miércoles, 16 de noviembre de 2011

FÁBRICA DE SUEÑOS

El día que convencí a Goyín para que me acompañara a desvelar el gran misterio empecé a creer de verdad en los milagros. Aprovechamos que Matías estaba enredando por el sótano y nos colamos en la sala. Luego buscamos a tientas hasta encontrar la puerta por donde se entraba al espacio sombrío que había detrás de la pantalla. Yo llevaba la linterna del FBI que me había regalado Melchor. Una vez dentro inspeccionamos el reducto con aquella luz triste, como de Nautilus en el mar de los Sargazos. Encontramos butacas viejas, algunos focos, un decorado de teatro, mucho polvo, algunas telas de araña. Pero ni rastro del complicado mecanismo, lleno de palancas y engranajes, que forzosamente tenía que existir para generar las imágenes de piratas, vaqueros y tarzanes que tanto nos emocionaban. Los siguientes domingos me los pasé mirando hacia atrás en lo oscuro. Hacia allá arriba, donde un ventanuco iluminado se iba tragando los hilos de colores que partían de la pantalla, como almas en fuga, a medida que iban cumpliendo su sagrada misión.

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