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domingo, 7 de noviembre de 2010

El regalo del ángel




Y el ángel, se posó en la iglesia. Eligió ese edificio porque era el más alto y desde allí, tenía mejor vista, no porque fuera una iglesia. El no sabía nada de dioses ni de edificios dedicados a los dioses. Le gustaban los lugares altos, eso sí, porque podía ver varias cuadras a la redonda, podía ver a la gente y podía, cada tanto, abrir enormes sus alas y ver las reacciones de quienes lo veían.
El los veía a todos, pero nadie lo miraba a él. La mayoría de la gente caminaba cabizbaja y de mal humor, pensando en sus problemas y en que todos los días debían recorrer el mismo camino aburrido. Muy pocos miraban las plazas, a la gente que cruzaban, y al gatito en la ventana. Ellos fueron los que detuvieron sus pasos, preguntándose que era eso de pie en el borde del campanario. Recién entonces, cuando el ángel abrió sus enormes alas, todos, inclusive los que no miraban nada, alzaron la vista y boquiabiertos notaron al extraño ser que aleteaba sobre ellos. Y como un regalo del ángel, él único que jamás les daría y el mas valioso, vieron la belleza del cielo y del campanario y supieron que de haber mirado antes, lo hubieran visto sin necesidad de confusos milagros y que la misma belleza la encontrarían en cualquier esquina, de atreverse a observarla.

sábado, 25 de septiembre de 2010

La fotografía


El abuelo dijo como debían ubicarse. Él se quedó sentado, serio, a un costado, en su actitud habitual, dando discretas órdenes que casi todos acataban siempre. Las damas de la familia, emocionadas, no podían dejar de hablar y alisar sus peinados y vestidos. Pelusa, el perro marrón que está junto al tío Luis, fue el único que no parecía de acuerdo con las indicaciones del abuelo y hubo que postergar varias veces el momento en que quedarían inmortalizados en la fotografía, porque no se quedaba quieto. Y no era posible dejarlo ir a correr por el patio, porque el abuelo aceptó tomarse la foto solo si todos estaban en ella y ese todos, incluía a sus perros. Linda, en cambio, la perra chiquita sentada frente a Carlitos, miraba tranquila al fotógrafo y solo ladró dos veces. La fotografía se consideró un éxito y Carlitos decidió en ese preciso instante en que la luz del flash, como un relámpago inesperado, los iluminó a todos, que cuando fuera grande, sería fotógrafo.

viernes, 10 de septiembre de 2010

El jardinero

En un reino de ordenados canteros, de insectos benéficos, de plagas acechando en las sombras, de hojas verdes y secas, de aromas y tierra húmeda, él gobernaba, aceptando las leyes del juego, sabiendo que no siempre sus esfuerzos serían recompensados, comprendiendo que aliarse a la naturaleza era más justo que luchar contra ella y que una enorme manzana roja era un triunfo mucho más valioso que una batalla ganada por un rey de un reino más grande, e inclusive más valiosa que un cofre lleno de oro, porque la manzana lo alimentaba mientras que el oro, para ser útil, tenía que transformarse en manzanas, sino solo es bonito y brillante pero no sabroso.
Pero el jardinero, que nunca había tenido oro, seguía pensando que para ser feliz había que tener el hambre suficiente como para disfrutar la manzana y suficientes manzanas como para el calmar el hambre y ese pequeño jardín, para sentarse bajo el manzano a descansar tranquilo, después de un día de trabajo.