Oye!.-gritó.-¿a dónde te diriges, chico?.¡Si quieres te llevo! El muchacho hizo un gesto afirmativo con la cabeza y subió al camión,cargando con dificultad la pesada mochila. El conductor sonrió, tenía una sonrisa afable y parecía gustarle charlar, durante aquellos largos trayectos se echaba de menos la compañía. -Mira, yo voy a la capital. Pero si no te coge de paso, te dejo donde tú me digas. -¡Perfecto!.- Respondió él.- La capital me viene bien. Hacía un día soleado. El conductor bajó el parasol y cogió de la guantera una cajetilla de ducados. ...-¿Quieres?. ...- No gracias.- respondió.- No fumo. El joven echó un vistazo al salpicadero. Había varios muñecos de peluche,una virgen plateada, algunas fotografías de familia. Fue una de ellas la que atrajo su atención. Era una mujer morena, menuda, de profundos ojos azules, que en cualquier posición que él adoptase parecía perseguirle con la mirada. ...- Perdone.- carraspeó.- ¿Su hija? La sonrisa del conductor pareció que se helase en sus labios o sería más exacto decir que desapareció o que tan solo era un rictus que el chico había confundido con una sonrisa. Durante unos instantes no le respondió, se limitó a mirar la carretera. Circulaban por una travesía flanqueada por altos árboles que extendían sus ramasbuscando la caricia del sol. ...- Es mi esposa.- dijo de pronto. ...- Su mujer?.- El chico volvió a mirar la fotografía.- Le felicito su mujer es muy joven y muy bonita. .- Murió hace veinte años. Un choque frontal ¿Sabes?. Le gustaba conducir, utilizaba más el coche que sus piernas. ¿Te has fijado en el nombre de mi camión?. Se llama Sara, como ella. ...- Lo siento.- se disculpó el chico Miró nuevamente la fotografía, parecía surgida de una postal, con su pelo lacio y oscuro, cubierto por motitas de nieve. Ahora miró su reloj. Las manecillas no parecían haberse movido. Marcaban exactamente la misma hora en que se había puesto a hacer auto stop. La travesía parecía no acabarse nunca. La extraña sonrisa del hombre parecía helar el ambiente a su alrededor. ...-¿nervioso? ..- Sí, un poco.- replicó el joven.- Mis padres están esperándome. ¿Cuánto falta para que lleguemos? Un extraño fulgor iluminó los ojos del hombre y el chico sintió algo parecido al miedo. Tenía la sensación de formar parte de la imagen congelada de un video. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. No se veía nada en la carretera, excepto el camión. El conductor continuó hablando: Se llamaba Sara y teníamos dos hermosas hijas. Aquella tarde salió como de costumbre quería llevarse a las niñas a conocer el nuevo parque. Al salir me dió un beso como hacía siempre, el último. Un conductor suicida las embistió, del coche no quedó más que un amasijo de chatarra y hierros retorcidos.¡ No mires tanto el reloj¡ Algo dentro de él quiso replicar. Tal vez murmuró que quería bajarse pero sus labios no articularon ni una sola sílaba. El conductor prosiguió: ...-¿Te imaginas lo que sería no poder bajarte de un vehículo en marcha jamás?. No intentes huir, estas puertas no se abren. Ese canalla tenía tu mismo rostro, tenía buenos abogados, mucho dinero. ¿No te ha contado la historia tu padre?. Yo lo perdí todo. ¿Comprendes chico? El corazón del joven se agitó. Kilómetros y kilómetros de carretera, los mismos árboles, la misma quietud, el mismo vacio, la misma hora del reloj. De pronto supo que no le mentía, que nunca se bajaría de aquel camión, que formaba parte de una imagen estática rodando hacia ninguna parte
Rinalto, fuerte y distinguido, cazador que estaba harto de matar animales con su escopeta. Ya no disfrutaba viendo temblar a los conejos y a los corzos.
Decidió dejar de cazar, pero como llevaba una vida entera ocupado en perseguir fieras y bichos, se sentía sólo, remordido y aburrido. La tristeza le amarró por los pies y le hizo sentirse inútil ¿Qué podía hacer un cazador que no quería matar más?
Una mariposa blanca se coló por la ventana abierta de su casa de campo. Voló a su alrededor y se posó en su hombro izquierdo. Luego se le subió a la frente y al final se escapó por donde había entrado.
Rinalto, corrió persiguiendo a la mariposa y al salir al exterior descubrió el campo esplendoroso. Cientos de mariposas de todos los colores danzaban y jugaban unas alrededor de las otras. Juntas peinaban las hierbas doradas por el sol. Se mecían entre cientos de flores de jardín.
Desde ese día Rinalto decidió ser cazador de instantes bellos, no renunciaría a su oficio. Lo renovaría. Ya no necesitaba escopeta, le bastaba con tener los ojos abiertos. No precisaba de canana, le bastaba guiarse por su instinto. Necesitaría, eso sí, lo conservaba de su experiencia anterior, sigilo, paciencia, valentía e intuición.
¿Querréis saber algunos de los instantes que cazó?
Una hora tardo en ver a un grillo salir de su cueva y cantar, una mañana ver a la araña construir su tela, una semana ver una batalla del milano con las urracas que defendían su nido, seis meses subir a las montañas de su región para encontrar la que mejor devolviera el eco y 3 años en ver como la madre osa le daba mimos a su osezno bajo un roble centenario.
Todos los momentos que Rinalto cazó, los consiguió sin ser visto. Pero el instante más bello, el que justifica el cuento… Sucedió cuando ya era viejo. Estaba empeñado en observar a una manada de lobos aullando a la luna. Se despistó y se acercó tanto a ellos, que al verle los lobos se acercaron y le hicieron reverencia.
Nadie ha vuelto a ver a Rinalto, tal vez sea el jefe de la manada. Algunos dicen que mientras los lobos aúllan a la luna llena, en el monte se escucha el eco de una armónica.
Desde niña escuché esa leyenda que hablaba sobre una extraña raza de hombres que al llegar la noche, se convertían en lobos. La leyenda procedía de nuestros antepasados y era anterior a la Quinta Guerra Mundial que dejó asolado nuestro mundo y lo convirtió en un páramo seco.
Nunca creí en tal leyenda aunque confieso haberme divertido leyendo comics y viendo las pocas películas que pudieron rescatarse anteriores al conflicto. Un día, tuve que viajar a Reserva Norte y encargarme de un caso. Habían hallado hacía dos días un cadáver en la rivera de un río.
El cadáver- un importante mandatario relacionado con la recuperación de nuestro planeta- aparecía con múltiples mordiscos diseminados por todo el cuerpo pero, era en su rostro completamente desfigurado donde su asesino o asesinos se habían ensañado de una forma brutal.
Lo comprobé una vez llegué al lugar. El río, uno de los pocos, cuyo cauce ha sobrevivido a la hecatombe nuclear, se recupera poco a poco aunque aún quedan en él restos radiactivos.
Si el cadáver hubiese alcanzado el agua- entendería su desfiguración- pero estaba en la orilla por lo tanto el agua ni siquiera lo había rozado. Un examen exhaustivo del cadáver y el escenario del crimen, me llevó a la conclusión de que, aquellas mordeduras no eran humanas sino que parecían haber sido hechas por dentaduras dotadas de afilados incisivos iguales a las de un animal salvaje, posiblemente un perro o un lobo incluso, una jauría teniendo en cuenta la profusión de las mordeduras.
El hombre yacía boca arriba con el pantalón rasgado en algunas zonas a la altura de las rodillas. Deduje que las bestias le habían abatido con sus patas haciendo que cayese de espaldas y que las múltiples rasgaduras en la tela de su pantalón se debían a que en algún momento en su precipitada huida, el hombre se había enganchado con algunas zarzas.
Sin duda debía estar terriblemente asustado. Debo decir que fue lo que me pareció más lógico después de haberlo inspeccionado todo al detalle pero, había algo que no cuadraba en toda esta historia. Después de la guerra, sólo se habían podido salvar unos ejemplares de todas las especies en lo que vino a llamarse el Proyecto Arca.
Estos ejemplares, estaban a kilómetros de distancia de mí y eran objeto de una extraordinaria protección por parte de las mayores autoridades de la Tierra por lo que sólo cabían dos posibilidades: O bien, un grupo de personas habían atacado a ese pobre desgraciado utilizando unas dentaduras postizas o de lo contrario, se trataba de un grupo de animales no catalogados lo que representaba a pesar del triste hallazgo un enorme y feliz descubrimiento para nuestro planeta y para el Proyecto Arca que debería hacerse cargo de ellos.
Mientras levantaban el cadáver para conducirlo al depósito, una vez realizada la inspección ocular del terreno y la recogida de pruebas, me acerqué al Jefe de la Reserva Norte, un tipo alto, aguerrido, cubierto por una cazadora de cuero negro que aguardaba cruzado de brazos, sin duda porque estaba aterido de frío como yo, mientras contemplaba la escena con semblante asustado.
-¿Usted se llama?..- Pregunté dubitativa acercándome a donde estaba.
-Vasile- Respondió él sin descruzar los brazos- Me llamo Vasile y soy el Jefe de la Reserva Norte. Miré el vaho que se escapaba de su boca al hablar y sonreí ligeramente.
-Sí, lo sé. Sé que es el jefe de esta Reserva. Me gustaría preguntarle si el fallecido tenía enemigos en el pueblo, si conoce de alguien que tuviese tanta aversión hacia él como para haberle hecho lo que le hizo- Señalé el cuerpo tapado con la sábana que estaban introduciendo en la ambulancia con destino al dépósito para realizarle la autopsia.
Vasile miró al muerto con tristeza y negó con la cabeza. -No. Él era un buen tipo. Se dedicaba a la política y luchaba por la recuperación del planeta. ¿Ve nuestro río?- Lo señaló- Él fue una de las personas más influyentes que luchó para intentar que no se perdiera. Actualmente la radiactividad remite. Calculamos que gracias a él, en el plazo de dos o tres años volverá a haber pesca por aquí. Imagínese como estamos todos, completamente consternados por lo que ha pasado.
Me hice cargo de la situación de Vasile y miré el enorme bosque que se extendía cerca del río. Me maravillé al ver la bóveda verde que conformaban las copas de los árboles a través de los cuales se filtraba la mortecina luz del amanecer. Quedaban pocos, muy pocos en la Tierra, sin embargo allí, ocupaban una enorme extensión. Vasile pareció leer mis pensamientos.
-Sí, también esto es parte de su obra. Como puede imaginarse tras la guerra todo quedó destruido pero, Mircea, y aclaró- Así es como se llamaba el finado- hizo que replantásemos especies autóctonas exactamente iguales a las que había aquí basándonos en las fotografías y los archivos de la época. El bosque no es exactamente lo que era pero en la reserva estamos orgullosos porque creemos que se le parece mucho. Dígame: ¿Va a quedarse mucho tiempo entre nosotros?
La pregunta cayó a bocajarro sobre mí. Tardé unos segundos en contestar. -Bueno- Dije finalmente- En principio tengo pensado quedarme dos días, el tiempo suficiente para redactar un informe y enviarlo a mis superiores. Estoy alojada desde ayer por la noche en el hotel del pueblo junto a mis compañeros.
-¡Nada de eso!- Replicó Vasile tomándome del brazo y obligándome suavemente a seguirle- Mire… ¿Cómo se llama Inspectora..? - Inspectora Priego- Respondí secamente- Aunque para mis amigos soy simplemente Almudena. Claro que usted todavía no es mi amigo.
-¡Bien!- Continuó él echándose a reír- Aún nos quedan dos días para afianzar nuestros lazos. Es necesario que venga conmigo para que pueda realizar bien su informe. Soy dueño de una posada aquí en Reserva Norte. Mircea era mi huésped aunque no era un huésped asiduo, sólo venía cuando traía aquí sus conquistas. Supongo que le gustará ver su habitación tal y como él la dejó y mirar sus cosas en busca de alguna pista.
-¿Y la policía tiene conocimiento de que Mircea, utilizaba las habitaciones de su posada?- Inquirí resguardándome del frío bajo mi capucha de lana. Vasile dejó de caminar.
Se plantó ante mí con la cara arrebolada por el frío, dirigiéndome una mirada penetrante de un azul desvaído.
-Usted es la policía, la máxima autoridad aquí en este momento y acaba de llegar. -
Está bien- Admití- Condúzcame entonces a su posada.
La posada pendía vertiginosamente de un risco. Subimos hasta ella en la moto de Vasile. Desde ella, parecía verse Reserva Norte en toda su inmensidad, cubierta por las primeras nieves. A lo lejos, las gentes del pueblo nos miraban con desconfianza, como con odio. Aunque tal vez fuese solo a mí. Al fin y al cabo yo era la intrusa que venía a alterar sus pacíficas vidas.
El hallazgo del cadáver había llenado Reserva Norte de policías y era evidente que nuestra presencia no gustaba. Anteriormente al reconocimiento del cadáver, habíamos tenido una serie de encuentros desagradables con la gente del pueblo aquella misma mañana.
Nos seguían a todas partes con esas miradas de desprecio y varios de mis compañeros decían temerlos y sentirse acosados. Llegamos a la posada. Era un edificio de cemento rojizo. Vasile me confesó que le encantaría que ésta hubiese sido construida con árboles, pero los árboles, eran especies muy protegidas y demasiado caras. En lugar de eso, era un edificio de cemento sobre el que pendía un cartel de madera sobre el que había escritas unas únicas letras que decían: POSADA, en un rojo muy fuerte.
Dejó su moto aparcada en el exterior y me invitó a seguirle al interior. Dentro, se respiraba un ambiente agradable, cálido, que se agradecía después de abandonar las altísimas temperaturas del exterior. Le pregunté que cómo se llevaba la vida en Reserva Norte a lo que él respondió con su impertérrita sonrisa que las cosas no iban mal del todo pues los obreros, estaban continuamente haciendo deporte y cuidaban en exceso su alimentación con lo cual gracias a estas medidas y el seguimiento médico oportuno, los casos de cáncer y leucemia eran más escasos que en otras partes del mundo.
Al entrar en el salón, nos recibió el calor de una chimenea. La sala estaba casi a oscuras iluminada por el resplandor anaranjado de las llamas. Tenía unos sillones confortables tapizados en terciopelo de vivísimos colores con estampados geométricos y una mesa sobre una alfombra color crema de rizo grueso.
Me imaginé esa estancia a plena luz del día y pensé que quizás no sería tan encantadora. -Bien- Suspiró y me invitó a tomar asiento- ¿Quiere algo de cenar? ¡Le diré a Martha, nuestra cocinera, que le traiga algo, lo que sea, lo que usted quiera! ¡Sólo tiene que pedírmelo!
Le hice un gesto con la mano indicándole que no quería comer. -No gracias, Vasile- Me temo que después de ver ese cadáver se me han quitado las ganas. De repente me asaltó una enorme curiosidad.
-Dígame Vasile. ¿Por qué las gentes de Reserva Norte nos tienen tanta aversión?
Vasile abrió un armario y sacó dos copas de cristal rojas sobre las que vertió un vino espumoso. Me tendió la copa y se sentó en el sillón de enfrente. -¡No les haga caso! Tienen miedo del Loup Garou por eso reaccionan así. Temen que todo este caso modifique sus formas de vida. ¡Ya sabe! Desde el hallazgo de Mircea todo esto está infectado de policías.
-Dígame- Quise saber- Usted lo conocía. Usted conocía a Mircea. ¡Cuénteme como era él!
-Bueno,- empezó Vasile- En realidad, tengo que contarle un secreto. -¿Un secreto?
-Sí- Dio un sorbo a su vino bebiéndolo de un trago- Sí, efectivamente un secreto y una confesión. La verdad es que le mentí. Es cierto que Mircea venía a esta posada pero no encontrará nada en su habitación. Está completamente limpia. Sus compañeros han estado esta mañana y se han llevado todas las pruebas.
-No sabía nada- Respondí.
-No tenía porque saberlo- Aseveró él rompiendo a reír- Usted debía reunirse con sus compañeros en un hotel de este pueblo y sin embargo yo, prácticamente la secuestré. En aquellos momentos, no sabía si montar en cólera contra él o agradecerle que me hubiese salvado de aquellas gentes del pueblo tan intimidatorias.
-¡Bien!- Repliqué- Supongo que usted me ha traído entonces aquí para contarme una historia. Espero que ésta valga la pena.
-Efectivamente- Respondió Vasile sacando algo del bolso de su pantalón- Quiero que mire atentamente esta foto.
Contemplé la foto a la luz de la chimenea y las múltiples velas encendidas de la estancia y me estremecí. Era una foto inquietante, mostraba a unos grupos de hombres y mujeres en pie, muy juntos, mojados por la lluvia. Parecía que esta no les importase.
-No entiendo nada- Le devolví la foto.
- Esas gentes retratadas son loup garou- Dijo a modo de respuesta.
Loup Garou. Pensé.
Esa palabra quería decir hombres lobos. Cada vez más intrigada, escuché la historia de Vasile.
Me contó que Mircea era un hombre bueno, querido por todos, que sin embargo había cometido una imprudencia. Él aseguraba que en Reserva Norte sucedían acontecimientos extraordinarios y concretamente en una de las habitaciones de aquella posada propiedad de Vasile y su familia. -Mircea – continuó diciendo- me dijo un día que lo había descubierto todo y que incluso les había fotografiado. Al principio no le di importancia y pensé que me estaba gastando una broma pero según pasó el tiempo la broma comenzó a tomar más y más sentido. Una noche vino muy alterado a buscarme aquí. Empezó a contarme no sé qué historia de hombres que al llegar el día se convertían en lobos. Decía de ellos que eran gente desaparecida del pueblo que por una extraña razón habían dormido en una habitación de este inmueble. La habitación 32. ¿Quiere verla?
-Naturalmente que sí.
-Sígame- Dijo Vasile tomando una palmatoria con una vela encendida guiándome hasta las escaleras. Comenzamos a subirlas lentamente.
-¿Y realmente, esa gente había dormido en la habitación que usted dice? Vasile asintió.
-Comprobé los nombres de esas personas, coincidían con personas de este pueblo que en algún momento de su vida habían dormido en la habitación 32. Hace años que está cerrada al público más por el miedo a los huéspedes hacia todas estas supercherías que a cualquier otra cosa. En ella, se ha detectado una ligera radiación.
-¿Y en que se basaba Mircea para creer que esas personas eran Loup Garou? Vasile alcanzó el último peldaño y me guió por un pasillo oscuro flanqueado por múltiples puertas.
-Él creía- dijo tragando saliva que esas personas se convertían en lobos por el día, adquiriendo el aspecto de hombres al anochecer. Creía que durante el día se refugiaban en una cueva para no ser vistos. Yo sospecho- Dijo a modo de confidencia- que Mircea descubrió ese lugar, esa cueva y por ese motivo, los lobos decidieron matarlo. Lo más extraño de todo, es que el propio Mircea llegó a dormir en esta habitación. ¡Bueno, Almudena! Aquí está la habitación 32.
Abrió la puerta lentamente para que yo pudiese verla. Debo decir que no vi nada especial en aquella habitación desnuda de toda decoración que me pareciese digna de interés. -¡Acompáñeme!- Susurró Vasile dispuesto a cerrar la puerta- Esta es la habitación maldita así que no dejaré que usted duerma en ella.
-¡No! ¡No!- sonreí ejerciendo una ligera presión con mis uñas en su brazo- Quiero quedarme aquí si no tiene inconveniente.
-¿En serio?- Respondió Vasile- ¿En serio que no teme a la leyenda que contó Mircea? -
No, claro que no- Repuse- Todo eso son tonterías. Es evidente que a su amigo no lo mató ningún hombre lobo sino algo mucho más real. ¡Buenas noches Vasile!
-¡Buenas noches, querida dama!
Aquella noche dormí en la habitación 32. Dudé un poco en apagar la vela, pero finalmente lo hice de un soplido. Hacía frío y me guarecí bajo las mantas tiritando. A media noche, empecé a tener sueños extraños en los que me veía corriendo a través de los parajes helados de Reserva Norte.
Era una sensación extraña, como si estuviese desnuda aunque no tenía frío, me sentía libre, mis ojos podían ver cosas que nunca hubiese imaginado desde las más diminutas, casi microscópicas, hasta las más lejanas. En medio de esa sensación, me veía rodeada de otros seres y sentía su calor, pero dichos seres no estaban dotados de piel sino de un pelaje extremadamente suave.
Pensé que los acontecimientos del día me habían impactado tanto que eso, provocaba aquellas extrañas pesadillas… Así que me volví a dormir esta vez más tranquila. La mañana llegó, la pálida luz se filtró a través de la ventana. Salí corriendo de la habitación. Llegaba tarde y aún debía emitir mi informe sobre Reserva Norte a mis superiores.
Apenas salía por la puerta me di cuenta que ni siquiera me había dado tiempo a vestirme, que había salido como una ráfaga sin más de mi cama, sin preocuparme de otra cosa que de echar a correr.
A la salida Vasile me esperaba. -¡No te preocupes!- Me acarició la cabeza- ¡Mircea nos descubrió! pero no aceptó a la manada por eso le matamos. Pensaba delatarnos para que fuesemos catalogados como simples animales y pasasemos a formar parte del Proyecto Arca donde no tardarían en descubrir que no somos lobos normales. Creemos que tú te acostumbrarás pronto a nosotros, es una sensación que tuvimos nada más que nos vimos.
Se habían conocido en una de esas excursiones del Club de los 60 y habían decidido, a pesar de sus hijos y sus nietos, espantar en común la soledad y compartir las pensiones, las pastillas del reuma, los recuerdos y el otro lado de la cama. Y así, en la dulce rutina cotidiana, fueron pasando los días y las cosas.
Una mañana, al despertar, quizás espoleada por algún sueño pasajero o por el deseo de terminar con aquel concubinato, ella, que había sido siempre tan mirada, tan cuitada y tan decente, le dijo al compañero:
-Ramón ¿Y si nos casamos?
-¡Qué cosas se te ocurren! ¿Quién nos va a querer a nuestros años?
La bañera era tan grande que parecía un spa. Una mujer de bandera dejando caer la toalla. Los ojos de Ramón asombrados. Desnuda se introduce placidamente en las aguas que apenas ondulan al recibir sus curvas. Suelta la rubia melena y sonríe juguetonamente. Ramonín aún no se explicaba su triunfo. Súbitamente una burbuja grande sube a la superficie. Sus miradas se cruzan. Él sabe que debe dar una explicación. Ella le mira raro. Rojo de vergüenza... busca las palabras exactas. Seguramente en menos de dos segundos ella se irá indignada. "La fabada mata el romanticismo." No. Esa frase sobra. Justo cuando creía que iba a marcharse con cara de asco. Despechado, Ramón hace lo nadie esperaría. Deja salir otra burbuja. Levanta el dedo indice y dice: "Para ti". Paulina se acerca. Besa los labios del mozo con frenesí... Ramón entiende ahora que le eligiera. A Paula le gustan los hombres un poco guarretes.
El salón es el centro neurálgico de mi casa. Todo confluye en él. La cocina es de esas llamadas americanas. Por la noche el sillón se transforma en cama. Y sólo hay una puerta en el pequeño aseo. No tengo demasiadas cosas, mas las que hay son mis amigas. Han aprendido a serlo y las quiero a todas. Pero al salón lo amo.
Mi salón tiene una tele pequeña que nunca enciendo. Me gusta negra y silenciosa, para que mi salón pueda escucharme. Porque yo le hablo. Y siempre sé lo que me contesta: nada. Sólo me escucha. Y yo se lo cuento todo. Él no me contesta, pero sabe que cuando me he tumbado en el sillón a media mañana voy a llorar. Y cuando acabo y ya no hay lágrimas, vuelvo a verlo todo con la luz que se pone naranja al pasar a través de mis cortinas naranjas, y es cálido. Como un abrazo.
La botella de agua está sobre la mesa, justo donde la dejé. Y veo que en el fregadero está el cacito de leche del desayuno, que está esperando a que yo lo friegue. Y… mierda, no veo el aseo. Así que me levanto y abro la puerta, aunque sé que el bote de jabón es rosa, y que la alfombrilla de los pies está doblada en el radiador toallero. Sin embargo el vaso no debería estar sobre el lavabo, así que me acerco a cogerlo. ¿En qué estaría pensando cuando lo llevé allí? El vaso tiene que estar en la cocina, no debe salir de la cocina. Yo cuido de mis cosas, y mis cosas cuidan de mí. Recojo el vaso y me lo llevo a su sitio. Pero lo noto. Mi vaso tiene miedo. Yo le digo que confíe en mí, que no voy a dejar que se rompa. Porque él teme que si se rompe, terminará en la basura, y después en un contenedor, y después dios sabe dónde. Es horrible no saber dónde. Es la nada, es el vacío inmenso. Y el pobre es tan pequeño. Y le produce tanta angustia pensar en lo frágil que es, en no saber dónde puede terminar, siendo ese dónde un lugar tan desconocido y lejano, que sufre mucho. Está sufriendo y yo sé que lo hace, así que acelero el paso. Pero sigue sufriendo. Tanto, que me contagia. Puta empatía. No te angusties, por dios, otra vez no, aquí no! Pero empiezo a sudar. Empiezo a ahogarme. No puedo dar un paso. Sólo se tardan escasos cinco segundos en llegar a la cocina, ahora no, ahora no puedes ponerte así. Cálmate, cálmate porque si no, sabes que te va a suceder otra vez. Como con el otro. ¿Por qué no lo compré de plástico? Como la ensaladera, como el plato, como la jodida taza del desayuno! Porque si se rompe de aquí a la cocina, si se rompe… vas a tener que salir.
Tres manzanas. Tres manzanas hasta la tienda. Con toda esa gente alrededor, el semáforo pitando, la avenida que se convierte en un puto océano y no veo la otra orilla, y me ahogo, y dejo de respirar, y me caigo. Me caigo mucho antes de poder entrar en la tienda y decir delante de toda esa gente que quiero un vaso de plástico. Y mi madre que piensa que estoy loca va a verme al hospital, porque al fin y al cabo soy su hija. Ya es la única que viene. Y me trae un regalo. Un jodido vaso de cristal, maldita sea, ¡de cristal!
Me estoy cayendo, lo noto, voy a perder el sentido, en mi propio castillo. Me va a recoger mi querido salón, te amo y me verás llorar, y no me podrás dar un abrazo naranja porque será de noche. Así que lloraré a oscuras entre todos esos trozos de cristal. Estrecho el vaso contra mi vientre y lo protejo con mis manos mientras me desplomo. Y sin poder pronunciarlo en voz alta le digo, no tengas miedo, estás seguro, lo arreglaré. Jamás saldrás de aquí, jamás saldrás de aquí.
Miró sus ojos, estaban muertos, apagados, sin vida. Ella recordó su mirada en aquella tarde tempestuosa, cuando ensimismado, veía los grises y acerados tejados y escuchaba el cadencioso sonido de la lluvia sin decir nada, en silencio, como si la tristeza exterior le empapase.
Visualizó aquellos ojos cuando aún estaban llenos de vida y su silencio que parecía decir muchas cosas, como “tengo miedo”, “no sé hasta que punto estoy tan mal”, “me aferro a la vida porque no quiero despedirme de vosotros, no, yo no quiero perder a las personas que más quiero en el mundo”.
Y se había vuelto hacia ella de repente rompiendo ese silencio que hablaba a gritos, ella que también contemplaba la lluvia y contenía sus ganas de llorar le miró y le escuchó preguntarle:
-¿Todavía escribes?
Su voz resonó en sus oídos como un eco del pasado y deseó que aquella boca volviese a cobrar vida y repitiese aquellas palabras una y otra vez.
Emitió un tímido sí.
Era la primera vez que él se preocupaba por aquella cuestión. Cuando aún estaba bien, su interés por el ordenador no trascendía a más que a enviar un correo con una fotografía adjunta o navegar por Internet para leer el periódico.
Ahora le preguntaba por su afición a la escritura. Tal vez era una forma de decir que la quería, que la veía triste y no sabía como hacer para evitar que ella sufriese.
Pero era inevitable.
Evocó aquellas manos suaves que acariciaban las suyas y le transmitían su cariño cuando cada mañana de domingo cuando ellos no podían ir a misa, ella acudía a su casa.
Aquellas mismas manos que siendo niña la habían alzado sobre sus robustos hombros en los días de sol para ir a buscar grillos.
Ella veía el mundo desde aquella altura encaramada a su espalda, con los bracitos fuertemente aferrados a su cuello mientras él llevaba con delicadeza una caja de cartón llena de agujeros para que los insectos no se asfixiasen.
Todo estaba muerto, vacío y sin vida desde que él se había ido.
Era ahora, como una escultura de barro que ella modelaba, tenía ojos pero no podía ver, tenía boca pero no podía hablar, tenía un corazón de barro que parecía dormir, no sentir, aunque ella se esforzaba por dotarle de arterias y vasos sanguíneos, por emitir impulsos eléctricos que hiciesen a la sangre irrigar todo el cuerpo y devolverle la vida.
La lluvia mojaba la escultura de barro y poco a poco la deshacía dejando en el suelo un charco triste de caolín y agua, deshaciendo los ojos, los brazos, las manos, la boca…
Un intenso deseo de revivirlo surgió en su corazón.
Pensó en las rosas marchitas sobre la fría losa de mármol, su ausencia en aquella silla de mimbre en que él se sentaba y que ahora estaba vacía cada vez que ella la miraba.
La única forma de revivirlo era en sus recuerdos.
Por eso volvió a pensar en aquella escena pasada, él mirando la lluvia caer tras los cristales y preguntando:
-¿Aún sigues escribiendo?
Aquella mañana ella cerró los ojos, decidió pensar, mientras tomaba el ascensor de camino a su casa que todo había sido una pesadilla y que una vez abriese la puerta, se lo encontraría a él sentado, feliz, jugando a los naipes con los amigos en una casa que olía a café recién hecho y tostadas con mantequilla.
Descubrió que la única forma de revivirlo era a través de los recuerdos y tenía cientos, miles, para que un ángel cobrase vida aunque sólo fuese de una forma espiritual y mágica.
Allí volvía él a estar sentado.
Miraba los tejados acerados y volvía la cabeza para preguntar:
-¿Todavía escribes?
Ella, se giró a él y le dio un fuerte abrazo, tan fuerte y tan intenso que si el tiempo tiene medida podría decirse que era infinito.
-Te quiero papá.
En ese momento sus ojos apagados y sin vida parecieron brillar como una estrella lejana.