero no teníamos narices a decir nada.
Fermín de los nervios bebió mas de la cuenta y en una mano trampera, no pudo más:
- Aquí se monta la guerra de los mundos. - Sacó la navaja que tenía para cortar el chorizo.
- ¡Joder! Frena Fermín que estos nos invaden.
Cuando sacarón la pistola de rayos verdes y volatilizaron la botella de coñac. Nos acojonamos. Fermín iba a guardar la navaja. Pero entonces entro mi suegra con el paraguas y se lío a paraguazos con ellos. Salieron con viento fresco. Se metieron en sus naves y no regresaron jamás. Venció la especie dominante. Eso sí, en la huida robaron , por arte de magia, todos los corderos del pueblo.
¡Esto clama revancha! La señora Tomasa esta hablando con la nasa, prepara paraguas para una invasión. Yo he puesto carteles para retarles a una nueva partida, amistosa, eso sí, con las antenas vendadas. A ver si de ese modo evitamos la guerra planetaria.

martes, 12 de octubre de 2010

La Tierra Interior



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PROLOGO.



En mi sueño, navegábamos en una balsa de juncos. Era de noche, había buena luna.

De pronto se hizo el silencio ante un extraño zumbido.

-Es una serpiente gigante.-Gritó Truébano.-Lo sé por la espuma que despide.

Antes que pudiese terminar la frase se produjo el impacto.

Ese sueño, se repetía casi todas las noches y yo evitaba cerrar los ojos pues temía volver a la pesadilla.


NAVELGAS



Fue en aquel tiempo cuando Negueira: La reina Oscura, instauró su imperio de terror en la Tierra Interior. Entonces, sucedería algo que cambiaría el rumbo de la historia.

En silencio aguardábamos la llegada del mensajero.

Cuando el sol comenzó a declinar, le vimos aparecer cojeando tras una duna. Tenía la estatura de un niño pequeño y cargaba al hombro un hatillo harapiento.

El extranjero se detuvo ante nosotros y sin decir palabra alguna nos tendió la carta. Venía ésta firmada por el Mago Latores y en ella se nos hablaba de un extraño país: “ El país de la gente menuda”, lugar al que debíamos dirigirnos en busca del objeto mágico con que derrocar a Negueira e instaurar la paz en los clanes. El citado objeto, estaba en poder de un ser vulgarmente conocido como “El Sagrado” al que nadie había visto nunca.

El hombrecillo nos miraba ahora con ojos expectantes. Tenía la tez oscura, un rostro de rasgos aniñados y su piel se parecía a un pergamino viejo. Rostro extraño en el que destacaba una nariz descomunal. Vestía a la manera de los trasgos y sin embargo, no lo era.

-Supongo que tú eres nuestro guía.- Quise saber.- ¿cómo te llamas?

-Navelgas.

-Navelgas.- Repetí con suavidad.- ¿Por donde empezamos a buscar?.

-Es fácil.- Sonrió el pícaro.- Yo vengo de allí. En mi país, corren bulos sobre un ser muy sabio. Incluso para nosotros los Elementales es un misterio. No sabemos dónde vive ni cual es su verdadero nombre. Pero lo que sí sabemos es que no es ninguna quimera.

-Soy Alesga, sacerdotisa del Oráculo eterno.-Me presenté.-Y estos que ves aquí son Vidayán y Truébano. Espero que entre todos lo consigamos.

-Eso se verá.-Se encogió de hombros.

Sin querer pensé en el Oráculo Eterno. Mi infancia había transcurrido en aquel bastión amurallado donde me inicié por vez primera en las Artes Mágicas.

Desde mi torreón, veía las montañas Azules y los verdes pastos.

Me habían enseñado a no menospreciar la magia. La Magia, como decía mi instructora radica en el interior de nosotros y no existe técnica capaz de igualarla.

Pero los años pasaban y un día descubrí que estaba preparada. Entonces mi instructora me devolvió mis pertenencias y señaló la puerta.

-¿Dónde están mis libros?. ¿Qué haré sin mis talismanes?.- Demandé indecisa.

-No los necesitas.- Sonrió con dulzura.- El verdadero aprendizaje comienza ahora. ¡Recuerda la Magia está en ti!.

Quise responder algo entonces, pero me limité a asentir. Escuché como se cerraba la puerta a mis espaldas y me marché por el camino sin volver la vista atrás la mirada.

Aquella sería la última vez que las vería con vida. La guerra sólo dejó ruinas y campos sembrados de cadáveres.

Tan sólo las Montañas Azules permanecieron inmunes al horror.

La voz chillona de Navelgas me devolvió a la realidad. Eso, me recordó que debíamos regresar al campamento.

A pesar de su cojera se movía con una agilidad pasmosa. Pero fue a través de la noche cuando le fui conociendo mejor. Su punto débil era su sombrero, que como nos explicó, era su medio de transporte mágico, imprescindible para hacerse visible o invisible ante los humanos e ideal para localizar tesoros ocultos



Al despuntar los primeros rayos del sol, ensillamos los caballos y nos pusimos en marcha. Antes de partir los gaiteros nos deleitaron con una melodía triste de esas que te encogen el corazón. El pueblo entero se deshizo en muestras de afecto y frases esperanzadoras. Pero: ¿Volveríamos algún día?

Había comenzado a llover de forma copiosa. Lejos quedaban las cabañas de Limes con sus banderas rojas ondeando al viento.

Nuestros caballos enfilaban ahora caminos serpenteantes a través de gargantas y desfiladeros escarpados. A pesar del vértigo contemplamos fascinados el bello paisaje que se abría ante nosotros. Allí estaba la increíble e inconmensurable Madre Naturaleza que hacía brotar flores en los riscos más inaccesibles. Bajo la vegetación exuberante, fluía el agua limpia de multitud de arroyos, producto del deshielo. Pero a medida que descendíamos el terreno se volvía menos abrupto y la pendiente se iba suavizando.

Acabamos cerca de un río de poco caudal. Allí donde este se ensanchaba, apreciamos que la corriente era más bien lenta y de agua turbia.

-¡Bajemos aquí!.- Ordenó excitado Navelgas.

-¿A donde va el enano, Alesga?.- Protestó Vidayán enfurruñado.

-No tengo la menor idea.- Pensé en voz alta.

Nos dispusimos a seguirle en su precipitada carrera. Navelgas señaló la hierba y dijo entonces:

-¡Han estado aquí!.

-¿A quien te refieres?.- Preguntamos todos al unísono.

-¿A quien voy a referirme?. ¡Ah claro!. Olvidaba que sois humanos y que la mayoría de vosotros no podéis verlas. ¿Veis estas pisadas diminutas en círculo?. Pues esto es un anillo de silfo y quiere decir que las hadas han estado bailando aquí hace poco.

Se agachó para examinar algo y salió triunfante con una seta entre unos arbustos.

-¿qué es eso?.- Preguntó Truébano.

-Una amanita muscaria.- Le dije.- Una seta muy venenosa. Sin embargo, en pequeñas dosis puede producir efectos alucinógenos.

-¡ah!. ¡No!.- replicó Vidayán.-Si ese estúpido piensa que yo voy a tragarme esa cosa...

-¡No digas tonterías!.- Farfulló el enano.- ¿Y Cómo si no vas a entrar en la Tierra de la Gente menuda?.



TIEMPOS DE ABUNDANCIA.



De pronto, perdí toda percepción de la realidad. Los colores cobraron viveza a mí alrededor a medida que caía por un túnel en forma de espiral. Las luces desfilaban formando arabescos a la vez que mi cuerpo caía cada vez más y más abajo. Me tranquilicé pensando que solo eran los efectos de la seta porque podía sentir la tibieza de nuestras manos sosteniéndonos e impidiéndonos caer en el abismo.

Cuando abrí los ojos me encontraba nuevamente en el bosque pero ya no era el mismo. Vidayán se tocaba aturdido la cabeza y Truébano yacía aletargado en la rivera del río.

-¿Dónde estamos?.-

-Es un brugh.- recorrió maravillado el lugar con los ojos y exclamó.-¡Bienvenidos a mi país, el país de la gente menuda!.

Estábamos en un bosque sí, pero en que no era el mismo. Los árboles frondosos filtraban una luz pálida y mortecina. Los había de todas clases: acebos, cerezos, encinas, cipreses...

Fue en un roble milenario donde la oímos llorar. Su llanto sonó al principio como el de una niña desvalida. Apoyada en el roble, una mujer menuda vestida con telas de araña ayudaba a otra que se hallaba en cuclillas.

-¿Qué le está haciendo?.- Preguntó Vidayán con ojos inocentes.

-¡Tú sí que eres torpe!.- Protestó Navelgas.- Mucho músculo pero al final, un cerebro de mosquito. ¿Ah? ¿Pero no ves que es una comadrona?

La que estaba en cuclillas lloraba sin consuelo. Mientras, la comadrona, la calmaba con palabras dulces. Me dispuse a ayudarlas pero la que ayudaba en el parto declinó mi ofrecimiento y me indicó que si en verdad quería ser útil le acercase una No Duelas Más.

-¿No duelas que... ?.-Repetí atónita.

Señaló entonces una flor azulada que crecía al borde del camino. Cuando se la tendí, ella la tomó entre sus manos diminutas e hizo que la otra mujer masticase sus pétalos.

La mujer en cuclillas comenzó a sentir los efectos analgésicos de la flor. Con gran sorpresa por nuestra parte, vimos aparecer la cabeza de un diminuto ser entre sus piernas que una vez vio la luz aleteó torpemente sobre nuestras cabezas.



Endriga como así se presentó la comadrona, contempló alborozada el vuelo del pequeño que había ayudado a traer al mundo.

Tenía la sonrisa de una niña. Observé que no tenía alas como la mujer a la que había asistido. Endriga en realidad, no las necesitaba. Las alas en las hadas, como me explicó después, son órganos inútiles, algunas nacen con ellas y otras no, pero todas tienen el don de volar.

No se sabe de donde surgieron mil golondrinas. Volaban en formación de V y Endriga que conocía su lenguaje me traducía lo que decían pausadamente.

-Me cuentan que es imposible regresar al lugar en que nacieron.

-¿Y eso por que?

-¡Bueno!. ¡Es lo que siempre sucede!. En vuestro mundo los hombres talan los árboles y cada vez queda menos espacio para las golondrinas. ¿Te haces una ligera idea de lo que eso significa?.

Hice un gesto afirmativo y pregunté:

-Dime: ¿Y es cierto lo que cuentan de vuestras ciudades?.

Hizo un mohín de disgusto y se posó en mi hombro.

-¡Que bah!. Pero si cada uno cuenta la historia como le parece. En realidad cada persona percibe de un modo distinto nuestras ciudades. ¿Te gustaría ver una de ellas?.

Y así fue como conocí su ciudad. Su brillo nos cegó de repente. Era la suya, una ciudad completamente construida de oro. Las fachadas lucían enrejados de filigrana tan fino que sin duda no habían sido construidas por seres humanos. Enclavada en el corazón del bosque la recorría un río tranquilo.

La más hermosa música de flautas invadió el ambiente. Ellas y ellos, giraron a nuestro alrededor como luces tornasoladas. Subían, bajaban, se sentaban en las piedras para observarnos. Todos ellos, cantaban himnos que no acertábamos a comprender pero que no debían de hablar de otra cosa que no fuese belleza, sentimiento, bondad...

Las gentes eran como nosotros o sería más exacto decir que nos imitaban. Los había de todas las edades y clases sociales y también había perros y gatos diminutos. Algunos personajillos pasaban a nuestro lado esgrimiendo papeles en las manos y comentando lo atareados que estaban. Otros se emborrachaban y miraban su brújula estropeada. Algunos, los más osados, se batían en unos duelos en los que no moría nadie.

Los más jugaban. Jugaban a ser reyes con sus vestidos rimbombantes haciendo ostentación de todo su oropel, complacidos ante halagos y reverencias. Los había también que dormían en cualquier sitio: una hoja, un gusano, porque sin duda, eran perezosos y cualquier lugar les sentaba de maravilla. No podían faltar tampoco aquellos que soñaban al mundo o el mundo les soñaba a ellos y para demostrar que así era lanzaban discursos enardecidos a unos cuantos sufridores.

Flotábamos ahora sobre baldosas de colores interrumpidas por tramos de hierba. En las intrincadas callejuelas, una vieja hilandera afilaba su rueca, un alfarero daba el último acabado a un ánfora y una diminuta vendedora de verduras regateaba con un cliente exigente.

Y nosotros bailemos alrededor de la hoguera hasta que el sonido de las flautas se fue apagando gradualmente...

Pero no todo fue entusiasmo...

Al amanecer, Endriga nos despertó a trompicones. Nos frotamos los ojos y medio dormidos, contemplemos el paso de un cortejo fúnebre. Cargaban en sus hombros el cuerpo de una muchacha diminuta con el cuerpo cubierto de hojas. La cascada de su cabello relucía como el sol y en su rostro se dibujaba una débil sonrisa.

Endriga se llevó un dedo a la boca en señal de silencio y nos contó que la muchacha iba al encuentro de su alma grupal.

Nunca imaginé que las hadas pudiesen morir, al contrario, siempre pensé que serían eternas. Como después supe, las hadas son muy similares a los mortales: Nacen y mueren como ellos, son felices si se las cuida, pero si alguien las olvida acaban muriendo de tristeza.

Aquella que Endriga me presentaba había caído en desgracia. Sus días habían terminado porque, según me informó, había sido pertenencia de un niño que al hacerse mayor, se olvidó de soñar.

Ahora retornaba a su alma grupal: El agua donde había nacido en espera que alguien la rescatase. Aquello era peor que la muerte y sin embargo, sonreía...

-Para ella.- Susurró Endriga.- Es un proceso más, un alto en el camino. No deja de existir totalmente sino que se transforma en otra cosa. ¿Lo ves Alesga?.

Vi como la arrastraban al río un grupo de hermosos mancebos. Luego, el que parecía ser el maestro de ceremonias, tomó en sus manos una antorcha y prendió fuego a la balsa que se perdió en la lejanía envuelta en las llamas.

Inexplicablemente todo el lugar quedó impregnado con un delicado aroma de rosas.





Aquella noche, soñé que volaba junto a Endriga por encima de árboles y nubes. La noche estaba cuajada de estrellas. Mi amiga, abrió las manos dejando escapar de ellas un arco iris de gotas de lluvia.

Bajamos allí donde la corriente del río es más peligrosa y al oírla de nuevo, pensé que era el viento repitiendo lo que sólo estaba en mi mente.

-¡Tengo que darte una cosa!.- Me dijo.

Le expliqué que volaba demasiado deprisa y que a pesar de la magia yo no podía alcanzarla. Ella soltó una risita burlona y aguardó mi llegada en una roca.

Endriga sacó un pequeño envoltorio y lo depositó en mi mano. Al preguntarle que era, desenvolvió el paquete con sumo cuidado y pude ver que en su interior relucía una barra dorada de textura similar a la resina.

-No puedo dárselo a nadie más.- Se lamentó.- dicen que con esta cosa puedes conseguir que regrese un ser querido pero que con los muertos no sirve. Me gustaría que alguien lo emplease en la dimensión en que vives para traerme de vuelta pero yo, hace años que he muerto y no tengo a nadie que me recuerde.

-Si quieres- Le dije.- Yo lo utilizaré para que vuelvas...

-¡No!.- Suplicó.- Puede que lo necesites en tu viaje. Sobre el sagrado, ese ser al que andáis buscando, tan sólo sé que vive en soledad y que rehuye a las gentes. Puede que se trate de ese ermitaño llamado Nievares que vive en el desierto blanco, aunque no parece de fiar, y no estoy muy segura.

-Me temo que entonces esto es una despedida.

-Me temo que sí.-exclamó.

El ruido de unas pisadas me devolvió a la realidad.

Endriga había desaparecido y en mi mano aún aferraba el oro de las hadas.





Pero no había despertado. El efecto de la seta continuaba y todos excepto Navelgas, estábamos en una tierra hostil, como en un sueño dentro de otro sabiendo que nuestros días estaban contados y que moriríamos antes de alcanzar la cumbre.

Ahora, cabalgábamos sin rumbo fijo a través de una tundra helada con la vana esperanza de hallar el rastro del ermitaño, Nievares, al que se había referido Endriga.

Cuando más desfallecidos andábamos, se unió al grupo un nuevo miembro. Se trataba de Argolibio, un simpático nomo que vagaba perdido al igual que nosotros......

Argolibio intentó ganarse nuestra amistad compartiendo los pocos víveres que tenía y mostrando orgulloso las armas y joyas que había fabricado con los metales extraídos de la mina. Orfebre y minero de profesión, había dejado en su pueblo a una mujer dulce y buena que le había dado mucha descendencia y a la que había dejado por buscarse a sí mismo.

Al principio, fue acogido de buen grado. Llevábamos varios días sin ver a nadie pero cuando los víveres comenzaron a escasear, cundió el desánimo y su presencia resultó ser una carga molesta.

Al cabo de unos días, todos comenzaron a odiarle hasta el punto que Vidayán y yo debíamos montar guardia para evitar que los otros intentasen matarlo.

A veces en las frías noches, montado en su pony, buscaba un rincón apartado para tocar su violín. Luego regresaba al grupo con su eterna sonrisa jovial y entonces le decía a Vidayán, su único amigo:

-¡Ven aquí fortachón y dame un trago de tu cantimplora!.

Galopaban juntos ligeramente separados del grupo y hablaban de sus pueblos, sus respectivas esposas e hijos. Y entre frase y frase dejaban escapar largos suspiros.





Al cabo de unas semanas, la situación empeoró y todos, hasta los más optimistas, comenzamos a tener grandes dudas sobre la existencia de Nievares. Los caballos hundían sus pezuñas en una capa de nieve de grueso espesor que dificultaba la marcha. Habíamos perdido dos de ellos y ahora, debíamos turnarnos para continuar a pie, avanzando muy despacio ya que en algunos de nosotros habían aparecido los primeros síntomas de congelación.

Vidayán a estas alturas estaba muy mal...

Argolibio, el pequeño nomo, cuidaba de su amigo como un animal cuida a su cría. Pero Vidayán a pesar de todas las atenciones se moría...

-¡Seguid vosotros sin mí!.- Suplicó dejándose caer al suelo.- Estoy muy cansado. Soy muy lento y no hago más que entorpeceros. ¡Seguid adelante que ya os alcanzaré!.

-¡Ni hablar!..- Protestó el nomo.- Lo dices porque crees que eres una carga pero tú eres mi único amigo aquí y los amigos van juntos siempre.

-Esta vez no Argolibio.- Dijo Vidayán con lágrimas en los ojos.

Truébano y yo quedamos en silencio contemplando sus manos. Las tenía como el rostro, azules, rígidas y llenas de ampollas. No las sentía, en cambio sí decía notar un fuerte dolor en las piernas. Al retirar los vendajes, comprobamos el olor fétido y el mal aspecto de las llagas. El torniquete había resultado inútil.

-¡No!. ¡No puede ser!. –Gritó Argolibio horrorizado.- ¡Mirad!. ¡Tiene gangrena!.

Truébano, el guerrero, habituado como estaba a ver la muerte tan de cerca parecía no encajar el golpe. Me culpaba de no utilizar mi magia y de no haber hecho lo suficiente por salvar su vida.

Le dije que lo había intentado todo y repliqué que solo era una maga, no una bruja.. Aveces ni siquiera la magia puede contra la poderosa Muerte. Entonces Vidayán comenzó a maldecir. Amenazó con asesinar con las pocas fuerzas que le quedaban al primero que intentase auxiliarle o mostrase el más leve signo de lástima.

Ninguno de nuestros argumentos fueron suficientes para convencerle de que no era una carga.

Aquella fría mañana, muertos de dolor, le abandonamos a su suerte en el desierto blanco. Se llamaba Vidayán, era el más noble y valiente guerrero que jamás he conocido. Murió sin sepultura, como tantos heroes, sin honores pero en el vivo recuerdo de aquellos que le amaron.



Días después, apareció la primera pisada, prueba inequívoca de que Nievares existía. Las huellas gigantescas fueron aumentando en número, desapareciendo en algunos tramos, como si alguien se esforzase en borrarlas y reapareciendo a escasos metros. Indicaban la presencia de un homínido de gran estatura y peso descomunal. Por la enorme presión ejercida dedujimos que caminaría en posición erguida apoyado en sus talones.

No fue difícil encontrar la gruta porque todas las pisadas conducían allí. Así que permanecimos a la espera sin atrevernos siquiera a respirar.

Un homínido de pelaje blanco y espeso, apareció en pie sobre la gruta.

Navelgas y Argolibio corrieron asustados y Truébano desenfundó su espada y se puso en guardia.

La bestia corrió a nuestro encuentro con un aullido tan desgarrador que incluso el valiente guerrero se hizo a un lado sobrecogido.

Aquel ser que podría despedazarnos de un solo zarpazo se detuvo en seco.

-¿Quiénes sois?.- Bramó

-Las hadas.- Tartamudeó Navelgas.

-¿Qué pasa con ellas?

-Las hadas nos hablaron de ti.- Tartamudeó Navelgas.- Dicen que tal vez seas tú el sagrado.

-Yo solo soy el ermitaño, el guardián de las puertas del mundo subterráneo. ¿Y porque había de ser yo el que buscáis?. Si quisiera os comería ahora mismo. Hace muchos días que no me alimento.

Ante estas palabras el imprevisible Argolibio abandonó su seguro refugio y le plantó cara. Los golpes que le daba el pequeñín no parecían afectar a Nievares que lo cogió con su enorme mano y le izó ante sus ojos.

-¡curioso!.- Exclamó el homínido moviéndolo de izquierda a derecha para verlo mejor. Luego, perdido el interés lo depositó en el suelo y preguntó con voz cansina:

-¿Y Por qué razón buscáis al sagrado?.¡ Bueno, mejor no me lo digáis que prefiero no saberlo!.

Nievares se alejó corriendo hacia la peña en que le vimos posado por vez primera. Se quedó allí parado durante largo tiempo sonriendo de un modo maléfico. Luego, hizo un gesto que parecía un adiós y tal y como había aparecido, se esfumó...



RETORNO DE UN FANTASMA.



Estábamos ante la gruta cuando nos sobresaltaron unos ruidos intermitentes. Aquellos golpes secos parecían brotar de las mismas entrañas de la tierra.

-¡Allí!.- Señaló Argolibio.- ¿habéis visto eso?

Al parecer, en la oscuridad, creyó ver una cara diminuta. Cuando se había girado para comprobar que no soñaba, el propietario de esta había echado a correr gimiendo como un alma en pena.

Navelgas rió a carcajadas ante el miedo de Argolibio

-¡Caramba pequeñín!. Dijo sin parar de reír.- ¡No te asustes por eso!.-.- Has debido ver a un Doira, uno de esos ayudantes de los Maestros Golpeadores.

Recogió del suelo su hatillo, su candil y su pala y seguimos su gordo trasero hacia el interior de la cueva. Era mucho más profunda de lo que habíamos adivinado y con un terreno muy resbaladizo.

El doira, o ayudante, como lo había llamado Navelgas se asomaba de cuando en cuando para hacernos saber que no quería perder el contacto. Tenía una cabeza desproporcionada en un cuerpo pequeño y peludo y lucía unos horrorosos incisivos. No obstante, en aquel pequeño monstruo había algo parecido a la ternura. Eso me hizo recordar que hace mucho tiempo, cuando aún era una niña, escuché una leyenda sobre estos ayudantes. Los Maestros Golpeadores los utilizaban para localizar vetas de oro y plata y como aviso de los lugares donde se producían derrumbes. Los Doiras habían sido siempre criaturas huidizas olvidadas por los dioses que ofendidos ante tanta fealdad les habían condenado a vivir en el mundo subterráneo.

-¡Mirad!. – Gritó entusiasmado Navelgas.- ¡Allí!. ¡Allí se ve una luz!.

El doira había desaparecido a través de una galería de la que surgía una luz amarilla intensa. Seguimos la luz como niños perdidos.

La luminosidad procedía de mil candiles, los candiles que utilizaban los duendes mineros o maestros golpeadores. Sus gorros eran de un rojo encendido y sus delantales de cuero marrón. Clavaban sus picos en unas vetas de mineral. Al parecer habían encontrado oro y estaban muy animados.

Alguien entonces reclamó mi atención. No lo vi hasta que lo tuve delante y por sus dotes de mando intuí que debía ser el jefe de los Maestros Golpeadores: gordo, mofletudo, con un delantal distinto al de los otros y acompañado por dos esperpénticos doiras.

-¡Sígueme!.- dijo sin titubear.- ¡Buscáis al sagrado y quiero hacer algo por vosotros!.

-¿Quién te lo ha dicho?.- Pregunté sorprendida.

-¡Quién me lo iba a decir!.- Replicó indignado.- Aquí en la tierra interior las noticias vuelan. Pero: ¿Vas a quedarte ahí parada o vas a seguirme?.

Me condujo a través de intrincados pasadizos. En aquella encrucijada, mi extraño acompañante caminaba con total seguridad como si pudiese recorrer el camino con los ojos vendados. Pero al parecer alguien más nos seguía pues de cuando en cuando sentía ruidos de pisadas a mi espalda.

-¡No te preocupes!.- Me tranquilizó el Maestro golpeador. ¡Ese sonido no es más que el viento que se cuela por las grietas!.

Llegamos a un templo maravilloso de estalagmitas y estalactitas de colores y a un lago interior sobrevolado por mil criaturas celestes del tamaño de una mosca con todos los atributos de las personas pero a tamaño reducido.

-¿Te gusta?.- Inquirió el Maestro golpeador.

-Sí. – Respondí.- Es maravilloso.

Uno de los ayudantes rió sin ruido alguno con la boca totalmente desencajada.

-¡Le gusta! ¡Le gusta!.- Paladeó el otro con suavidad.

-¡Ven!.- Ordenó el duende minero.- ¡Quiero enseñarte algo!.

Me mostró una de las paredes de la gruta. Eran pinturas. Pinturas que mostraban todo lo acontecido y que ocupaban más espacio del que mis ojos podían abarcar.

-¡Fascinante!. ¿Verdad?.- Manifestó con orgullo.

-Sí. Sí. Fascinante, sin duda.- Corroboré.- Pero: ¿Dónde está el sagrado en todas estas pinturas?

Me señaló una que mostraba la imagen de una mujer de cabellos negros que rozaban el suelo-Este es el único retrato que poseemos de la Maléfica Negueira.- Me dijo.- Ahora que es sombra, pero cuando ella era luz, todo era distinto. Por aquí corren leyendas que dicen que su parte buena reposa en algún lugar. Cuando ese momento llegue, cuando alguien nos la devuelva, el mundo dejará de ser subterráneo y todos, incluidos los doira, dejaremos de vivir en la oscuridad de la tierra.

El Maestro golpeador me condujo nuevamente adonde continuaba la extracción. Volvíamos a estar en el centro de trabajo. Allí miles de doiras recogían trozos de mineral y piedras preciosas para entregárselos a Ujo, el cíclope que golpeaba la forja.

Los días de Ujo habían transcurrido en el interior de un templo: La hermandad de los Perluces. Estos benefactores, habían recogido al huérfano y le habían instruido en el arte de la orfebrería y la forja. Y ahora, prestaba temporalmente sus servicios al mundo subterráneo.

-¿Qué fabrica?.- Pregunté interesada..

-Ya está casi terminada.- informó uno de los duendes mineros.- Está forjando una espada. Nosotros la vamos a llamar “La Invencible”.

En el suelo rodeando a los trabajadores miles de gemas hacían refulgir la cueva con sus brillos.

-En el centro de trabajo.- Explicó el Jefe Golpeador dándose importancia.- Fabricamos armas para dioses y también joyas. Las piedras son recogidas por los doiras sobre la base de su rareza, brillo, color y pureza pero el éxito del tallado depende únicamente de Ujo, que es quien se encarga de limar imperfecciones y realzar las características de la gema.

Nos enseñó ahora una piedra de un raro color azulado:

-¡hermoso!. ¿Verdad?. Se llama Hope que quiere decir esperanza en el lenguaje de los mortales y es el diamante más antiguo que existe. Esta maravilla fue robada al mundo subterráneo y trajo a la desgracia a todos los que la codiciaron. Afortunadamente, regresó con nosotros. ¿Podríais hacer lo mismo con Negueira?

-¡Tal vez!.- Dijo Navelgas.- Aunque es una empresa difícil.

Todos escuchaban atentamente al Jefe Golpeador, yo en cambio, no podía apartar la miraba de Ujo. Ujo que calentaba al fuego una pieza de metal y le daba forma a golpe de martillo. Ujo que en algún momento me devolvió la mirada de su único ojo y que extrañamente tenía el rostro de Vidayán.



Hay quien dice que los muertos regresan para torturar a los vivos y se equivoca.

Habíamos cenado opíparamente y celebrábamos que la espada Invencible estaba acabada. El jefe golpeador nos había alojado en unas literas excavadas en la misma roca.

Entonces me arropé y me quedé dormida escuchando el animado coloquio de mineros y doiras.

En mi sueño volvía a caminar por el desierto blanco.

¿Por qué no había ayudado a Vidayán?. Podía haber lanzado un conjuro e impedir que la gangrena avanzase y sin embargo me quedé parada sin hacer nada.

Y Vidayán estaba a mi lado y sonreía. Intentaba decirme algo que yo no entendía. Entonces le abracé y me di cuenta que no existía, que todo era un sueño, que nunca volvería, que era aire...

No era Vidayán, sino Ujo. Ujo, el cíclope que preguntaba el porqué de mi llanto. Y allí estaba yo porqué hablando con aquel extraño de mi viejo dolor. Sólo, porque su rostro me recordaba al de un buen amigo al que había abandonado un día.





A la mañana siguiente, me despertó un fuerte temblor de tierra y unos gritos desgarrados. Maestros golpeadores y doiras corrían ciegamente en busca de la salida, sembrando la muerte a su paso.

Corríamos sin saber a donde escuchando comentarios sobre un gigante que al parecer con sus pisadas había causado el desastre. Sucedía aproximadamente cada milenio pero al parecer esta vez, se había adelantado.

Quizás no haya nada que no sucumba al paso de un gigante llamado GUERRA o Nievares.

Entonces oí a Ujo que corría a mi lado.

-¡Ha sido Nievares, el ermitaño!.- ¡Seguidme!. ¡Conozco un atajo!.

Nos condujo nuevamente a la cueva que el jefe de los golpeadores me había enseñado. Y allí, varada en el lago, aguardaba una balsa construida con juncos.

Reparé entonces, que Truébano llevaba en su bolsa un objeto grande y pesado. Pero no había tiempo para reparar en preguntas...

Ujo remó con sus poderosos brazos hacia nuestra única esperanza: un hueco que filtraba la luz del atardecer y donde el lago desembocaba. Entonces escuché el estrepitoso sonido de la avalancha final.

¡Quién sabe cuantos doiras y cuantos duendes mineros perecieron en aquel derrumbe!.



PELIGRO INMINENTE



Navegamos en una balsa de juncos.

Recuperado el aliento, hallé las suficientes fuerzas para preguntarle a Truébano que llevaba en la bolsa.

-¡ La invencible!.- Exclamó con orgullo.- Creo que los duendes no van a echarla en falta

-No has debido hacerlo.- Intervino Ujo.- Era un tesoro del mundo subterráneo y como el diamante que visteis podría hacer caer la desgracia sobre vuestras cabezas..

-No creo que esta maravilla traiga la desgracia a nadie.- Acarició una vez más el arma y añadió.- Además, ninguno de vosotros sabe utilizarla y yo sí.

-Lástima.- replicó Ujo.- Tu codicia no te conducirá a nada pero ¡Bueno!.

El tramo del río discurría por una zona montañosa y torrencial. Nuestra frágil embarcación se bamboleó sorteando rápidos y caudales antes de entrar en una basta llanura de vegetación tropical.

Luego, llegó un ocaso de impresionante belleza. Ujo remaba sin descanso y cantaba una canción de amor que los Perluces le habían enseñado.

Era de noche, había buena luna.

Entonces dejó de cantar y soltó asustado los remos.

-¿Qué ha sido ese zumbido?.- Preguntó Argolibio.

-¡Parece una serpiente gigante!.- Alzó la voz.- Lo sé por...

Antes que pudiese acabar la frase se produjo una enorme sacudida que agitó violentamente la balsa.

Era efectivamente una serpiente, la más grande que haya visto nunca.

El monstruo se izó sobre su abdomen y mostró sus colmillos exhalando una bocanada de vapor abrasadora.

Truébano, en el agua, intentó desenfundar la invencible pero la mano de Navelgas impidió el movimiento.

-¡Espera!.- Le previno.-¡No podemos matarla!.- ¿Y si fuese ella el sagrado?.

-¿El sagrado?.- Siseo la serpiente.-¿Y porque había de ser yo el sagrado?. Yo sólo conozco a Samalea y ella tiene una mirada mucho más adormecedora que la mía.- ¿Quiénes sois vosotros?. ¿y qué hacéis en mi territorio?.

Argolibio escupió agua y dijo con ironía.

-¡Bueno!. Si la dama dice que ella no es el sagrado mejor nos marchamos. Muchas gracias por ser tan amable y hasta la vista.

-¡Cállate nomo!.- Le increpó Navelgas. ¿ Porque nos interrumpes?.- ¡Intento ser amable con la señora culebra!. ¡Perdóne a mi amigo.!. ¡Es tan torpe!. Lo que intenta decir es que no vamos a molestarla. Sé que hemos irrumpido en su territorio pero ahora nos iremos sin hacer ruido

-¡Quietos!.- exhibió su lengua sibilina.- ¿a dónde creéis que vais ahora?.

Truébano apretó bajo el agua la empuñadura del arma. Luego contó hasta tres y sin mirar los ojos del reptil la sacó del agua.

El acero ni siquiera logró rozarla. Un misterioso haz de luz azul desgarró el corazón de la serpiente.

-¿Cómo lo has hecho?.- Dijo Argolibio con los ojos como platos.

-¡No tengo ni idea!.- Exclamó confuso Truébano y añadió.- Debe ser por que es una espada mágica.

-¿Pero qué has hecho?.- Gritó exasperado Navelgas.- Ha muerto sin decirnos el paradero del sagrado. ¿En que diablos tenías la cabeza?.

-Os dije que esa espada no traería nada bueno.- Sentenció el cíclope.- La serpiente era mala, pero la necesitábamos..

Sobre las aguas del río quedó una enorme mancha roja. La serpiente dio el último coletazo y se quedó con la cabeza colgada como si fuese una res. Entonces empezamos a dar brazadas y no descansamos hasta que alcanzamos la orilla.



La mañana vino precedida por una calma extraña. Ni siquiera se oía el trino de los pájaros. Navelgas y Ujo habían salido a talar unos árboles porque la serpiente había destruido completamente la balsa.

Argolibio despertó en ese momento e intentó mantener una afable conversación con Truébano que parecía más huraño que de costumbre.

Este, le ignoró y susurró en mi oído.

-¿Te has fijado que llevamos más de una semana y aún no hemos despertado?

-¿Qué intentas decirme, Truébano?

-Digo que ya llevamos más de una semana y que no hay rastro del sagrado.

Navelgas que acababa de llegar con las maderas percibió de pronto que algo ocurría y quiso averiguar que era.

-¿Qué te sucede, amigo Truébano?

-¡Déjame en paz, enano!.- Farfulló el otro.

-¿Es por lo de la espada?. Ujo ha debido ponerte nervioso. ¡Es natural!. Él mismo la fabricó. ¿Pero que te pasa Truébano?

-¡Nada!.

Pero Navelgas andaba dándole vueltas.

-¡Escucha!.- Sonrió para darle confianza.- Cuando todo esto se acabe, tú y yo tomaremos unas buenas jarras de cerveza.. Tú y yo en la Cantina del Arce.

De repente, sentí un pánico inmenso al ver que las manos de Truébano se cerraban en torno al cuello de Navelgas.

-¡Para!. ¡Te he dicho que pares!.- Supliqué.-¡Es tu amigo! :

-¿Mi amigo?.- Los ojos de Truébano se encendieron en ira y apretó con más fuerza los dientes.- ¡No es mi amigo!. Oculta algo. ¡Lo sé!. ¿Por qué no hemos despertado ya, Alesga?. ¿Por qué nos convenció a todos de que probásemos la seta?. ¡Sois unos ilusos si pensáis que el sagrado existe!. ¡Nunca despertaremos!. Todos estamos muertos. ¡Muertos!.





EL ROSTRO DE LOS AMADOS.



Finalizada la labor de construcción remontamos el río con la nueva embarcación. Ujo remaba con sus brazos curtidos y la mirada puesta en el horizonte.

Dejamos muy atrás el río y nos adentramos en el océano. ¿Quién sería la misteriosa Samalea que había nombrado la serpiente?.

Una escuadra de delfines escoltó la barca. Emitían chillidos agudos como si quisiesen comunicarnos algo pero Navelgas tenía la mirada extraviada y el entrecejo fruncido.

-¿has descubierto algo?.- preguntó a Ujo.

El cíclope movió apesadumbrado la cabeza.

-¡nada, Navelgas!. ¡No he descubierto nada!. Llevamos varios días navegando a la deriva. Me temo que tus amigos humanos no saldrán de este sueño. ¡Este es nuestro mundo!. ¡No lo olvides! ¡No el suyo!.

Navelgas quedó contemplando como los delfines se alejaban. Luego se acercó a Argolibio y le miró dubitativo.

-¿Quieres unas bocanadas de mi pipa, pequeño nomo?

-Sí te lo agradecería.- admitió Argolibio con cara de enfado.

-Sé que os he engañado.- Trató de disculparse.- Lo sé, yo falsifiqué la carta del Mago. ¿Pero me habríais acompañado igualmente si os hubiese dicho la verdad?

Yo fingí que no les oía y me limité a observar las pequeñas olas que se producían alrededor de nuestra embarcación.

-¡Amigo!.- se dirigió ahora a Truébano.- ¡Perdóname amigo!. ¿Quieres un trago de mi cantimplora?. ¡Mira!. ¡Tengo mucho!.

-¡Al diablo tú y tú maldito vino!.- Escupió Truébano con rabia.

El enano miró el horizonte intentando escudriñar algo a lo lejos.

-Para ti es sencillo.- Le atacó el nomo Argolibio.- Te quitas y te pones el gorro y entras y sales cuando te viene en gana. Pero: ¿y ellos?. Entraron aquí gracias a la seta. Ahora, no hay salida posible porque ni siquiera tú la conoces.

-Lo hice por mi hija.- Sollozó Navelgas.- Negueira la tiene en un oscuro calabozo. La niña no tiene agua, ni alimentos. Además, está muy enferma.... Ella tenía un sueño. Soñaba que el sagrado debía existir en algún lugar y que la bondad y la clemencia jamás abandonarían a los pobres desgraciados.

-¡Iluso!.- Protesté.- ¡El infierno está sembrado de buenas intenciones!. ¡Solo era el sueño de una niña!.

-¿y que me decís de los sueños?.- Replicó Navelgas.- Los sueños nos alimentan. Gracias a ellos las hadas pueden vivir y los hombres pueden hacer grandes cosas. Vosotros mismos lo habéis comprobado. Todo el mundo tiene sueños incluso los esperpénticos doiras.

-¡Pero tú!.- Clamó indignado Argolibio.- Tú les engañaste. Falsificaste la carta del mago. Ellos te siguieron como su única esperanza. También ellos tenían un sueño. Soñaban que si hallaban a ese ser, el sagrado o como quiera que se llame, sus pueblos se liberarían del yugo de la guerra.

-¡Sí!.- Intervino Truébano.- Y ahora nos quedamos sin sueño, tú, yo, todos nosotros. Sólo porque te has encargado de destruirlos todos. Y que ironía que nada exista. ¡Ni la salida de este mundo, ni ese horrible ser al que nadie conoce!.

-¡Es difícil para mí pediros que confiéis!.- Navelgas contempló las ondas que producían sus dedos al contacto con el agua.- ¡Solo os pido que confiéis en el sueño de una niña!. ¡Parece descabellado!. Pero quizás no lo es tanto.







Tarde en la noche sucedería algo extraordinario. Nuestra barca se mecía en un suave vaivén y todos excepto Ujo estábamos dormidos.

En aquella duermevela escuchamos un canto melodioso y extraño similar al sonido que produce una caracola hueca mezclándose armoniosamente con el oleaje.

-¿Habéis oído?.- nos golpeó suavemente con el remo.

-¿qué?.- pregunté somnolienta.

-¡Escuchad!.

El canto se acercó muy lentamente y contuvimos la respiración. Venía en dirección a la barca y parecía proceder de una niña. Si se acercaba demasiado a la barca podía volcarla o lastimarse.

-¡Samalea!.-exclamamos al unísono.

La pequeña criatura dio un salto vertiginoso exhibiendo una cola de escamas plateadas.

Era sin duda la más hermosa criatura del país de la gente menuda. Su cabello era verde formado por algas finísimas y sus dientes relucían como perlas a la luz pálida de la luna.

Entonces recordé lo que había dicho la serpiente de sus ojos himnópticos.

-¡No la miréis!.- Advertí demasiado tarde. Navelgas estaba ya con la mitad del cuerpo fuera de la barca gritando desaforadamente que aquella era su hija.

-¡No es Agoveda!.- Me agaché a su lado.- Es Samalea y es peligrosa. Hace que veamos lo que deseamos ver.

-¿Quieres jugar conmigo?.- demandó una preciosa voz infantil.

Navelgas apretó los puños intentando contenerse.

-¡Agoveda!. ¡Agoveda!.¡Mi preciosa niña!.

-¡Estoy muy triste!.- Lloriqueó la ninfa.- ¿Por qué no vienes al agua conmigo?. ¿Es que ya no me quieres?

-¡No le hagas caso Navelgas!.-Supliqué. Ella no es tu hija.

Pero sin poder evitarlo también la estaba mirando.

-¡Alesga!. ¡Querida amiga!.- Dijo el rostro de Vidayán.

-¡Moriste!..- Grité con dolor.- Vi como morías en el desierto blanco.

Se oyó una risita hueca y otra vez el canto.

-¡Bien!.-Retornó su voz de ninfa.- Veo que no conseguiré nada y no quisiera morir como mi amiga la serpiente. ¿Por qué me buscabais?

-Queremos saber si eres el sagrado.- Dijo Truébano con profunda voz de barítono.-Si es así, podrías indicarnos la salida de este mundo tuyo.

La risa encantadora de la pequeña se dejó oír a mil leguas marinas.

-¡Mirad!.- Sonrió divertida.- Todos saben que mi canto no es de este mundo aunque la verdad: ¡No es para tanto!. ¿Pero quien os ha dicho semejante tontería?. ¿La serpiente?. Yo sólo guardo una llave y no conozco su verdadera utilidad. Ese que decís llamar el sagrado podría ser el que mira al sol del mediodía sin pestañear aunque aquí hay muchos impostores.

Samalea arrojó a la barca una llave plateada.

-¡Tomad!.- Gritó. - Llevaba mucho tiempo esperando que alguien me la pidiese y casi había perdido la esperanza...

El canto más hermoso se fue alejando como una caracola hueca que se enreda con el oleaje.....





UNA SOLEDAD COMPARTIDA.



El tórrido calor unido a la ausencia de agua nos sumió en un profundo sopor. De no haber sido porque aún conservaba en mi mano la llave de Samalea y el oro de las hadas, habría jurado que todo fue un efecto del golpe de calor.

El primer aviso fue un dolor de cabeza agudo y generalizado, precedido de vómitos, nauseas y vértigos. Al segundo día, todos habíamos perdido la orientación y al tercero yacíamos inconscientes navegando a la deriva.

Pero tuvimos suerte. Nuestra barca fue interceptada por un grupo de pescadores que faenaban cerca. Ellos, nos remolcaron, a un pueblo de casas colgantes y de allí a una cabaña seca y umbrosa propiedad de la curandera del pueblo.

Cuando Navelgas despertó y se vio a sí mismo con aquellas ropas, gritó como si hubiese visto a un difunto.

En aquel momento, Pielame, acaba de entrar con unos trozos de leña.

-Lo siento.- Se disculpó.- no he podido encontrar ropa más adecuada para vosotros dos. Los vestidos de mi nieta y sus muñecas han sido lo más a mano que tenía.

-Pues ahora que te veo.- Sonrió Argolibio con sorna.- ¿sabes que te pareces mucho a mi primera novia?

-Pues era bastante fea.- Rió Ujo con complicidad.

La mujer posó cuidadosamente la leña sobre la cocina de carbón.

-¡Bien!.- Aplaudió.- me alegro de que ya estéis bien porque así podré perderos de vista

Truébano se incorporó en el camastro luchando por mantener inútilmente el equilibrio y respirando con dificultad.

-¡No tenemos tiempo!.- se dejó caer abatido- ¡Moriremos en esta tierra maldita! ¡Nunca! !. ¡Nunca encontraremos al sagrado!.

-¿El sagrado?.- Piélame adoptó una actitud pensativa.- ¡sí claro!. ¡El sagrado!. Ahora que lo recuerdo ese debe ser Vandalisque, el centauro de la pradera..

Le lancé lo que me rondaba la cabeza. Al despertar, había descubierto que me faltaba la llave y el oro de Endriga.

-¡Ah eso!.- Cayó por fin en la cuenta.- ¡tranquilízate muchacha!. Lo he guardado todo para que no se pierda y también esa espada. ¿Para que diablos quereis una espada?. ¡No tolero las armas!. Os he salvado la vida y os he ofrecido mi hospitalidad, pero mañana, al amanecer, abandonareis mi casa!





Al amanecer, Piélame, apareció para entregarnos más víveres y cerró de un golpe seco su puerta. Partimos hacia la pradera que ella había nombrado: un terreno árido, seco y amarillo flanqueado por palmeras.

Discurría un débil hilo de agua que nos hizo pensar que fuera de la época angosta sería un río caudaloso.

A estas alturas la espada Invencible ya era como una prolongación del brazo de Truébano.







A Vandalisque lo hallamos sumido en sus divagaciones y recostado en una palmera. Estaba tan inmóvil como si estuviese petrificado.

Truébano dio un paso al frente erigiéndose en portavoz del grupo.

-¡Venimos en busca del sagrado!.-

Vandalisque fingió no oír y continuó mirando al sol sin pestañear.

-¿Es que estás sordo?.- Le increpó.-¿Quieres que desenfunde mi espada y te corte la testuz?

-No me gustan las armas.- Suspiró cansinamente.- Ni tampoco aquellos que las utilizan.

-¡Vaya!. Pero si tiene lengua el caballito.- Rió con sorna.

Vandalisque se movió ligeramente y miró con dureza a Truébano.

-Si buscáis al sagrado.- Resopló.- No os habéis equivocado porque ese soy yo. Pero solo acepto hablar con gentes de buenos modales. Si no es ese vuestro caso, podéis dar la vuelta.

Hice una profunda inspiración y me aproximé:

-No venimos a buscar guerra que de eso ya hay bastante de donde venimos. Pero, estamos cansados y nerviosos y necesitamos que nos des el objeto mágico que permitirá destruir a Negueira.

-Puedo hacer que en un abrir de ojos cicatrice la herida de una flecha.- Dijo sin pestañear.- Puedo....

Ahora se removió con furia y por un momento temí que quisiera embestirnos pero desde la estática posición que había vuelto a adoptar volvió a hablar:

-¡Oh estúpidos mortales!.- dijo con lánguida voz.- ¡Cuándo aprenderéis la lección!. En mi pueblo erramos muchos. Y aunque siempre habíamos sido bárbaros no nos iba tan mal hasta que comenzamos a luchar contra los humanos. Usamos contra ellos nuestras armas arrojadizas y nuestras mazas hasta no dejar a ni uno vivo. Luego, devoramos sus cadáveres y festejamos la matanza. Pero ¡Ay de nosotros cuando nos sentimos saciados!. Iniciamos las refriegas por nuestro tedio. Fue una guerra cruenta: hermanos contra hermanos. Y ahora, sólo queda Vandalisque el sabio, orgulloso de haber vencido, pero solo.

-¿Quieres un poco de vino?.- Preguntó compasivo Navelgas.- Una vieja curandera me lo ha dado.

El viejo centauro miró agradecido al enano y tomó su cantimplora. Bebió ávidamente y después se la devolvió con una sonrisa triste.

-¿Quieres otro?.- Insistió el enano.-¡Caspita!. ¡Cómo bebes!.

-Sí por favor.- Suplicó.- Dame otro trago. Y bien ¿Por qué me buscabais?

Alzó sus ojos al sol del mediodía y antes que volviese a sumirse en aquel trance me dispuse a preguntarle.

-Dime, Vandalisque. ¿No tienes ningún objeto mágico?. ¿Una piedra?. ¿una maza?. ¿lo que sea?

Emitió un sonido mezcla de carcajada y dolor inmenso.

-Tal vez lo tenga ese otro.- dijo.- Ese al que todos llaman Valpoli.

-¿Pero entonces?.- Me sorprendí.- ¿No dijiste que eras tú el sagrado?

-Efectivamente, lo soy.- Respondió él.- Ese es el nombre porque se me recuerda.

-¿Pero porqué?.- Dije sin acertar a comprender.,

-Eso es evidente.- dijo volviendo sus ojos al Sol.- Me llaman el sagrado porque soy el único que queda.



LUCHA EN LA OSCURIDAD.



Aquella noche intuí el peligro. Ese peligro al que me refiero procedía de un batir de alas que solamente yo oía. No se trataba del viento, ni de ninguna ave nocturna. Y sin embargo: ¿Por qué me parecía ver unos ojos grandes que escudriñaban la oscuridad?. ¿Qué sentido podía tener aquel misterioso batir de alas?

Truébano caminaba pensativo a mi lado.

-¡Oye!. ¡No estés tan triste!.- Dijo.- Al menos sabemos que su nombre es Valpoli.

Aquel batir de alas sonaba cada vez con más fuerza en mis oídos haciendo que no estuviese concentrada en lo que me decía Truébano.

Argolibio y Navelgas hablaban de sus cosas. En otras circunstancias me habría echado a reír al verles con aquellos ridículos vestidos y sin embargo, pensaba en La Tierra Interior a estas alturas ocupada.

En ese instante, la oscuridad que yo presentía voló sobre nuestras cabezas hasta ocultar completamente la faz de la luna.

Entonces supe de donde procedía aquel sonido tan familiar que durante todo el camino me había torturado.

-¡Es un dragón!.- Gritó Ujo.- ¡Rápido Truébano, desenfunda la invencible!.

Truébano colocó la espada en posición perpendicular a los ojos de la bestia tal y como había hecho con la serpiente. Pero esta vez no funcionó.

El dragón, previendo los movimientos del guerrero, comenzó a aterrizar en posición vertical para elevarse nuevamente virando a nuestro alrededor. Tan sólo un rayo de la invencible hizo mella en una o dos palmeras sin llegar a rozarlo.

-¿Sabes que no eres muy bueno?. ¡Vas a destrozar todo la pradera!.- Carcajeó expulsando fuego por las fosas nasales.

El dragón vomitó fuego y esta vez aunque Truébano se apartó, algunas chispas consiguieron rozarle la camisa. Para evitar que la cosa fuese a más, al pobre Navelgas, no se le ocurrió otra cosa que vaciar sobre él el contenido de su cantimplora.

-¿Pero que haces, imberbe?.- Gritó Truébano intentando no convertirse en una antorcha humana.

-Yo sólo pretendía ayudar.- Se disculpó el enano.

Pero el dragón subestimó la valentía del guerrero que lleno de coraje volvió a apuntarle con la espada. Esta vez, hubo más suerte y consiguió herir uno de sus flancos. El monstruo, con un rugido estremecedor, se derrumbó a nuestros pies.

A pesar de todo reía roncamente.

-¡Pero que estúpidos que sois!.- Decía.- ¿De veras creéis que os dejaré llegar hasta Valpoli?. Antes tendréis que matarme y yo no soy dócil como la serpiente del río ni como el mono blanco guardián de la puerta. ¡No!.- Gritó dolorido.-¡Yo soy Zeluan el Magnífico!.

Aún así, herido de gravedad y aunque fiero, noté que el dolor le hacía resollar. Impedí el avance de Truébano que venía dispuesto a rematarle.

De pronto, sentí a mi espalda el grito del guerrero.

-¡Alesga!. ¡Apártate!.

Un peso enorme me embistió por la espalda y una bola de fuego salió disparada en la misma trayectoria.

Recuperada del impacto avancé impasible hacia el dragón.

-¡No tengas miedo!.- Susurré.- ¡Déjame ver tu ala!. La herida está demasiado cerca del corazón y si me dejas, puedo curarla.

La vibración del grito de Zeluan fue tan poderosa que un fino reguero de sangre resbaló en mis oídos. Aún así, no me amilané ante el dolor, porque quería sentir en mis manos su dura y fría piel de reptil.

Mis ojos captaron más de cerca, el rojo encendido de su melena y sus ojos que brillaban en la negrura de la noche como mil centellas. Resoplaba con temor porque en realidad, ya no sabía que hacer, si abandonarse al dolor, o morir con el honor de los de su especie.

Puse mi mano sobre su cabeza sin llegar a rozarle. Luego, noté que ya no se resistía y que cerraba aliviado los ojos.

-¡Buscamos a Valpoli!.- Susurré en su oído.

-¡Valpoli!.- Jadeó.- Todo el mundo busca a Valpoli. Me enteré por el ermitaño que le andabais buscando. Ese mono blanco quiso acabar con vosotros cuando os hallabais en el Mundo Subterráneo. ¡Yo no quería hacerlo!. ¡Yo soy pacífico!. Pero me hablaron de la culebra del río y lo que le habíais hecho, y tuve miedo.

Deposité mis dedos alrededor de su herida y observé como se iba cerrando hasta quedar totalmente cauterizada y regenerada la piel de alrededor. El dragón emitió un suave bufido y me miró agradecido con sus ojos sin párpados.

-Todo el mundo busca a Valpoli.- dijo cansado.- Y puede ser que esté hecho del mismo material con que se construyen los sueños.



YO SOY VALPOLI



Afortunadamente las quemaduras que habían sufrido los pequeños Argolibio y Navelgas, no revestían mayor gravedad. Nos sentamos en el suelo desesperanzados y entonces, Truébano preguntó:

-¡Bueno!. ¿Y que hacemos ahora?.

En realidad, yo estaba igual de confusa. Debía de haber algún modo de abandonar el país de la gente menuda aún en el caso que no existiese Valpoli. En todo caso, lo primero era reponer fuerzas.

-Yo sé de un lugar.- Sugirió de pronto Ujo, el cíclope.- Está cerca de aquí y es el Monasterio de los Perluces.

-¿El Monasterio de los Perluces?.- Repetí enfrascada en mis preocupaciones.

-Sí, claro.- replicó Ujo.- Todo lo que soy se lo debo a ellos aunque son un poco extraños y puede que os asustéis al verlos.

-¡Lo que me faltaba!.- Protestó Truébano.-¡Mira que sois extraños en este lugar!.

Su voz aunque ligeramente burlona denotaba un atisbo de esperanza. Pensé que estaba tan cansado como todos y que bromear un poco le liberaba de una pesada carga. Mi voz debió sonar áspera y dura:

-¡Vayamos entonces al Monasterio!. ¡No tendréis intención de pernoctar en el bosque esta noche! ¿Y si Zeluan regresa?

Todos estuvieron de acuerdo en este punto. Ujo, caminaba a mi lado hablando entusiasta de los extraños monjes. Al parecer, decía que habían sido muy buenos con el pobre huérfano. Le habían dado cobijo, alimentos y cariño.

La pradera fue desapareciendo dejando paso a un precioso bosque. Un vergel maravilloso en el que brotaba una cascada y bebiendo en sus aguas, estaba un extraño. Se parecía a un humano y, tal vez, en otros tiempos lo fue, pero ahora, tenía orejas puntiagudas y cuernos incipientes y a pesar de estas y otras lindezas, hubiese resultado atractivo de no ser, porque de cintura para abajo era un macho cabrío.

-¡Pss!. ¡Pssss!.- Nos llamó.- ¡Eh!. ¡Vosotros!. ¡Sí, vosotros!. ¡Venid aquí!. ¡Yo soy el que buscais!. ¡Yo soy Valpoli!:

-¡No os acerquéis!.- Previno Ujo.- Yo le conozco y es un mal tipo.

-Soy Alesga.- Le dije al extraño.- Soy una sacerdotisa.

-¡Ah!.- dijo con suave cortesía.

-Venimos en busca del sagrado.- Continué diciendo.- Mi pueblo se muere y sin él no existe esperanza.

El diablo burlón se deleitó con la contemplación de su reflejo en el agua.

Viendo que no nos hacía ni caso proseguimos nuestro camino y a las espaldas volvimos a escucharle con insistencia.

-¡Pssss!. ¿Adónde vais?- ¡Yo soy Valpoli!.¡En serio!.



EL MONASTERIO DE LOS PERLUCES.



No puedo precisar cuanto tiempo estuvimos en el monasterio de los perluces. Pero era un lugar donde gaiteros invisibles soplaban melodías a la noche. Un viejo monasterio enclavado en el bosque.

Mis pasos sonaron huecos en aquel silencio sepulcral mientras caminaba por la hospedería y los claustros bajos. Aquí, un patio interior y el centro, una fuente. Y luego aquella puerta cerrada que el cíclope nunca pudo abrir y aquel patio desierto.

Pasé a una habitación desnuda sin más adornos que los útiles que Ujo necesitaba cada día. Un brasero apagado hacía mucho tiempo junto a un yunque olvidado, una prensa, una forja. Allí debía trabajar antes que los Perluces le enviasen al Mundo Subterráneo, y allí, debió pasar sus horas él sólo, con su martillo, restañando el metal, para arrojarlo después a un oscuro rincón, y olvidarlo.



Estábamos tan cansados que quedamos dormidos. Sólo al llegar la noche, nos despertaron unos cánticos lúgubres y el cíclope nos apremió a levantarnos.

-¡Ya están aquí!.- Gritó alborozado.- ¿No os dije que vendrían?.

-¿Quiénes?.- Pregunté restregándo mis ojos.

-¡Los Perluces!.-Exclamó.- Los Monjes de quienes os hablé. No les habéis visto durante el día pues tienen costumbres nocturnas.

Todo el Monasterio se inundó de luz de repente. Aquella luminosidad debía proceder de mil velas encendidas pero no tardé en darme cuenta que eran los mismo Perluces quienes la irradiaban.

Un ser luminoso se acercó volando. Tenía la estatura de un niño pequeño y en el iris de sus ojos bailaban diminutos puntos de luz. Todo su cuerpo desprendía una energía irreal.

-¡Hola!.- Se dirigió a Ujo sin mover los labios.-¿Quiénes son?

-Mis amigos.- Respondió el cíclope.

-¿Y Por qué estás aquí?.- Quiso saber.- ¿Y la Invencible?. ¿la acabaste?

Ujo comenzó a relatan los incidentes sufridos. Le habló del derrumbe del Mundo Subterráneo, el ataque de la serpiente y el dragón, la desesperación de quedar atrapados en el País de la Gente Menuda, el encuentro con Samalea, la inexistencia de Valpoli, la llave......

Al oír lo de la llave sonrió el Monje- Niño.

-Vaya!. Habéis vagado en busca de algo que estaba muy cerca de vosotros. ¡Seguidme!. Yo tengo la llave que abre vuestro mundo.

Estábamos de nuevo ante la puerta que Ujo nunca pudo abrir siendo un niño y ahora, el Monje-Niño mostraba una llave, en sus manos luminosas.

-Esta es la que abre el umbral de las edades.- Señaló la llave dorada.- La otra, la que os regaló la niña de las aguas, pertenece a la entrada a vuestro mundo. En el umbral de las edades hallaréis a Valpoli. ¡Id pues en busca de lo que tanto anhelabais!

.



La llave encajó a la perfección y los goznes chirriaron abriendo la puerta del Umbral de las Edades.

Valpoli trotaba en un valle bañado por una luz blanca, sobrenatural. No era ni de día ni de noche, y el unicornio vagaba solitario hasta la eternidad.

Al vernos, adoptó una postura arrogante y continuó bebiendo de un claro riachuelo.

Corría una suave brisa que mecía las hojas de aquel bosque otoñal.

-¿Eres Valpoli, el sagrado?.- Me acerqué a preguntarle.- ¡Dime!. ¿Lo eres?

-Soy el amor incondicional.- Dijo el unicornio.- Soy la ternura, soy la inocencia. Pero no tengo nombre. Algunos me llaman Valpoli porque siempre quieren ponerle nombre a las cosas. Soy aquel al que todos olvidan y al que nadie recuerda. No sé quien soy. Soy todo y soy nada. Soy uno y soy muchos. Soy al fin al cabo, eso que llaman amor y que hace temblar los cimientos del mundo.

Levantó una polvareda azulada con sus pezuñas y sin saber porqué nos apresuramos a recogerla en un saco.

Eso era todo lo que teníamos de Valpoli.

Quizás ese no fuese su verdadero nombre.

Tal vez fuese:

BELLEZA.



NEGUEIRA.



Y así fue como utilizamos la segunda llave y despertamos en el mismo bosque del principio y enterramos las llaves y la invencible con la absoluta certeza de que volverían de nuevo al Mundo Subterráneo.

-¡No es necesario que vengáis vosotros dos!.- Comuniqué a Ujo y a Argolibio.- Vosotros perteneis al país de la Gente Menuda y no es justo que vengáis con nosotros. Pero os guardo en el corazón.

Después de eso, los demás, partimos a la Tierra Interior en poder del polvo azul que nos había proporcionado el unicornio. Pero el destino, había de hacernos una mala jugada pues al llegar al poblado unos soldados se nos echaron encima y nos condujeron a presencia de Negueira. Al vernos, la bruja, esbozó una sonrisa maléfica y triunfal.

-¡Bravo enano!. ¡Has conseguido traerme a los rebeldes!.

-Su Majestad.- Dijo Navelgas.-¡Son todos vuestros!.

La bruja se frotó enérgica las manos y comenzó a pasear de un lado a otro nerviosa.

-Majestad.- Continuó Navelgas.- Ahora que los tenéis, os suplico dejéis libre a mi hija Agoveda.

-Eso será después de la ejecución.- Refutó ella.- Y ahora vete a tu habitación y quítate esas ridículas ropas.

Los dos secuaces que esperaban órdenes preguntaron al unísono.

-¿Y que hacemos con estos dos, Majestad?

-¡Al calabozo!.- Ordenó, aunque al acercarse a Truébano se lo pensó mejor:

-¡Bonitos músculos guerrero!. Si combatieses en mis filas no solo salvarías tu vida sino que te nombraría Príncipe de Pambley. ¡Piensa en las riquezas que te esperan!¡Imagina el poder!.

-¿Qué debo hacer Majestad, para serviros?.- Respondió Truébano, el traidor

-Para empezar.- Dijo señalándome con el dedo.- Haz que retiren esta piltrafa de mi vista.

Me encerraron en una enorme estancia: sucia, oscura junto a muchos desgraciados que como yo, clamaban por un simple mendrugo de pan y alivio a sus heridas. Todos amalgamados: heridos y leprosos en quel hedor, rodeados por las ratas.

Y junto a esa inminencia de la muerte, estaba la profunda pena de ver todas las cosas que había sacrificado, perdido y ensuciado en el camino junto a la promesa incumplida de alguien a quien yo había llamado “amigo”.

-Tal vez tengas razón.- decía acariciando su cabello.- Tú, Truébano, no te venderás jamás a la oscuridad. ¿Verdad?

-Pues ¡Claro que no!.- Decía un Truébano niño.-¡Te lo prometo, Alesga!.

Y aquellas palabras del hombre ya adulto retumbaban ahora en mi cabeza hiriéndome con más violencia de la que lo había hecho la furia del dragón o la maledicencia de la serpiente.

Pero la verdadera sorpresa estaba por llegar cuando me condujeron a la ahorca para dar un castigo ejemplar a los insurrectos.

Me subieron sobre un caballo y colgaron alrededor de mi cuello la soga suspendida del árbol. El enano, por supuesto, sería el encargado de arrear al caballo pero antes de hacerlo se volvió hacia la bruja.

-¡Majestad!.- dijo.- Yo ya he cumplido mi pacto. ¡Cumplid vos el vuestro!.

-¡Primero ejecuta a la traidora!.- Ordenó.- Y luego, ya hablaremos.

De espaldas a todos Navelgas murmuró por lo bajo.

-Era yo quien te seguía en la gruta. ¿Por qué razón no te fijaste mejor en las pinturas?. Yo solo quería liberar a mi gente y ahora, no puedo fallarte a ti.: ¡Pide mi gorro!.

-Pero Navelgas.- Murmuré sorprendida.- Tú eres vulnerable sin tu gorro. ¿Qué vas a hacer sin él?

-¡No importa!.- Replicó.- Tengo una buena organizada para cuando tú te vayas.

-¿Qué dice la prisionera?.- Quiso saber la bruja.

-¡Majestad!.- Empezó el enano.- Es su última voluntad y pide mi gorro.

-¿Tu gorro?.- Rió siniestramente - ¡Bien!. ¿ Y a que esperas?. ¡Dáselo!.

Imagino las facciones de sus caras cuando me vieron desaparecer por arte de magia. La poderosa magia en la que ahora creo más que nunca.

Resurgí nuevamente en el bosque y derramé en el suelo el polvo azulado pensando que no surtiría efecto.

Dicen que la oscuridad, se alejó un buen día en forma de nubes oscuras. Debió regresar como el diamante Hope a las entrañas del mundo subterráneo. Tal vez, en estos momentos en que te cuento esto, la oscuridad ya forma parte de Valpoli. Y eso me hace sonreír pensando en los Doiras.



EPÍLOGO.



Mis ojos miran al cielo. Hoy he recibido noticias de Argolibio. Me cuenta que anda atareado con la educación de sus hijos y que por eso ya no escribe tan a menudo.

Sé por lo que me cuentan que Truébano se volvió loco, que el poder le cegó y que incapaz de vivir sin el poder que Negueira le había concedido huyó a las Tierras Altas donde le perdí el rastro.

Ujo, el cíclope, se quedó a mi lado. Es el único que me queda de toda esta aventura. Es él quien en mi soledad sonríe y me mira con su único ojo para decirme una y otra vez que no debo rendirme.

Es primavera y el campo está lleno de flores. ¡Quien diría que un día pasó por aquí un fantasma llamado GUERRA.

.

Hoy froté el oro de las hadas esperando que la vida entrase también en mi parcela. Recordé las palabras de Endriga y las de todos los amigos me habían acompañado.

Entonces, cerré los ojos y dije el nombre de Navelgas como una plegaria y mi sorpresa fue grande al verle aparecer a lo lejos silbando con un vendaje en la cabeza.

Y allí a mi lado, estaba Ujo con esa mirada triste que tienen todos los niños que han sobrevivido al horror sin perder la sonrisa.

¿Sabes?. Hoy he comprendido que incluso en la paz, nuestro corazón es un país en guerra donde personajes internos libran feroces batallas ya que todos, al fin y al cabo, somos la cara y la cruz de una misma moneda.

Pero si hay algo que debas salvar, es tu corazón, porque sin enarbolar tu corazón guerrero no podrás enterrar las verdaderas armas del mundo, serás inmune a las desgracias ajenas, tu corazón, órgano inútil, bombeará sangre sin participar de la vida que le rodea.

Todo el mundo tiene una historia y yo, te he contado la mía. Pero mira y dime: ¿Qué ves ahí adentro?. ¿Rabia?. ¿Amor?. ¿Alegría?. ¿Tristeza?. ¿Por qué no recuperar la inocencia?. ¿Por qué no creer en los sueños?

Tal vez si nos vemos algún día quieras contármelo.

Yo, entre tanto, te seguiré esperando con ternura.

Aquí, en la TIERRA INTERIOR.

Donde todo está escrito.



(c) 2001 Rosa Estrada Díaz