martes, 12 de octubre de 2010

La Tierra Interior



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PROLOGO.



En mi sueño, navegábamos en una balsa de juncos. Era de noche, había buena luna.

De pronto se hizo el silencio ante un extraño zumbido.

-Es una serpiente gigante.-Gritó Truébano.-Lo sé por la espuma que despide.

Antes que pudiese terminar la frase se produjo el impacto.

Ese sueño, se repetía casi todas las noches y yo evitaba cerrar los ojos pues temía volver a la pesadilla.


NAVELGAS



Fue en aquel tiempo cuando Negueira: La reina Oscura, instauró su imperio de terror en la Tierra Interior. Entonces, sucedería algo que cambiaría el rumbo de la historia.

En silencio aguardábamos la llegada del mensajero.

Cuando el sol comenzó a declinar, le vimos aparecer cojeando tras una duna. Tenía la estatura de un niño pequeño y cargaba al hombro un hatillo harapiento.

El extranjero se detuvo ante nosotros y sin decir palabra alguna nos tendió la carta. Venía ésta firmada por el Mago Latores y en ella se nos hablaba de un extraño país: “ El país de la gente menuda”, lugar al que debíamos dirigirnos en busca del objeto mágico con que derrocar a Negueira e instaurar la paz en los clanes. El citado objeto, estaba en poder de un ser vulgarmente conocido como “El Sagrado” al que nadie había visto nunca.

El hombrecillo nos miraba ahora con ojos expectantes. Tenía la tez oscura, un rostro de rasgos aniñados y su piel se parecía a un pergamino viejo. Rostro extraño en el que destacaba una nariz descomunal. Vestía a la manera de los trasgos y sin embargo, no lo era.

-Supongo que tú eres nuestro guía.- Quise saber.- ¿cómo te llamas?

-Navelgas.

-Navelgas.- Repetí con suavidad.- ¿Por donde empezamos a buscar?.

-Es fácil.- Sonrió el pícaro.- Yo vengo de allí. En mi país, corren bulos sobre un ser muy sabio. Incluso para nosotros los Elementales es un misterio. No sabemos dónde vive ni cual es su verdadero nombre. Pero lo que sí sabemos es que no es ninguna quimera.

-Soy Alesga, sacerdotisa del Oráculo eterno.-Me presenté.-Y estos que ves aquí son Vidayán y Truébano. Espero que entre todos lo consigamos.

-Eso se verá.-Se encogió de hombros.

Sin querer pensé en el Oráculo Eterno. Mi infancia había transcurrido en aquel bastión amurallado donde me inicié por vez primera en las Artes Mágicas.

Desde mi torreón, veía las montañas Azules y los verdes pastos.

Me habían enseñado a no menospreciar la magia. La Magia, como decía mi instructora radica en el interior de nosotros y no existe técnica capaz de igualarla.

Pero los años pasaban y un día descubrí que estaba preparada. Entonces mi instructora me devolvió mis pertenencias y señaló la puerta.

-¿Dónde están mis libros?. ¿Qué haré sin mis talismanes?.- Demandé indecisa.

-No los necesitas.- Sonrió con dulzura.- El verdadero aprendizaje comienza ahora. ¡Recuerda la Magia está en ti!.

Quise responder algo entonces, pero me limité a asentir. Escuché como se cerraba la puerta a mis espaldas y me marché por el camino sin volver la vista atrás la mirada.

Aquella sería la última vez que las vería con vida. La guerra sólo dejó ruinas y campos sembrados de cadáveres.

Tan sólo las Montañas Azules permanecieron inmunes al horror.

La voz chillona de Navelgas me devolvió a la realidad. Eso, me recordó que debíamos regresar al campamento.

A pesar de su cojera se movía con una agilidad pasmosa. Pero fue a través de la noche cuando le fui conociendo mejor. Su punto débil era su sombrero, que como nos explicó, era su medio de transporte mágico, imprescindible para hacerse visible o invisible ante los humanos e ideal para localizar tesoros ocultos



Al despuntar los primeros rayos del sol, ensillamos los caballos y nos pusimos en marcha. Antes de partir los gaiteros nos deleitaron con una melodía triste de esas que te encogen el corazón. El pueblo entero se deshizo en muestras de afecto y frases esperanzadoras. Pero: ¿Volveríamos algún día?

Había comenzado a llover de forma copiosa. Lejos quedaban las cabañas de Limes con sus banderas rojas ondeando al viento.

Nuestros caballos enfilaban ahora caminos serpenteantes a través de gargantas y desfiladeros escarpados. A pesar del vértigo contemplamos fascinados el bello paisaje que se abría ante nosotros. Allí estaba la increíble e inconmensurable Madre Naturaleza que hacía brotar flores en los riscos más inaccesibles. Bajo la vegetación exuberante, fluía el agua limpia de multitud de arroyos, producto del deshielo. Pero a medida que descendíamos el terreno se volvía menos abrupto y la pendiente se iba suavizando.

Acabamos cerca de un río de poco caudal. Allí donde este se ensanchaba, apreciamos que la corriente era más bien lenta y de agua turbia.

-¡Bajemos aquí!.- Ordenó excitado Navelgas.

-¿A donde va el enano, Alesga?.- Protestó Vidayán enfurruñado.

-No tengo la menor idea.- Pensé en voz alta.

Nos dispusimos a seguirle en su precipitada carrera. Navelgas señaló la hierba y dijo entonces:

-¡Han estado aquí!.

-¿A quien te refieres?.- Preguntamos todos al unísono.

-¿A quien voy a referirme?. ¡Ah claro!. Olvidaba que sois humanos y que la mayoría de vosotros no podéis verlas. ¿Veis estas pisadas diminutas en círculo?. Pues esto es un anillo de silfo y quiere decir que las hadas han estado bailando aquí hace poco.

Se agachó para examinar algo y salió triunfante con una seta entre unos arbustos.

-¿qué es eso?.- Preguntó Truébano.

-Una amanita muscaria.- Le dije.- Una seta muy venenosa. Sin embargo, en pequeñas dosis puede producir efectos alucinógenos.

-¡ah!. ¡No!.- replicó Vidayán.-Si ese estúpido piensa que yo voy a tragarme esa cosa...

-¡No digas tonterías!.- Farfulló el enano.- ¿Y Cómo si no vas a entrar en la Tierra de la Gente menuda?.



TIEMPOS DE ABUNDANCIA.



De pronto, perdí toda percepción de la realidad. Los colores cobraron viveza a mí alrededor a medida que caía por un túnel en forma de espiral. Las luces desfilaban formando arabescos a la vez que mi cuerpo caía cada vez más y más abajo. Me tranquilicé pensando que solo eran los efectos de la seta porque podía sentir la tibieza de nuestras manos sosteniéndonos e impidiéndonos caer en el abismo.

Cuando abrí los ojos me encontraba nuevamente en el bosque pero ya no era el mismo. Vidayán se tocaba aturdido la cabeza y Truébano yacía aletargado en la rivera del río.

-¿Dónde estamos?.-

-Es un brugh.- recorrió maravillado el lugar con los ojos y exclamó.-¡Bienvenidos a mi país, el país de la gente menuda!.

Estábamos en un bosque sí, pero en que no era el mismo. Los árboles frondosos filtraban una luz pálida y mortecina. Los había de todas clases: acebos, cerezos, encinas, cipreses...

Fue en un roble milenario donde la oímos llorar. Su llanto sonó al principio como el de una niña desvalida. Apoyada en el roble, una mujer menuda vestida con telas de araña ayudaba a otra que se hallaba en cuclillas.

-¿Qué le está haciendo?.- Preguntó Vidayán con ojos inocentes.

-¡Tú sí que eres torpe!.- Protestó Navelgas.- Mucho músculo pero al final, un cerebro de mosquito. ¿Ah? ¿Pero no ves que es una comadrona?

La que estaba en cuclillas lloraba sin consuelo. Mientras, la comadrona, la calmaba con palabras dulces. Me dispuse a ayudarlas pero la que ayudaba en el parto declinó mi ofrecimiento y me indicó que si en verdad quería ser útil le acercase una No Duelas Más.

-¿No duelas que... ?.-Repetí atónita.

Señaló entonces una flor azulada que crecía al borde del camino. Cuando se la tendí, ella la tomó entre sus manos diminutas e hizo que la otra mujer masticase sus pétalos.

La mujer en cuclillas comenzó a sentir los efectos analgésicos de la flor. Con gran sorpresa por nuestra parte, vimos aparecer la cabeza de un diminuto ser entre sus piernas que una vez vio la luz aleteó torpemente sobre nuestras cabezas.



Endriga como así se presentó la comadrona, contempló alborozada el vuelo del pequeño que había ayudado a traer al mundo.

Tenía la sonrisa de una niña. Observé que no tenía alas como la mujer a la que había asistido. Endriga en realidad, no las necesitaba. Las alas en las hadas, como me explicó después, son órganos inútiles, algunas nacen con ellas y otras no, pero todas tienen el don de volar.

No se sabe de donde surgieron mil golondrinas. Volaban en formación de V y Endriga que conocía su lenguaje me traducía lo que decían pausadamente.

-Me cuentan que es imposible regresar al lugar en que nacieron.

-¿Y eso por que?

-¡Bueno!. ¡Es lo que siempre sucede!. En vuestro mundo los hombres talan los árboles y cada vez queda menos espacio para las golondrinas. ¿Te haces una ligera idea de lo que eso significa?.

Hice un gesto afirmativo y pregunté:

-Dime: ¿Y es cierto lo que cuentan de vuestras ciudades?.

Hizo un mohín de disgusto y se posó en mi hombro.

-¡Que bah!. Pero si cada uno cuenta la historia como le parece. En realidad cada persona percibe de un modo distinto nuestras ciudades. ¿Te gustaría ver una de ellas?.

Y así fue como conocí su ciudad. Su brillo nos cegó de repente. Era la suya, una ciudad completamente construida de oro. Las fachadas lucían enrejados de filigrana tan fino que sin duda no habían sido construidas por seres humanos. Enclavada en el corazón del bosque la recorría un río tranquilo.

La más hermosa música de flautas invadió el ambiente. Ellas y ellos, giraron a nuestro alrededor como luces tornasoladas. Subían, bajaban, se sentaban en las piedras para observarnos. Todos ellos, cantaban himnos que no acertábamos a comprender pero que no debían de hablar de otra cosa que no fuese belleza, sentimiento, bondad...

Las gentes eran como nosotros o sería más exacto decir que nos imitaban. Los había de todas las edades y clases sociales y también había perros y gatos diminutos. Algunos personajillos pasaban a nuestro lado esgrimiendo papeles en las manos y comentando lo atareados que estaban. Otros se emborrachaban y miraban su brújula estropeada. Algunos, los más osados, se batían en unos duelos en los que no moría nadie.

Los más jugaban. Jugaban a ser reyes con sus vestidos rimbombantes haciendo ostentación de todo su oropel, complacidos ante halagos y reverencias. Los había también que dormían en cualquier sitio: una hoja, un gusano, porque sin duda, eran perezosos y cualquier lugar les sentaba de maravilla. No podían faltar tampoco aquellos que soñaban al mundo o el mundo les soñaba a ellos y para demostrar que así era lanzaban discursos enardecidos a unos cuantos sufridores.

Flotábamos ahora sobre baldosas de colores interrumpidas por tramos de hierba. En las intrincadas callejuelas, una vieja hilandera afilaba su rueca, un alfarero daba el último acabado a un ánfora y una diminuta vendedora de verduras regateaba con un cliente exigente.

Y nosotros bailemos alrededor de la hoguera hasta que el sonido de las flautas se fue apagando gradualmente...

Pero no todo fue entusiasmo...

Al amanecer, Endriga nos despertó a trompicones. Nos frotamos los ojos y medio dormidos, contemplemos el paso de un cortejo fúnebre. Cargaban en sus hombros el cuerpo de una muchacha diminuta con el cuerpo cubierto de hojas. La cascada de su cabello relucía como el sol y en su rostro se dibujaba una débil sonrisa.

Endriga se llevó un dedo a la boca en señal de silencio y nos contó que la muchacha iba al encuentro de su alma grupal.

Nunca imaginé que las hadas pudiesen morir, al contrario, siempre pensé que serían eternas. Como después supe, las hadas son muy similares a los mortales: Nacen y mueren como ellos, son felices si se las cuida, pero si alguien las olvida acaban muriendo de tristeza.

Aquella que Endriga me presentaba había caído en desgracia. Sus días habían terminado porque, según me informó, había sido pertenencia de un niño que al hacerse mayor, se olvidó de soñar.

Ahora retornaba a su alma grupal: El agua donde había nacido en espera que alguien la rescatase. Aquello era peor que la muerte y sin embargo, sonreía...

-Para ella.- Susurró Endriga.- Es un proceso más, un alto en el camino. No deja de existir totalmente sino que se transforma en otra cosa. ¿Lo ves Alesga?.

Vi como la arrastraban al río un grupo de hermosos mancebos. Luego, el que parecía ser el maestro de ceremonias, tomó en sus manos una antorcha y prendió fuego a la balsa que se perdió en la lejanía envuelta en las llamas.

Inexplicablemente todo el lugar quedó impregnado con un delicado aroma de rosas.





Aquella noche, soñé que volaba junto a Endriga por encima de árboles y nubes. La noche estaba cuajada de estrellas. Mi amiga, abrió las manos dejando escapar de ellas un arco iris de gotas de lluvia.

Bajamos allí donde la corriente del río es más peligrosa y al oírla de nuevo, pensé que era el viento repitiendo lo que sólo estaba en mi mente.

-¡Tengo que darte una cosa!.- Me dijo.

Le expliqué que volaba demasiado deprisa y que a pesar de la magia yo no podía alcanzarla. Ella soltó una risita burlona y aguardó mi llegada en una roca.

Endriga sacó un pequeño envoltorio y lo depositó en mi mano. Al preguntarle que era, desenvolvió el paquete con sumo cuidado y pude ver que en su interior relucía una barra dorada de textura similar a la resina.

-No puedo dárselo a nadie más.- Se lamentó.- dicen que con esta cosa puedes conseguir que regrese un ser querido pero que con los muertos no sirve. Me gustaría que alguien lo emplease en la dimensión en que vives para traerme de vuelta pero yo, hace años que he muerto y no tengo a nadie que me recuerde.

-Si quieres- Le dije.- Yo lo utilizaré para que vuelvas...

-¡No!.- Suplicó.- Puede que lo necesites en tu viaje. Sobre el sagrado, ese ser al que andáis buscando, tan sólo sé que vive en soledad y que rehuye a las gentes. Puede que se trate de ese ermitaño llamado Nievares que vive en el desierto blanco, aunque no parece de fiar, y no estoy muy segura.

-Me temo que entonces esto es una despedida.

-Me temo que sí.-exclamó.

El ruido de unas pisadas me devolvió a la realidad.

Endriga había desaparecido y en mi mano aún aferraba el oro de las hadas.





Pero no había despertado. El efecto de la seta continuaba y todos excepto Navelgas, estábamos en una tierra hostil, como en un sueño dentro de otro sabiendo que nuestros días estaban contados y que moriríamos antes de alcanzar la cumbre.

Ahora, cabalgábamos sin rumbo fijo a través de una tundra helada con la vana esperanza de hallar el rastro del ermitaño, Nievares, al que se había referido Endriga.

Cuando más desfallecidos andábamos, se unió al grupo un nuevo miembro. Se trataba de Argolibio, un simpático nomo que vagaba perdido al igual que nosotros......

Argolibio intentó ganarse nuestra amistad compartiendo los pocos víveres que tenía y mostrando orgulloso las armas y joyas que había fabricado con los metales extraídos de la mina. Orfebre y minero de profesión, había dejado en su pueblo a una mujer dulce y buena que le había dado mucha descendencia y a la que había dejado por buscarse a sí mismo.

Al principio, fue acogido de buen grado. Llevábamos varios días sin ver a nadie pero cuando los víveres comenzaron a escasear, cundió el desánimo y su presencia resultó ser una carga molesta.

Al cabo de unos días, todos comenzaron a odiarle hasta el punto que Vidayán y yo debíamos montar guardia para evitar que los otros intentasen matarlo.

A veces en las frías noches, montado en su pony, buscaba un rincón apartado para tocar su violín. Luego regresaba al grupo con su eterna sonrisa jovial y entonces le decía a Vidayán, su único amigo:

-¡Ven aquí fortachón y dame un trago de tu cantimplora!.

Galopaban juntos ligeramente separados del grupo y hablaban de sus pueblos, sus respectivas esposas e hijos. Y entre frase y frase dejaban escapar largos suspiros.





Al cabo de unas semanas, la situación empeoró y todos, hasta los más optimistas, comenzamos a tener grandes dudas sobre la existencia de Nievares. Los caballos hundían sus pezuñas en una capa de nieve de grueso espesor que dificultaba la marcha. Habíamos perdido dos de ellos y ahora, debíamos turnarnos para continuar a pie, avanzando muy despacio ya que en algunos de nosotros habían aparecido los primeros síntomas de congelación.

Vidayán a estas alturas estaba muy mal...

Argolibio, el pequeño nomo, cuidaba de su amigo como un animal cuida a su cría. Pero Vidayán a pesar de todas las atenciones se moría...

-¡Seguid vosotros sin mí!.- Suplicó dejándose caer al suelo.- Estoy muy cansado. Soy muy lento y no hago más que entorpeceros. ¡Seguid adelante que ya os alcanzaré!.

-¡Ni hablar!..- Protestó el nomo.- Lo dices porque crees que eres una carga pero tú eres mi único amigo aquí y los amigos van juntos siempre.

-Esta vez no Argolibio.- Dijo Vidayán con lágrimas en los ojos.

Truébano y yo quedamos en silencio contemplando sus manos. Las tenía como el rostro, azules, rígidas y llenas de ampollas. No las sentía, en cambio sí decía notar un fuerte dolor en las piernas. Al retirar los vendajes, comprobamos el olor fétido y el mal aspecto de las llagas. El torniquete había resultado inútil.

-¡No!. ¡No puede ser!. –Gritó Argolibio horrorizado.- ¡Mirad!. ¡Tiene gangrena!.

Truébano, el guerrero, habituado como estaba a ver la muerte tan de cerca parecía no encajar el golpe. Me culpaba de no utilizar mi magia y de no haber hecho lo suficiente por salvar su vida.

Le dije que lo había intentado todo y repliqué que solo era una maga, no una bruja.. Aveces ni siquiera la magia puede contra la poderosa Muerte. Entonces Vidayán comenzó a maldecir. Amenazó con asesinar con las pocas fuerzas que le quedaban al primero que intentase auxiliarle o mostrase el más leve signo de lástima.

Ninguno de nuestros argumentos fueron suficientes para convencerle de que no era una carga.

Aquella fría mañana, muertos de dolor, le abandonamos a su suerte en el desierto blanco. Se llamaba Vidayán, era el más noble y valiente guerrero que jamás he conocido. Murió sin sepultura, como tantos heroes, sin honores pero en el vivo recuerdo de aquellos que le amaron.



Días después, apareció la primera pisada, prueba inequívoca de que Nievares existía. Las huellas gigantescas fueron aumentando en número, desapareciendo en algunos tramos, como si alguien se esforzase en borrarlas y reapareciendo a escasos metros. Indicaban la presencia de un homínido de gran estatura y peso descomunal. Por la enorme presión ejercida dedujimos que caminaría en posición erguida apoyado en sus talones.

No fue difícil encontrar la gruta porque todas las pisadas conducían allí. Así que permanecimos a la espera sin atrevernos siquiera a respirar.

Un homínido de pelaje blanco y espeso, apareció en pie sobre la gruta.

Navelgas y Argolibio corrieron asustados y Truébano desenfundó su espada y se puso en guardia.

La bestia corrió a nuestro encuentro con un aullido tan desgarrador que incluso el valiente guerrero se hizo a un lado sobrecogido.

Aquel ser que podría despedazarnos de un solo zarpazo se detuvo en seco.

-¿Quiénes sois?.- Bramó

-Las hadas.- Tartamudeó Navelgas.

-¿Qué pasa con ellas?

-Las hadas nos hablaron de ti.- Tartamudeó Navelgas.- Dicen que tal vez seas tú el sagrado.

-Yo solo soy el ermitaño, el guardián de las puertas del mundo subterráneo. ¿Y porque había de ser yo el que buscáis?. Si quisiera os comería ahora mismo. Hace muchos días que no me alimento.

Ante estas palabras el imprevisible Argolibio abandonó su seguro refugio y le plantó cara. Los golpes que le daba el pequeñín no parecían afectar a Nievares que lo cogió con su enorme mano y le izó ante sus ojos.

-¡curioso!.- Exclamó el homínido moviéndolo de izquierda a derecha para verlo mejor. Luego, perdido el interés lo depositó en el suelo y preguntó con voz cansina:

-¿Y Por qué razón buscáis al sagrado?.¡ Bueno, mejor no me lo digáis que prefiero no saberlo!.

Nievares se alejó corriendo hacia la peña en que le vimos posado por vez primera. Se quedó allí parado durante largo tiempo sonriendo de un modo maléfico. Luego, hizo un gesto que parecía un adiós y tal y como había aparecido, se esfumó...



RETORNO DE UN FANTASMA.



Estábamos ante la gruta cuando nos sobresaltaron unos ruidos intermitentes. Aquellos golpes secos parecían brotar de las mismas entrañas de la tierra.

-¡Allí!.- Señaló Argolibio.- ¿habéis visto eso?

Al parecer, en la oscuridad, creyó ver una cara diminuta. Cuando se había girado para comprobar que no soñaba, el propietario de esta había echado a correr gimiendo como un alma en pena.

Navelgas rió a carcajadas ante el miedo de Argolibio

-¡Caramba pequeñín!. Dijo sin parar de reír.- ¡No te asustes por eso!.-.- Has debido ver a un Doira, uno de esos ayudantes de los Maestros Golpeadores.

Recogió del suelo su hatillo, su candil y su pala y seguimos su gordo trasero hacia el interior de la cueva. Era mucho más profunda de lo que habíamos adivinado y con un terreno muy resbaladizo.

El doira, o ayudante, como lo había llamado Navelgas se asomaba de cuando en cuando para hacernos saber que no quería perder el contacto. Tenía una cabeza desproporcionada en un cuerpo pequeño y peludo y lucía unos horrorosos incisivos. No obstante, en aquel pequeño monstruo había algo parecido a la ternura. Eso me hizo recordar que hace mucho tiempo, cuando aún era una niña, escuché una leyenda sobre estos ayudantes. Los Maestros Golpeadores los utilizaban para localizar vetas de oro y plata y como aviso de los lugares donde se producían derrumbes. Los Doiras habían sido siempre criaturas huidizas olvidadas por los dioses que ofendidos ante tanta fealdad les habían condenado a vivir en el mundo subterráneo.

-¡Mirad!. – Gritó entusiasmado Navelgas.- ¡Allí!. ¡Allí se ve una luz!.

El doira había desaparecido a través de una galería de la que surgía una luz amarilla intensa. Seguimos la luz como niños perdidos.

La luminosidad procedía de mil candiles, los candiles que utilizaban los duendes mineros o maestros golpeadores. Sus gorros eran de un rojo encendido y sus delantales de cuero marrón. Clavaban sus picos en unas vetas de mineral. Al parecer habían encontrado oro y estaban muy animados.

Alguien entonces reclamó mi atención. No lo vi hasta que lo tuve delante y por sus dotes de mando intuí que debía ser el jefe de los Maestros Golpeadores: gordo, mofletudo, con un delantal distinto al de los otros y acompañado por dos esperpénticos doiras.

-¡Sígueme!.- dijo sin titubear.- ¡Buscáis al sagrado y quiero hacer algo por vosotros!.

-¿Quién te lo ha dicho?.- Pregunté sorprendida.

-¡Quién me lo iba a decir!.- Replicó indignado.- Aquí en la tierra interior las noticias vuelan. Pero: ¿Vas a quedarte ahí parada o vas a seguirme?.

Me condujo a través de intrincados pasadizos. En aquella encrucijada, mi extraño acompañante caminaba con total seguridad como si pudiese recorrer el camino con los ojos vendados. Pero al parecer alguien más nos seguía pues de cuando en cuando sentía ruidos de pisadas a mi espalda.

-¡No te preocupes!.- Me tranquilizó el Maestro golpeador. ¡Ese sonido no es más que el viento que se cuela por las grietas!.

Llegamos a un templo maravilloso de estalagmitas y estalactitas de colores y a un lago interior sobrevolado por mil criaturas celestes del tamaño de una mosca con todos los atributos de las personas pero a tamaño reducido.

-¿Te gusta?.- Inquirió el Maestro golpeador.

-Sí. – Respondí.- Es maravilloso.

Uno de los ayudantes rió sin ruido alguno con la boca totalmente desencajada.

-¡Le gusta! ¡Le gusta!.- Paladeó el otro con suavidad.

-¡Ven!.- Ordenó el duende minero.- ¡Quiero enseñarte algo!.

Me mostró una de las paredes de la gruta. Eran pinturas. Pinturas que mostraban todo lo acontecido y que ocupaban más espacio del que mis ojos podían abarcar.

-¡Fascinante!. ¿Verdad?.- Manifestó con orgullo.

-Sí. Sí. Fascinante, sin duda.- Corroboré.- Pero: ¿Dónde está el sagrado en todas estas pinturas?

Me señaló una que mostraba la imagen de una mujer de cabellos negros que rozaban el suelo-Este es el único retrato que poseemos de la Maléfica Negueira.- Me dijo.- Ahora que es sombra, pero cuando ella era luz, todo era distinto. Por aquí corren leyendas que dicen que su parte buena reposa en algún lugar. Cuando ese momento llegue, cuando alguien nos la devuelva, el mundo dejará de ser subterráneo y todos, incluidos los doira, dejaremos de vivir en la oscuridad de la tierra.

El Maestro golpeador me condujo nuevamente adonde continuaba la extracción. Volvíamos a estar en el centro de trabajo. Allí miles de doiras recogían trozos de mineral y piedras preciosas para entregárselos a Ujo, el cíclope que golpeaba la forja.

Los días de Ujo habían transcurrido en el interior de un templo: La hermandad de los Perluces. Estos benefactores, habían recogido al huérfano y le habían instruido en el arte de la orfebrería y la forja. Y ahora, prestaba temporalmente sus servicios al mundo subterráneo.

-¿Qué fabrica?.- Pregunté interesada..

-Ya está casi terminada.- informó uno de los duendes mineros.- Está forjando una espada. Nosotros la vamos a llamar “La Invencible”.

En el suelo rodeando a los trabajadores miles de gemas hacían refulgir la cueva con sus brillos.

-En el centro de trabajo.- Explicó el Jefe Golpeador dándose importancia.- Fabricamos armas para dioses y también joyas. Las piedras son recogidas por los doiras sobre la base de su rareza, brillo, color y pureza pero el éxito del tallado depende únicamente de Ujo, que es quien se encarga de limar imperfecciones y realzar las características de la gema.

Nos enseñó ahora una piedra de un raro color azulado:

-¡hermoso!. ¿Verdad?. Se llama Hope que quiere decir esperanza en el lenguaje de los mortales y es el diamante más antiguo que existe. Esta maravilla fue robada al mundo subterráneo y trajo a la desgracia a todos los que la codiciaron. Afortunadamente, regresó con nosotros. ¿Podríais hacer lo mismo con Negueira?

-¡Tal vez!.- Dijo Navelgas.- Aunque es una empresa difícil.

Todos escuchaban atentamente al Jefe Golpeador, yo en cambio, no podía apartar la miraba de Ujo. Ujo que calentaba al fuego una pieza de metal y le daba forma a golpe de martillo. Ujo que en algún momento me devolvió la mirada de su único ojo y que extrañamente tenía el rostro de Vidayán.



Hay quien dice que los muertos regresan para torturar a los vivos y se equivoca.

Habíamos cenado opíparamente y celebrábamos que la espada Invencible estaba acabada. El jefe golpeador nos había alojado en unas literas excavadas en la misma roca.

Entonces me arropé y me quedé dormida escuchando el animado coloquio de mineros y doiras.

En mi sueño volvía a caminar por el desierto blanco.

¿Por qué no había ayudado a Vidayán?. Podía haber lanzado un conjuro e impedir que la gangrena avanzase y sin embargo me quedé parada sin hacer nada.

Y Vidayán estaba a mi lado y sonreía. Intentaba decirme algo que yo no entendía. Entonces le abracé y me di cuenta que no existía, que todo era un sueño, que nunca volvería, que era aire...

No era Vidayán, sino Ujo. Ujo, el cíclope que preguntaba el porqué de mi llanto. Y allí estaba yo porqué hablando con aquel extraño de mi viejo dolor. Sólo, porque su rostro me recordaba al de un buen amigo al que había abandonado un día.





A la mañana siguiente, me despertó un fuerte temblor de tierra y unos gritos desgarrados. Maestros golpeadores y doiras corrían ciegamente en busca de la salida, sembrando la muerte a su paso.

Corríamos sin saber a donde escuchando comentarios sobre un gigante que al parecer con sus pisadas había causado el desastre. Sucedía aproximadamente cada milenio pero al parecer esta vez, se había adelantado.

Quizás no haya nada que no sucumba al paso de un gigante llamado GUERRA o Nievares.

Entonces oí a Ujo que corría a mi lado.

-¡Ha sido Nievares, el ermitaño!.- ¡Seguidme!. ¡Conozco un atajo!.

Nos condujo nuevamente a la cueva que el jefe de los golpeadores me había enseñado. Y allí, varada en el lago, aguardaba una balsa construida con juncos.

Reparé entonces, que Truébano llevaba en su bolsa un objeto grande y pesado. Pero no había tiempo para reparar en preguntas...

Ujo remó con sus poderosos brazos hacia nuestra única esperanza: un hueco que filtraba la luz del atardecer y donde el lago desembocaba. Entonces escuché el estrepitoso sonido de la avalancha final.

¡Quién sabe cuantos doiras y cuantos duendes mineros perecieron en aquel derrumbe!.



PELIGRO INMINENTE



Navegamos en una balsa de juncos.

Recuperado el aliento, hallé las suficientes fuerzas para preguntarle a Truébano que llevaba en la bolsa.

-¡ La invencible!.- Exclamó con orgullo.- Creo que los duendes no van a echarla en falta

-No has debido hacerlo.- Intervino Ujo.- Era un tesoro del mundo subterráneo y como el diamante que visteis podría hacer caer la desgracia sobre vuestras cabezas..

-No creo que esta maravilla traiga la desgracia a nadie.- Acarició una vez más el arma y añadió.- Además, ninguno de vosotros sabe utilizarla y yo sí.

-Lástima.- replicó Ujo.- Tu codicia no te conducirá a nada pero ¡Bueno!.

El tramo del río discurría por una zona montañosa y torrencial. Nuestra frágil embarcación se bamboleó sorteando rápidos y caudales antes de entrar en una basta llanura de vegetación tropical.

Luego, llegó un ocaso de impresionante belleza. Ujo remaba sin descanso y cantaba una canción de amor que los Perluces le habían enseñado.

Era de noche, había buena luna.

Entonces dejó de cantar y soltó asustado los remos.

-¿Qué ha sido ese zumbido?.- Preguntó Argolibio.

-¡Parece una serpiente gigante!.- Alzó la voz.- Lo sé por...

Antes que pudiese acabar la frase se produjo una enorme sacudida que agitó violentamente la balsa.

Era efectivamente una serpiente, la más grande que haya visto nunca.

El monstruo se izó sobre su abdomen y mostró sus colmillos exhalando una bocanada de vapor abrasadora.

Truébano, en el agua, intentó desenfundar la invencible pero la mano de Navelgas impidió el movimiento.

-¡Espera!.- Le previno.-¡No podemos matarla!.- ¿Y si fuese ella el sagrado?.

-¿El sagrado?.- Siseo la serpiente.-¿Y porque había de ser yo el sagrado?. Yo sólo conozco a Samalea y ella tiene una mirada mucho más adormecedora que la mía.- ¿Quiénes sois vosotros?. ¿y qué hacéis en mi territorio?.

Argolibio escupió agua y dijo con ironía.

-¡Bueno!. Si la dama dice que ella no es el sagrado mejor nos marchamos. Muchas gracias por ser tan amable y hasta la vista.

-¡Cállate nomo!.- Le increpó Navelgas. ¿ Porque nos interrumpes?.- ¡Intento ser amable con la señora culebra!. ¡Perdóne a mi amigo.!. ¡Es tan torpe!. Lo que intenta decir es que no vamos a molestarla. Sé que hemos irrumpido en su territorio pero ahora nos iremos sin hacer ruido

-¡Quietos!.- exhibió su lengua sibilina.- ¿a dónde creéis que vais ahora?.

Truébano apretó bajo el agua la empuñadura del arma. Luego contó hasta tres y sin mirar los ojos del reptil la sacó del agua.

El acero ni siquiera logró rozarla. Un misterioso haz de luz azul desgarró el corazón de la serpiente.

-¿Cómo lo has hecho?.- Dijo Argolibio con los ojos como platos.

-¡No tengo ni idea!.- Exclamó confuso Truébano y añadió.- Debe ser por que es una espada mágica.

-¿Pero qué has hecho?.- Gritó exasperado Navelgas.- Ha muerto sin decirnos el paradero del sagrado. ¿En que diablos tenías la cabeza?.

-Os dije que esa espada no traería nada bueno.- Sentenció el cíclope.- La serpiente era mala, pero la necesitábamos..

Sobre las aguas del río quedó una enorme mancha roja. La serpiente dio el último coletazo y se quedó con la cabeza colgada como si fuese una res. Entonces empezamos a dar brazadas y no descansamos hasta que alcanzamos la orilla.



La mañana vino precedida por una calma extraña. Ni siquiera se oía el trino de los pájaros. Navelgas y Ujo habían salido a talar unos árboles porque la serpiente había destruido completamente la balsa.

Argolibio despertó en ese momento e intentó mantener una afable conversación con Truébano que parecía más huraño que de costumbre.

Este, le ignoró y susurró en mi oído.

-¿Te has fijado que llevamos más de una semana y aún no hemos despertado?

-¿Qué intentas decirme, Truébano?

-Digo que ya llevamos más de una semana y que no hay rastro del sagrado.

Navelgas que acababa de llegar con las maderas percibió de pronto que algo ocurría y quiso averiguar que era.

-¿Qué te sucede, amigo Truébano?

-¡Déjame en paz, enano!.- Farfulló el otro.

-¿Es por lo de la espada?. Ujo ha debido ponerte nervioso. ¡Es natural!. Él mismo la fabricó. ¿Pero que te pasa Truébano?

-¡Nada!.

Pero Navelgas andaba dándole vueltas.

-¡Escucha!.- Sonrió para darle confianza.- Cuando todo esto se acabe, tú y yo tomaremos unas buenas jarras de cerveza.. Tú y yo en la Cantina del Arce.

De repente, sentí un pánico inmenso al ver que las manos de Truébano se cerraban en torno al cuello de Navelgas.

-¡Para!. ¡Te he dicho que pares!.- Supliqué.-¡Es tu amigo! :

-¿Mi amigo?.- Los ojos de Truébano se encendieron en ira y apretó con más fuerza los dientes.- ¡No es mi amigo!. Oculta algo. ¡Lo sé!. ¿Por qué no hemos despertado ya, Alesga?. ¿Por qué nos convenció a todos de que probásemos la seta?. ¡Sois unos ilusos si pensáis que el sagrado existe!. ¡Nunca despertaremos!. Todos estamos muertos. ¡Muertos!.





EL ROSTRO DE LOS AMADOS.



Finalizada la labor de construcción remontamos el río con la nueva embarcación. Ujo remaba con sus brazos curtidos y la mirada puesta en el horizonte.

Dejamos muy atrás el río y nos adentramos en el océano. ¿Quién sería la misteriosa Samalea que había nombrado la serpiente?.

Una escuadra de delfines escoltó la barca. Emitían chillidos agudos como si quisiesen comunicarnos algo pero Navelgas tenía la mirada extraviada y el entrecejo fruncido.

-¿has descubierto algo?.- preguntó a Ujo.

El cíclope movió apesadumbrado la cabeza.

-¡nada, Navelgas!. ¡No he descubierto nada!. Llevamos varios días navegando a la deriva. Me temo que tus amigos humanos no saldrán de este sueño. ¡Este es nuestro mundo!. ¡No lo olvides! ¡No el suyo!.

Navelgas quedó contemplando como los delfines se alejaban. Luego se acercó a Argolibio y le miró dubitativo.

-¿Quieres unas bocanadas de mi pipa, pequeño nomo?

-Sí te lo agradecería.- admitió Argolibio con cara de enfado.

-Sé que os he engañado.- Trató de disculparse.- Lo sé, yo falsifiqué la carta del Mago. ¿Pero me habríais acompañado igualmente si os hubiese dicho la verdad?

Yo fingí que no les oía y me limité a observar las pequeñas olas que se producían alrededor de nuestra embarcación.

-¡Amigo!.- se dirigió ahora a Truébano.- ¡Perdóname amigo!. ¿Quieres un trago de mi cantimplora?. ¡Mira!. ¡Tengo mucho!.

-¡Al diablo tú y tú maldito vino!.- Escupió Truébano con rabia.

El enano miró el horizonte intentando escudriñar algo a lo lejos.

-Para ti es sencillo.- Le atacó el nomo Argolibio.- Te quitas y te pones el gorro y entras y sales cuando te viene en gana. Pero: ¿y ellos?. Entraron aquí gracias a la seta. Ahora, no hay salida posible porque ni siquiera tú la conoces.

-Lo hice por mi hija.- Sollozó Navelgas.- Negueira la tiene en un oscuro calabozo. La niña no tiene agua, ni alimentos. Además, está muy enferma.... Ella tenía un sueño. Soñaba que el sagrado debía existir en algún lugar y que la bondad y la clemencia jamás abandonarían a los pobres desgraciados.

-¡Iluso!.- Protesté.- ¡El infierno está sembrado de buenas intenciones!. ¡Solo era el sueño de una niña!.

-¿y que me decís de los sueños?.- Replicó Navelgas.- Los sueños nos alimentan. Gracias a ellos las hadas pueden vivir y los hombres pueden hacer grandes cosas. Vosotros mismos lo habéis comprobado. Todo el mundo tiene sueños incluso los esperpénticos doiras.

-¡Pero tú!.- Clamó indignado Argolibio.- Tú les engañaste. Falsificaste la carta del mago. Ellos te siguieron como su única esperanza. También ellos tenían un sueño. Soñaban que si hallaban a ese ser, el sagrado o como quiera que se llame, sus pueblos se liberarían del yugo de la guerra.

-¡Sí!.- Intervino Truébano.- Y ahora nos quedamos sin sueño, tú, yo, todos nosotros. Sólo porque te has encargado de destruirlos todos. Y que ironía que nada exista. ¡Ni la salida de este mundo, ni ese horrible ser al que nadie conoce!.

-¡Es difícil para mí pediros que confiéis!.- Navelgas contempló las ondas que producían sus dedos al contacto con el agua.- ¡Solo os pido que confiéis en el sueño de una niña!. ¡Parece descabellado!. Pero quizás no lo es tanto.







Tarde en la noche sucedería algo extraordinario. Nuestra barca se mecía en un suave vaivén y todos excepto Ujo estábamos dormidos.

En aquella duermevela escuchamos un canto melodioso y extraño similar al sonido que produce una caracola hueca mezclándose armoniosamente con el oleaje.

-¿Habéis oído?.- nos golpeó suavemente con el remo.

-¿qué?.- pregunté somnolienta.

-¡Escuchad!.

El canto se acercó muy lentamente y contuvimos la respiración. Venía en dirección a la barca y parecía proceder de una niña. Si se acercaba demasiado a la barca podía volcarla o lastimarse.

-¡Samalea!.-exclamamos al unísono.

La pequeña criatura dio un salto vertiginoso exhibiendo una cola de escamas plateadas.

Era sin duda la más hermosa criatura del país de la gente menuda. Su cabello era verde formado por algas finísimas y sus dientes relucían como perlas a la luz pálida de la luna.

Entonces recordé lo que había dicho la serpiente de sus ojos himnópticos.

-¡No la miréis!.- Advertí demasiado tarde. Navelgas estaba ya con la mitad del cuerpo fuera de la barca gritando desaforadamente que aquella era su hija.

-¡No es Agoveda!.- Me agaché a su lado.- Es Samalea y es peligrosa. Hace que veamos lo que deseamos ver.

-¿Quieres jugar conmigo?.- demandó una preciosa voz infantil.

Navelgas apretó los puños intentando contenerse.

-¡Agoveda!. ¡Agoveda!.¡Mi preciosa niña!.

-¡Estoy muy triste!.- Lloriqueó la ninfa.- ¿Por qué no vienes al agua conmigo?. ¿Es que ya no me quieres?

-¡No le hagas caso Navelgas!.-Supliqué. Ella no es tu hija.

Pero sin poder evitarlo también la estaba mirando.

-¡Alesga!. ¡Querida amiga!.- Dijo el rostro de Vidayán.

-¡Moriste!..- Grité con dolor.- Vi como morías en el desierto blanco.

Se oyó una risita hueca y otra vez el canto.

-¡Bien!.-Retornó su voz de ninfa.- Veo que no conseguiré nada y no quisiera morir como mi amiga la serpiente. ¿Por qué me buscabais?

-Queremos saber si eres el sagrado.- Dijo Truébano con profunda voz de barítono.-Si es así, podrías indicarnos la salida de este mundo tuyo.

La risa encantadora de la pequeña se dejó oír a mil leguas marinas.

-¡Mirad!.- Sonrió divertida.- Todos saben que mi canto no es de este mundo aunque la verdad: ¡No es para tanto!. ¿Pero quien os ha dicho semejante tontería?. ¿La serpiente?. Yo sólo guardo una llave y no conozco su verdadera utilidad. Ese que decís llamar el sagrado podría ser el que mira al sol del mediodía sin pestañear aunque aquí hay muchos impostores.

Samalea arrojó a la barca una llave plateada.

-¡Tomad!.- Gritó. - Llevaba mucho tiempo esperando que alguien me la pidiese y casi había perdido la esperanza...

El canto más hermoso se fue alejando como una caracola hueca que se enreda con el oleaje.....





UNA SOLEDAD COMPARTIDA.



El tórrido calor unido a la ausencia de agua nos sumió en un profundo sopor. De no haber sido porque aún conservaba en mi mano la llave de Samalea y el oro de las hadas, habría jurado que todo fue un efecto del golpe de calor.

El primer aviso fue un dolor de cabeza agudo y generalizado, precedido de vómitos, nauseas y vértigos. Al segundo día, todos habíamos perdido la orientación y al tercero yacíamos inconscientes navegando a la deriva.

Pero tuvimos suerte. Nuestra barca fue interceptada por un grupo de pescadores que faenaban cerca. Ellos, nos remolcaron, a un pueblo de casas colgantes y de allí a una cabaña seca y umbrosa propiedad de la curandera del pueblo.

Cuando Navelgas despertó y se vio a sí mismo con aquellas ropas, gritó como si hubiese visto a un difunto.

En aquel momento, Pielame, acaba de entrar con unos trozos de leña.

-Lo siento.- Se disculpó.- no he podido encontrar ropa más adecuada para vosotros dos. Los vestidos de mi nieta y sus muñecas han sido lo más a mano que tenía.

-Pues ahora que te veo.- Sonrió Argolibio con sorna.- ¿sabes que te pareces mucho a mi primera novia?

-Pues era bastante fea.- Rió Ujo con complicidad.

La mujer posó cuidadosamente la leña sobre la cocina de carbón.

-¡Bien!.- Aplaudió.- me alegro de que ya estéis bien porque así podré perderos de vista

Truébano se incorporó en el camastro luchando por mantener inútilmente el equilibrio y respirando con dificultad.

-¡No tenemos tiempo!.- se dejó caer abatido- ¡Moriremos en esta tierra maldita! ¡Nunca! !. ¡Nunca encontraremos al sagrado!.

-¿El sagrado?.- Piélame adoptó una actitud pensativa.- ¡sí claro!. ¡El sagrado!. Ahora que lo recuerdo ese debe ser Vandalisque, el centauro de la pradera..

Le lancé lo que me rondaba la cabeza. Al despertar, había descubierto que me faltaba la llave y el oro de Endriga.

-¡Ah eso!.- Cayó por fin en la cuenta.- ¡tranquilízate muchacha!. Lo he guardado todo para que no se pierda y también esa espada. ¿Para que diablos quereis una espada?. ¡No tolero las armas!. Os he salvado la vida y os he ofrecido mi hospitalidad, pero mañana, al amanecer, abandonareis mi casa!





Al amanecer, Piélame, apareció para entregarnos más víveres y cerró de un golpe seco su puerta. Partimos hacia la pradera que ella había nombrado: un terreno árido, seco y amarillo flanqueado por palmeras.

Discurría un débil hilo de agua que nos hizo pensar que fuera de la época angosta sería un río caudaloso.

A estas alturas la espada Invencible ya era como una prolongación del brazo de Truébano.







A Vandalisque lo hallamos sumido en sus divagaciones y recostado en una palmera. Estaba tan inmóvil como si estuviese petrificado.

Truébano dio un paso al frente erigiéndose en portavoz del grupo.

-¡Venimos en busca del sagrado!.-

Vandalisque fingió no oír y continuó mirando al sol sin pestañear.

-¿Es que estás sordo?.- Le increpó.-¿Quieres que desenfunde mi espada y te corte la testuz?

-No me gustan las armas.- Suspiró cansinamente.- Ni tampoco aquellos que las utilizan.

-¡Vaya!. Pero si tiene lengua el caballito.- Rió con sorna.

Vandalisque se movió ligeramente y miró con dureza a Truébano.

-Si buscáis al sagrado.- Resopló.- No os habéis equivocado porque ese soy yo. Pero solo acepto hablar con gentes de buenos modales. Si no es ese vuestro caso, podéis dar la vuelta.

Hice una profunda inspiración y me aproximé:

-No venimos a buscar guerra que de eso ya hay bastante de donde venimos. Pero, estamos cansados y nerviosos y necesitamos que nos des el objeto mágico que permitirá destruir a Negueira.

-Puedo hacer que en un abrir de ojos cicatrice la herida de una flecha.- Dijo sin pestañear.- Puedo....

Ahora se removió con furia y por un momento temí que quisiera embestirnos pero desde la estática posición que había vuelto a adoptar volvió a hablar:

-¡Oh estúpidos mortales!.- dijo con lánguida voz.- ¡Cuándo aprenderéis la lección!. En mi pueblo erramos muchos. Y aunque siempre habíamos sido bárbaros no nos iba tan mal hasta que comenzamos a luchar contra los humanos. Usamos contra ellos nuestras armas arrojadizas y nuestras mazas hasta no dejar a ni uno vivo. Luego, devoramos sus cadáveres y festejamos la matanza. Pero ¡Ay de nosotros cuando nos sentimos saciados!. Iniciamos las refriegas por nuestro tedio. Fue una guerra cruenta: hermanos contra hermanos. Y ahora, sólo queda Vandalisque el sabio, orgulloso de haber vencido, pero solo.

-¿Quieres un poco de vino?.- Preguntó compasivo Navelgas.- Una vieja curandera me lo ha dado.

El viejo centauro miró agradecido al enano y tomó su cantimplora. Bebió ávidamente y después se la devolvió con una sonrisa triste.

-¿Quieres otro?.- Insistió el enano.-¡Caspita!. ¡Cómo bebes!.

-Sí por favor.- Suplicó.- Dame otro trago. Y bien ¿Por qué me buscabais?

Alzó sus ojos al sol del mediodía y antes que volviese a sumirse en aquel trance me dispuse a preguntarle.

-Dime, Vandalisque. ¿No tienes ningún objeto mágico?. ¿Una piedra?. ¿una maza?. ¿lo que sea?

Emitió un sonido mezcla de carcajada y dolor inmenso.

-Tal vez lo tenga ese otro.- dijo.- Ese al que todos llaman Valpoli.

-¿Pero entonces?.- Me sorprendí.- ¿No dijiste que eras tú el sagrado?

-Efectivamente, lo soy.- Respondió él.- Ese es el nombre porque se me recuerda.

-¿Pero porqué?.- Dije sin acertar a comprender.,

-Eso es evidente.- dijo volviendo sus ojos al Sol.- Me llaman el sagrado porque soy el único que queda.



LUCHA EN LA OSCURIDAD.



Aquella noche intuí el peligro. Ese peligro al que me refiero procedía de un batir de alas que solamente yo oía. No se trataba del viento, ni de ninguna ave nocturna. Y sin embargo: ¿Por qué me parecía ver unos ojos grandes que escudriñaban la oscuridad?. ¿Qué sentido podía tener aquel misterioso batir de alas?

Truébano caminaba pensativo a mi lado.

-¡Oye!. ¡No estés tan triste!.- Dijo.- Al menos sabemos que su nombre es Valpoli.

Aquel batir de alas sonaba cada vez con más fuerza en mis oídos haciendo que no estuviese concentrada en lo que me decía Truébano.

Argolibio y Navelgas hablaban de sus cosas. En otras circunstancias me habría echado a reír al verles con aquellos ridículos vestidos y sin embargo, pensaba en La Tierra Interior a estas alturas ocupada.

En ese instante, la oscuridad que yo presentía voló sobre nuestras cabezas hasta ocultar completamente la faz de la luna.

Entonces supe de donde procedía aquel sonido tan familiar que durante todo el camino me había torturado.

-¡Es un dragón!.- Gritó Ujo.- ¡Rápido Truébano, desenfunda la invencible!.

Truébano colocó la espada en posición perpendicular a los ojos de la bestia tal y como había hecho con la serpiente. Pero esta vez no funcionó.

El dragón, previendo los movimientos del guerrero, comenzó a aterrizar en posición vertical para elevarse nuevamente virando a nuestro alrededor. Tan sólo un rayo de la invencible hizo mella en una o dos palmeras sin llegar a rozarlo.

-¿Sabes que no eres muy bueno?. ¡Vas a destrozar todo la pradera!.- Carcajeó expulsando fuego por las fosas nasales.

El dragón vomitó fuego y esta vez aunque Truébano se apartó, algunas chispas consiguieron rozarle la camisa. Para evitar que la cosa fuese a más, al pobre Navelgas, no se le ocurrió otra cosa que vaciar sobre él el contenido de su cantimplora.

-¿Pero que haces, imberbe?.- Gritó Truébano intentando no convertirse en una antorcha humana.

-Yo sólo pretendía ayudar.- Se disculpó el enano.

Pero el dragón subestimó la valentía del guerrero que lleno de coraje volvió a apuntarle con la espada. Esta vez, hubo más suerte y consiguió herir uno de sus flancos. El monstruo, con un rugido estremecedor, se derrumbó a nuestros pies.

A pesar de todo reía roncamente.

-¡Pero que estúpidos que sois!.- Decía.- ¿De veras creéis que os dejaré llegar hasta Valpoli?. Antes tendréis que matarme y yo no soy dócil como la serpiente del río ni como el mono blanco guardián de la puerta. ¡No!.- Gritó dolorido.-¡Yo soy Zeluan el Magnífico!.

Aún así, herido de gravedad y aunque fiero, noté que el dolor le hacía resollar. Impedí el avance de Truébano que venía dispuesto a rematarle.

De pronto, sentí a mi espalda el grito del guerrero.

-¡Alesga!. ¡Apártate!.

Un peso enorme me embistió por la espalda y una bola de fuego salió disparada en la misma trayectoria.

Recuperada del impacto avancé impasible hacia el dragón.

-¡No tengas miedo!.- Susurré.- ¡Déjame ver tu ala!. La herida está demasiado cerca del corazón y si me dejas, puedo curarla.

La vibración del grito de Zeluan fue tan poderosa que un fino reguero de sangre resbaló en mis oídos. Aún así, no me amilané ante el dolor, porque quería sentir en mis manos su dura y fría piel de reptil.

Mis ojos captaron más de cerca, el rojo encendido de su melena y sus ojos que brillaban en la negrura de la noche como mil centellas. Resoplaba con temor porque en realidad, ya no sabía que hacer, si abandonarse al dolor, o morir con el honor de los de su especie.

Puse mi mano sobre su cabeza sin llegar a rozarle. Luego, noté que ya no se resistía y que cerraba aliviado los ojos.

-¡Buscamos a Valpoli!.- Susurré en su oído.

-¡Valpoli!.- Jadeó.- Todo el mundo busca a Valpoli. Me enteré por el ermitaño que le andabais buscando. Ese mono blanco quiso acabar con vosotros cuando os hallabais en el Mundo Subterráneo. ¡Yo no quería hacerlo!. ¡Yo soy pacífico!. Pero me hablaron de la culebra del río y lo que le habíais hecho, y tuve miedo.

Deposité mis dedos alrededor de su herida y observé como se iba cerrando hasta quedar totalmente cauterizada y regenerada la piel de alrededor. El dragón emitió un suave bufido y me miró agradecido con sus ojos sin párpados.

-Todo el mundo busca a Valpoli.- dijo cansado.- Y puede ser que esté hecho del mismo material con que se construyen los sueños.



YO SOY VALPOLI



Afortunadamente las quemaduras que habían sufrido los pequeños Argolibio y Navelgas, no revestían mayor gravedad. Nos sentamos en el suelo desesperanzados y entonces, Truébano preguntó:

-¡Bueno!. ¿Y que hacemos ahora?.

En realidad, yo estaba igual de confusa. Debía de haber algún modo de abandonar el país de la gente menuda aún en el caso que no existiese Valpoli. En todo caso, lo primero era reponer fuerzas.

-Yo sé de un lugar.- Sugirió de pronto Ujo, el cíclope.- Está cerca de aquí y es el Monasterio de los Perluces.

-¿El Monasterio de los Perluces?.- Repetí enfrascada en mis preocupaciones.

-Sí, claro.- replicó Ujo.- Todo lo que soy se lo debo a ellos aunque son un poco extraños y puede que os asustéis al verlos.

-¡Lo que me faltaba!.- Protestó Truébano.-¡Mira que sois extraños en este lugar!.

Su voz aunque ligeramente burlona denotaba un atisbo de esperanza. Pensé que estaba tan cansado como todos y que bromear un poco le liberaba de una pesada carga. Mi voz debió sonar áspera y dura:

-¡Vayamos entonces al Monasterio!. ¡No tendréis intención de pernoctar en el bosque esta noche! ¿Y si Zeluan regresa?

Todos estuvieron de acuerdo en este punto. Ujo, caminaba a mi lado hablando entusiasta de los extraños monjes. Al parecer, decía que habían sido muy buenos con el pobre huérfano. Le habían dado cobijo, alimentos y cariño.

La pradera fue desapareciendo dejando paso a un precioso bosque. Un vergel maravilloso en el que brotaba una cascada y bebiendo en sus aguas, estaba un extraño. Se parecía a un humano y, tal vez, en otros tiempos lo fue, pero ahora, tenía orejas puntiagudas y cuernos incipientes y a pesar de estas y otras lindezas, hubiese resultado atractivo de no ser, porque de cintura para abajo era un macho cabrío.

-¡Pss!. ¡Pssss!.- Nos llamó.- ¡Eh!. ¡Vosotros!. ¡Sí, vosotros!. ¡Venid aquí!. ¡Yo soy el que buscais!. ¡Yo soy Valpoli!:

-¡No os acerquéis!.- Previno Ujo.- Yo le conozco y es un mal tipo.

-Soy Alesga.- Le dije al extraño.- Soy una sacerdotisa.

-¡Ah!.- dijo con suave cortesía.

-Venimos en busca del sagrado.- Continué diciendo.- Mi pueblo se muere y sin él no existe esperanza.

El diablo burlón se deleitó con la contemplación de su reflejo en el agua.

Viendo que no nos hacía ni caso proseguimos nuestro camino y a las espaldas volvimos a escucharle con insistencia.

-¡Pssss!. ¿Adónde vais?- ¡Yo soy Valpoli!.¡En serio!.



EL MONASTERIO DE LOS PERLUCES.



No puedo precisar cuanto tiempo estuvimos en el monasterio de los perluces. Pero era un lugar donde gaiteros invisibles soplaban melodías a la noche. Un viejo monasterio enclavado en el bosque.

Mis pasos sonaron huecos en aquel silencio sepulcral mientras caminaba por la hospedería y los claustros bajos. Aquí, un patio interior y el centro, una fuente. Y luego aquella puerta cerrada que el cíclope nunca pudo abrir y aquel patio desierto.

Pasé a una habitación desnuda sin más adornos que los útiles que Ujo necesitaba cada día. Un brasero apagado hacía mucho tiempo junto a un yunque olvidado, una prensa, una forja. Allí debía trabajar antes que los Perluces le enviasen al Mundo Subterráneo, y allí, debió pasar sus horas él sólo, con su martillo, restañando el metal, para arrojarlo después a un oscuro rincón, y olvidarlo.



Estábamos tan cansados que quedamos dormidos. Sólo al llegar la noche, nos despertaron unos cánticos lúgubres y el cíclope nos apremió a levantarnos.

-¡Ya están aquí!.- Gritó alborozado.- ¿No os dije que vendrían?.

-¿Quiénes?.- Pregunté restregándo mis ojos.

-¡Los Perluces!.-Exclamó.- Los Monjes de quienes os hablé. No les habéis visto durante el día pues tienen costumbres nocturnas.

Todo el Monasterio se inundó de luz de repente. Aquella luminosidad debía proceder de mil velas encendidas pero no tardé en darme cuenta que eran los mismo Perluces quienes la irradiaban.

Un ser luminoso se acercó volando. Tenía la estatura de un niño pequeño y en el iris de sus ojos bailaban diminutos puntos de luz. Todo su cuerpo desprendía una energía irreal.

-¡Hola!.- Se dirigió a Ujo sin mover los labios.-¿Quiénes son?

-Mis amigos.- Respondió el cíclope.

-¿Y Por qué estás aquí?.- Quiso saber.- ¿Y la Invencible?. ¿la acabaste?

Ujo comenzó a relatan los incidentes sufridos. Le habló del derrumbe del Mundo Subterráneo, el ataque de la serpiente y el dragón, la desesperación de quedar atrapados en el País de la Gente Menuda, el encuentro con Samalea, la inexistencia de Valpoli, la llave......

Al oír lo de la llave sonrió el Monje- Niño.

-Vaya!. Habéis vagado en busca de algo que estaba muy cerca de vosotros. ¡Seguidme!. Yo tengo la llave que abre vuestro mundo.

Estábamos de nuevo ante la puerta que Ujo nunca pudo abrir siendo un niño y ahora, el Monje-Niño mostraba una llave, en sus manos luminosas.

-Esta es la que abre el umbral de las edades.- Señaló la llave dorada.- La otra, la que os regaló la niña de las aguas, pertenece a la entrada a vuestro mundo. En el umbral de las edades hallaréis a Valpoli. ¡Id pues en busca de lo que tanto anhelabais!

.



La llave encajó a la perfección y los goznes chirriaron abriendo la puerta del Umbral de las Edades.

Valpoli trotaba en un valle bañado por una luz blanca, sobrenatural. No era ni de día ni de noche, y el unicornio vagaba solitario hasta la eternidad.

Al vernos, adoptó una postura arrogante y continuó bebiendo de un claro riachuelo.

Corría una suave brisa que mecía las hojas de aquel bosque otoñal.

-¿Eres Valpoli, el sagrado?.- Me acerqué a preguntarle.- ¡Dime!. ¿Lo eres?

-Soy el amor incondicional.- Dijo el unicornio.- Soy la ternura, soy la inocencia. Pero no tengo nombre. Algunos me llaman Valpoli porque siempre quieren ponerle nombre a las cosas. Soy aquel al que todos olvidan y al que nadie recuerda. No sé quien soy. Soy todo y soy nada. Soy uno y soy muchos. Soy al fin al cabo, eso que llaman amor y que hace temblar los cimientos del mundo.

Levantó una polvareda azulada con sus pezuñas y sin saber porqué nos apresuramos a recogerla en un saco.

Eso era todo lo que teníamos de Valpoli.

Quizás ese no fuese su verdadero nombre.

Tal vez fuese:

BELLEZA.



NEGUEIRA.



Y así fue como utilizamos la segunda llave y despertamos en el mismo bosque del principio y enterramos las llaves y la invencible con la absoluta certeza de que volverían de nuevo al Mundo Subterráneo.

-¡No es necesario que vengáis vosotros dos!.- Comuniqué a Ujo y a Argolibio.- Vosotros perteneis al país de la Gente Menuda y no es justo que vengáis con nosotros. Pero os guardo en el corazón.

Después de eso, los demás, partimos a la Tierra Interior en poder del polvo azul que nos había proporcionado el unicornio. Pero el destino, había de hacernos una mala jugada pues al llegar al poblado unos soldados se nos echaron encima y nos condujeron a presencia de Negueira. Al vernos, la bruja, esbozó una sonrisa maléfica y triunfal.

-¡Bravo enano!. ¡Has conseguido traerme a los rebeldes!.

-Su Majestad.- Dijo Navelgas.-¡Son todos vuestros!.

La bruja se frotó enérgica las manos y comenzó a pasear de un lado a otro nerviosa.

-Majestad.- Continuó Navelgas.- Ahora que los tenéis, os suplico dejéis libre a mi hija Agoveda.

-Eso será después de la ejecución.- Refutó ella.- Y ahora vete a tu habitación y quítate esas ridículas ropas.

Los dos secuaces que esperaban órdenes preguntaron al unísono.

-¿Y que hacemos con estos dos, Majestad?

-¡Al calabozo!.- Ordenó, aunque al acercarse a Truébano se lo pensó mejor:

-¡Bonitos músculos guerrero!. Si combatieses en mis filas no solo salvarías tu vida sino que te nombraría Príncipe de Pambley. ¡Piensa en las riquezas que te esperan!¡Imagina el poder!.

-¿Qué debo hacer Majestad, para serviros?.- Respondió Truébano, el traidor

-Para empezar.- Dijo señalándome con el dedo.- Haz que retiren esta piltrafa de mi vista.

Me encerraron en una enorme estancia: sucia, oscura junto a muchos desgraciados que como yo, clamaban por un simple mendrugo de pan y alivio a sus heridas. Todos amalgamados: heridos y leprosos en quel hedor, rodeados por las ratas.

Y junto a esa inminencia de la muerte, estaba la profunda pena de ver todas las cosas que había sacrificado, perdido y ensuciado en el camino junto a la promesa incumplida de alguien a quien yo había llamado “amigo”.

-Tal vez tengas razón.- decía acariciando su cabello.- Tú, Truébano, no te venderás jamás a la oscuridad. ¿Verdad?

-Pues ¡Claro que no!.- Decía un Truébano niño.-¡Te lo prometo, Alesga!.

Y aquellas palabras del hombre ya adulto retumbaban ahora en mi cabeza hiriéndome con más violencia de la que lo había hecho la furia del dragón o la maledicencia de la serpiente.

Pero la verdadera sorpresa estaba por llegar cuando me condujeron a la ahorca para dar un castigo ejemplar a los insurrectos.

Me subieron sobre un caballo y colgaron alrededor de mi cuello la soga suspendida del árbol. El enano, por supuesto, sería el encargado de arrear al caballo pero antes de hacerlo se volvió hacia la bruja.

-¡Majestad!.- dijo.- Yo ya he cumplido mi pacto. ¡Cumplid vos el vuestro!.

-¡Primero ejecuta a la traidora!.- Ordenó.- Y luego, ya hablaremos.

De espaldas a todos Navelgas murmuró por lo bajo.

-Era yo quien te seguía en la gruta. ¿Por qué razón no te fijaste mejor en las pinturas?. Yo solo quería liberar a mi gente y ahora, no puedo fallarte a ti.: ¡Pide mi gorro!.

-Pero Navelgas.- Murmuré sorprendida.- Tú eres vulnerable sin tu gorro. ¿Qué vas a hacer sin él?

-¡No importa!.- Replicó.- Tengo una buena organizada para cuando tú te vayas.

-¿Qué dice la prisionera?.- Quiso saber la bruja.

-¡Majestad!.- Empezó el enano.- Es su última voluntad y pide mi gorro.

-¿Tu gorro?.- Rió siniestramente - ¡Bien!. ¿ Y a que esperas?. ¡Dáselo!.

Imagino las facciones de sus caras cuando me vieron desaparecer por arte de magia. La poderosa magia en la que ahora creo más que nunca.

Resurgí nuevamente en el bosque y derramé en el suelo el polvo azulado pensando que no surtiría efecto.

Dicen que la oscuridad, se alejó un buen día en forma de nubes oscuras. Debió regresar como el diamante Hope a las entrañas del mundo subterráneo. Tal vez, en estos momentos en que te cuento esto, la oscuridad ya forma parte de Valpoli. Y eso me hace sonreír pensando en los Doiras.



EPÍLOGO.



Mis ojos miran al cielo. Hoy he recibido noticias de Argolibio. Me cuenta que anda atareado con la educación de sus hijos y que por eso ya no escribe tan a menudo.

Sé por lo que me cuentan que Truébano se volvió loco, que el poder le cegó y que incapaz de vivir sin el poder que Negueira le había concedido huyó a las Tierras Altas donde le perdí el rastro.

Ujo, el cíclope, se quedó a mi lado. Es el único que me queda de toda esta aventura. Es él quien en mi soledad sonríe y me mira con su único ojo para decirme una y otra vez que no debo rendirme.

Es primavera y el campo está lleno de flores. ¡Quien diría que un día pasó por aquí un fantasma llamado GUERRA.

.

Hoy froté el oro de las hadas esperando que la vida entrase también en mi parcela. Recordé las palabras de Endriga y las de todos los amigos me habían acompañado.

Entonces, cerré los ojos y dije el nombre de Navelgas como una plegaria y mi sorpresa fue grande al verle aparecer a lo lejos silbando con un vendaje en la cabeza.

Y allí a mi lado, estaba Ujo con esa mirada triste que tienen todos los niños que han sobrevivido al horror sin perder la sonrisa.

¿Sabes?. Hoy he comprendido que incluso en la paz, nuestro corazón es un país en guerra donde personajes internos libran feroces batallas ya que todos, al fin y al cabo, somos la cara y la cruz de una misma moneda.

Pero si hay algo que debas salvar, es tu corazón, porque sin enarbolar tu corazón guerrero no podrás enterrar las verdaderas armas del mundo, serás inmune a las desgracias ajenas, tu corazón, órgano inútil, bombeará sangre sin participar de la vida que le rodea.

Todo el mundo tiene una historia y yo, te he contado la mía. Pero mira y dime: ¿Qué ves ahí adentro?. ¿Rabia?. ¿Amor?. ¿Alegría?. ¿Tristeza?. ¿Por qué no recuperar la inocencia?. ¿Por qué no creer en los sueños?

Tal vez si nos vemos algún día quieras contármelo.

Yo, entre tanto, te seguiré esperando con ternura.

Aquí, en la TIERRA INTERIOR.

Donde todo está escrito.



(c) 2001 Rosa Estrada Díaz

lunes, 11 de octubre de 2010

Alcione




-¡Novorisik arde¡ ¡Mi familia me necesita!. ¡No me quedaré ni un solo segundo en esta nave!. ¡No lo haré ni por la Confederación Mundial!. ¡Ni por la Madre Rusia!. ¡Ni por nada!.
Así gritaba Aleksei Tsignok, nuestro capitan, casi, como un energúmeno.
Disculpen si aún no me he presentado: Mi nombre es ALCIONE y como pueden observar soy un prototipo de guerra.
Perdonen si me emociono al revivir la escena. Ya sé que soy Medio Humana y que en mi fabricación eludieron todo tipo de sentimientos. Así que emoción es la palabra más exacta que he encontrado para definir lo que yo vi y la respuesta que en mi se produjo. Creo que en ese momento, actúe según las normas, me interpuse en su camino y fría e insensible como solo puede ser una máquina le dije:
-¡No le dejaré acceder a la lanzadera!. Un capitán no abandona su nave. ¡Si lo hace morirá con el resto!. Ya conoce las normas:
-La lanzadera sólo puede utilizarse en caso de emergencia y situación de riesgo.
En caso de amotinamiento, se procederá a la eliminación de todos los tripulantes y la nave se autodestruirá. Por mi parte, sólo me queda decirle que dispone de ocho minutos para alcanzar el puesto de control, si quiere seguir con vida.
-¡A la mierda las órdenes!.- Escupió el valeroso capitán con los ojos encendidos de llanto.
No era la primera vez que veía llorar a un ser humano, de hecho, había participado en cientos de guerras y no había sentido nada, excepto el vacío que se siente al apretar el gatillo. Rostros de gentes a las que nunca conocí y que para mí sólo eran nombres en una lista. Aveces, ni tan siquiera eso. Pero esta vez, al ver las lágrimas del capitán, sentí curiosidad, y me arrodillé a su lado para contemplarlas maravillada.
-¡No vas a dejarme salir!.- Me empujó como un animal acorralado.-¡Sólo eres una maldita máquina asesina exclava de las normas!. Pero olvidas que yo soy un ser humano. ¡No te lo pondré fácil Alcione!. ¡No te daré el gusto!.
-¡Afirmativo!.- Respondí muy segura de las instrucciones que debía dar.- Tengo que rescindir su contrato con la Confederación así como el de todos sus compañeros. Y a propósito: ¿Qué puede ser gusto?. Mi memoria me indica que se trata de placer, sentidos con los que se percibe y distingue el sabor de las cosas. Conozco el significado de la palabra pero, no puedo asociarlo a una imagen concreta. Si soy una máquina: ¿Cómo puedo saber qué es eso de gusto?.
-Eres el prototipo perfecto.- Me miró con lástima.- Jamás podrás experimentar el amor, ni los sentimientos. ¿Es que no te lo han dicho?. Fuiste diseñada para otro tipo de cosas. Los sentimientos no figuraban en los cálculos de quienes te crearon.
Esbozó una sonrisa y me dirigió un guiño malicioso. Entonces, hizo algo que yo no pude prever. Accionó la puerta y ejecutó un salto de ángel en el vacío.
Creo, que Aleksei Tsiganok no tenía el mismo rango de prioridad que su Confederación y que prefería morir antes que abandonar a su familia. Así, que me dispuse a ejecutar las órdenes. Y ahora, Señor Magistrado- crucé los brazos- apelo a su clemencia.

El Magistrado carraspeó. Levantó la vista del libro que estaba ojeando y adoptó una expresión adusta y severa:
-Alcione.- Dijo.- Un nombre que corresponde a una estrella. ¡Pero evitemos dispersarnos!. ¡Sí!. En realidad tengo muchas preguntas: ¿No es cierto que usted es un prototipo diseñado para cumplir estrictamente las normas de la Confederación?.
-Sí, es cierto.- Admití.- Mi creador: Moses Levi, jefe del departamento de Bio Ingeniería me diseñó para ello. Participé activamente en el Conflicto del Índico, el Golpe de estado en Mombasa y la Guerra de los Quasar.
-¡Bien, Alcione!.- Aplaudió como una morsa.- Pero no se debaten ahora sus excelentes informes. Lo único que de veras importa es que usted, tenía la misión de cumplir todas las normas de la Confederación y, las incumplió todas: Aniquilamiento de los herejes, destrucción de la nave estanco y un largo etcétera.....¿Quiere que siga?.
-Se equivoca, señor Magistrado.- Le corregí.- No es cierto que incumpliese todas las normas. Maté a toda la tripulación, es cierto. Bueno, a casi toda. Es cierto que soy un prototipo bélico pero en mi sistema se han producido modificaciones. Traigo las coordenadas del Nuevo Paraiso. Hace tiempo que pretendo expresarme sobre este detalle.
-¡Pero usted no cumplió las normas!.- Volvió a la carga.- Es una máquina programada para la guerra no, para salvar a los civiles.
-¡Malditos sean!.- Grité.-¿Cómo pueden quedarse ahí debatiendo el incumplimiento de una norma?. ¡Ah, normas y más normas!.¡Todas sus vidas están regidas por las estúpidas normas!. ¡Me gustaría hacer una inmensa pira con ellas!.
El juez, se colocó las gafas que pendían de su nariz, golpeó la mesa con su mazo e interrumpió la conversación muy encolerizado.
-Prototipo Alcione. Si no guarda la debida compostura ante este tribunal, me obligará a condenarle por desacato y determinaré su envío sin escuchar su alegato a la Prisión Estatal de Néxpera. ¡Y ahora, continue, Señor Magistrado!.
-¡Bien!.- Exclamó pletórico.- Voy a pedirle una prueba determinante, Alcione. Quiero que se dirija a este Jurado y explique con detalle en que consistía el Proyecto Omega.
Volví la vista al palco. El jurado, se componía de ciudadanos, todos ellos enfermos de cancer de piel como la gran mayoría de la población mundial a aquellas alturas. Pensé con terror que si no lograba convencerles, el juez me enviaría a Néxpera, “el Infierno de los Robots”. Así solían llamar a un lugar donde se reciclaba todo. Al cabo de unos años, mis carceleros desconectarían todos los terminales que me unían al mundo. Eso, significaba la muerte, aunque para mí no tuviese un significado específico.
Escuché mi voz ajena a través del modulador.
-¡Señores del Jurado!. No sé si lo saben pero nuestro Sol se muere. Ha llegado a su recta final y es necesario evacuar a la población. El Sol es el causante de los desastres climáticos que nos afectan y de los cánceres de piel que imperan entre la población. Hoy toda la Tierra sufre los efectos de la invernada. ¿Qué queda del Sol de los Antiguos?. Yo se lo diré: ¡Nada!. Estallará en mil pedazos y dispersará su tremenda energía desintegrando en pedazos su precioso planeta y su lugar quedará ocupado por un inmenso agujero negro.
El Proyecto Omega, empezó como una búsqueda de agua en otros lugares del universo. Pero encontramos algo más...
-¡Especulaciones!.- Esgrimió agitando ante mi cara unos papeles que parecían decir lo contrario.
Trate de matener la calma y volví a dirigirme al jurado:
-Mi misión, consistía en tripular la nave cuando ellos estaban en las capsulas de sueño. Todo hubiese seguido el trazado previsto, pero el capitán....
El Letrado puso cara de incredulidad y hastio mientras pasaba las hojas de un libro con la yema gastada y deforme de su dedo índice. Pareció despertar al percibir que todos estaban pendientes del chasquido de las hojas. Otra vez se arrellanó en su silla y adoptó una postura inquisidora.
-¡Pero, por favor, Alcione!.- Sonrió con cinismo.-¡No se entretenga!. ¡Continúe con su prolífico discurso!.
Le ignoré o trate de hacerlo y mis párpados de metal se cerraron para visualizar la masacre:
-Cambiaría todo si pudiera.- Aludí con voz fatigada.- Ahora que conozco la fragilidad de la vida. Pero en aquel momento, cumplía ordenes. Caminé laser en mano al puesto de control, desactivé las luces y puse mis infrarrojos a funcionar. Hugo de Guzmán, “el español” fue el primero que cayó fulminado, introducía datos en un terminal y me miró sorprendido. Luego vino Pierre Tremant, mucho más inteligente que los otros. Pierre buscó refugio en las cápsulas de sueño pero de nada le sirvió. ¡Todos murieron! .¡Todos excepto Moses y Ronda!.
-¿Y como pudieron?- Preguntó el magistrado.
-Ellos pudieron salvarse ocultos en las cámaras frigoríficas.- Continué- Al abrir la puerta, lanzaron un puñado de hielo en mis ojos y al despertar podía tomar decisiones independientes del Gran Ordenador gracias a la Nano Tecnología que se me había implantado.
Si me permiten.- Mostré una Holografía.- El planeta que hallamos se encuentra en la Galaxia NI098. Lo llamamos Yesterday en honor a una canción de los Beatles. No podrán localizar sus coordenadas en el Mapa Estelar pues está oculto por una nube de polvo. Sólo yo conozco su verdadera ubilicación. ¡Fijense en su orografía y en sus oceanos!. No existe en él ninguna especie capaz de evolucionar hasta crear una civilización pues, es sabido que la mano hace la evolución y que en Yesterday sólo hay peces y pájaros.
Apagué la imagen con el dedil y sostuve la mirada del Juez y el magistrado:
-Estoy dispuesta a escuchar el veredicto.- Terminé tajante.- Sea el que sea.
Un ser deforme, calvo y arrugado, surcado el rostro por horrendas quemaduras, se aproximó al estrado y depositó sobre él un papel en blanco.
El Juez, se colocó su irrisoria peluca empolvada y fingió leer lo que no había escrito en aquel papel.
-Con referencia al primer cargo que se le imputa: Desacato a la Confederación el Veredicto es Inocente pues no es responsable de sus actos. Siguiendo con el segundo, transgresión de las normas de fabricación el veredicto es...
Y aquí se produjo el silencio. Luego, las palabras cayeron como losas:
-¡Culpable!. ¡Culpable de verter sucia información sobre un planeta que no existe!. ¡Culpable de emular a la raza humana e intervenir en un proyecto que jamás fue autorizado. Aunque....Este tribunal pretende ser clemente y por eso, será conducida a la Prisión Estatal de Néxpera donde le será extirpada la Tecnología causante de sus acciones.
La voz del juez pretendía ser suave ahora cuando dijo:
-¡No se preocupe, Alcione!..- Volveremos a reconstruirla de un modo que nos resulte más provechoso e intentaremos darle una apariencia muy similar a la que tiene ahora.
Yo sabía que el Juez mentía. Había oído hablar de lo que ocurría en Nexpera y tenía la convición de que allí todos los robots acabábamos en un cuarto oscuro, dispuestos a ser utilizados como piezas de repuesto con las que fabricar automóviles o placas base de ordenadores.
El Juez dio un golpe de martillo, dio el caso por cerrado y ordenó su archivo de inmediato.
Me dejé conducir esposada hacia el furgón por dos guardias y tres autómatas Serie B, perdida mi esperanza, pensando que en cualquier momento, el sol estallaría en sus propias narices.
Siempre había admirado a los humanos porque a diferencia de nosotros, las máquinas podían tener sentimientos. Lo había visto en los ojos de Moses, en los de Ronda y también en la triste mirada de nuestro amado capitán Tsiganok. Lo había visto en los millones de ojos de mis víctimas durante todas las guerras y ya no quería continuar viendo nada más.
¡Que ingenua había sido al creer que podía participar un poco de su gloria!. ¡Y cuan inutil había sido el proceso de humanizarme!.
Me deshice de los grilletes y acabé con ellos. ¡Sí, lo hice!. ¿Qué otra cosa puede hacer quien ha perdido su última esperanza?
Sé que soy una máquina y que nunca podré tener lágrimas. ¡Me hubiera gustado tanto!.
Pero por mucho que lo intente mis ojos son secos y acerados.
La Tierra es un desierto helado y yo estoy cegada por la blancura de la nieve.
Estaré esperando a que regresen para matarme y contemplaré el estallido del Sol.
Y no podré hacer nada si no llorar por la humanidad perdida

© 2001 Rosa Estrada Díaz

viernes, 8 de octubre de 2010

"Con decrépito sol y luna vieja"

Que no se acabe nunca la madeja
del te quiero me quieres, siempre ardida
con decrépito sol y luna vieja.
Que lo que no me des y no te pida
será para la muerte, que no deja
ni sombra por la carne estremecida.
Federico García Lorca

Dobló la esquina de su calle y desde lejos vio al perro sentado ante las escaleras del portal. Entonces lo traspasó el aguijonazo brutal del pánico puro. Echó a correr con la insoportable presión de la culpa robándole el aire y cuando por fin llegó a la puerta , ella estaba sentada en el primer peldaño, las rodillas moradas de frío, la cara escondida entre las manos, llorando sin ruido ni consuelo un llanto suave de lágrimas torpes. Miró agradecido al cachorro, y creyó leer un reproche en los ojos terriblemente humanos del animal: la-dejaste-sola-la-dejaste-sola-la-dejaste-sola. Se sentó a su lado muy despacio, la abrazó, le estiró la falda sobre las rodillas, le separó las manos de la cara, le limpió las lágrimas con los dedos, le pidió perdón con cada gesto.

_Era una tarta tan fácil…consiguió decir ella al fin.


Treintaycinco años antes, apenas estrenados los diecinueve, ella lo había esperado en otro portal no muy distinto de este. Entonces no lloraba pero se retorcía con saña las manos y al final consiguió mirarle directamente a los ojos para anunciarle que estaba embarazada. Empezó a llorar después, muy bajito. Llevaba un vestido rojo con mucho vuelo en la falda, cinturón, bolso y zapatos blancos, la larga melena oscura, suelta y brillante, cayendo con gracia a ambos lados de una cara preciosa de virgen macarena con los labios cuajados de cerezas maduras. Algunas veces, cuando baila con ella, cuando ella se desliza con su perfecta gracia ingrávida entre las otras parejas que se apartan y se paran a mirarlos, el cierra los ojos y consigue ver aquella tarde en blanco y negro, una rapidísima sucesión de fotos fijas, un sueño del que no quisiera despertarse y en el que la única nota de color, es el rojo furioso de la falda de aquel vestido que se le enrollaba una y otra vez sobre esas mismas rodillas que ahora están moradas de frío.


Se acostumbró a la felicidad, a que la vida fuera mucho mejor que los sueños, a pasear llevando del brazo una mujer tan hermosa que todavía hoy hace volver la vista algunas veces, a encontrarse cada noche su cuerpo glorioso entre las sábanas siempre suaves y frescas como recién planchadas, a que ella lo esperase con la mesa puesta, a la luminosa pulcritud de su casa, a la amable tutela que vigilaba la frecuencia y el orden de sus pastillas, que ordenaba sus papeles, que compraba los regalos de cumpleaños de sus sobrinos, que no olvidaba nunca nada. Se acostumbró a la paz, a leer y celebrar con un punto de orgullo algo ausente, las excelentes calificaciones de esos tres niños morenos y guapos como su madre, los tres niños con los que ella se sentaba cada tarde a hacer los deberes y charlar en francés. Se acostumbró a la lista interminable de pequeños milagros que lo esperaban a diario en su casa. Se acostumbró tanto a la dicha que no quiso atender a los primeros indicios del desastre. No sabría decir cuando le empezó a costar sostener su  mirada, ni cuando ella empezó a contarle dos y tres veces la misma historia y a olvidarse las llaves y a mancharse los dientes al pintarse los labios y a dejarse encendido el fuego de la cocina y a perder el teléfono…

_Te estás poniendo vieja, eh?, se te va la cabeza, le decía en broma y ella no le  contestaba y se metía en el baño a llorar a escondidas, porque sabía que sí, que se le iba. Entonces él la oía llorar al otro lado de la puerta y quería gritarle que abriese y le dejase entrar, pero nunca conseguía terminar de sacar la voz definitivamente bien adherida a las cada vez más  angostas paredes de su garganta y enterraba un poco más la cabeza en la arena y le suplicaba a cualquier Dios que no pasara nada, que siguiera no pasando nada. Nada. Nunca.

 Una noche se quedó dormido viendo la tele y cuando por fin se fue a la cama la encontró despierta, etiquetando meticulosamente  el impresionante montón de álbumes de fotos que había ido acumulando en casi cuarenta años felices con su elegante bastardilla inglesa.

_ ¿Qué haces? , le preguntó, y se lo preguntó sabiendo que lo único que de verdad quería era seguir sin saber.

_Apuntalar los recuerdos, murmuró ella, y se echó a llorar. Esta mañana he ido al médico, continuó. Fui a buscar  los resultados de unas pruebas que me hice. No le dije nada a nadie porque no me atreví y no te dije nada a ti tampoco porque tú tampoco te atrevías.

El tragó saliva y luego volvió a tragar, intentando desesperadamente tener algo que decir, pero no lo tuvo.
_Tengo alzhéimer, Alberto, dijo  ella  algo más tranquila, y  también tengo miedo, tengo mucho  miedo  porque esto es mucho peor que morirse, esto es  como enterrarse en vida. Un día no sabré volver sola a casa, ni llamar por teléfono a mis hijos, otro no te conoceré. Nunca más voy a poder fiarme de mi misma o decirle a Marta que nos deje a los niños el fin de semana. Dejaré de ser la abuela que me enseña francés para ser esa vieja loca que me da miedo y babea o se mea encima y…

 No la dejó seguir, la abrazó tan fuerte como había abrazado a la muchacha del vestido rojo   y le repitió una y otra vez  que no pasaba nada, que allí estaba él, que la quería, que la iba a querer todavía más, mucho más  y  muchísimo mejor, que la cuidaría tanto y tan bien que jamás llegaría a echar en falta nada y  que por Dios dejara de llorar, que no llorase,  porque llorando se ponía todavía más guapa. Las palabras eran casi las mismas y todavía las recordaban los dos. Las palabras eran casi las mismas pero ellos no, por eso, esta vez, a ninguno le sirvieron de mucho.

Lo primero que hizo fue comprarle el perro, el precioso pastor alemán de ojos cálidos que jamás se separa de ella, el mismo cachorro que ahora lo mira y lo acusa. Ella estaba tan contenta esta mañana que se animó a preparar un pastel para invitar a merendar a los nietos, pero cuando ya había batido los huevos se dio cuenta de que no podía seguir, porque no se acordaba de nada, de si tenía que ponerle levadura, de si se la había puesto ya, de si los huevos eran dos o tres, de donde estaba el cuaderno de recetas. Se puso muy nerviosa y deseó arrojar todo aquello a la basura, quitarlo de su vista, borrarlo de esa mente cruel que borraba diaria e implacablemente tantas otras cosas por su cuenta. Empezó a llorar mientras lo recogía todo de cualquier manera y lo metía en una bolsa de plástico y hasta que no estuvo en la calle no se acordó de que de que era mejor que no saliera sola. Cuando quiso volver a entrar, tampoco tenía llaves de casa.

_Era una tarta tan fácil, ha vuelto a decir ella mirándose fijamente las manos.
  
El se ha reído, le ha revuelto el pelo como hace con los nietos, le ha quitado importancia, le ha dicho que mejor así, si ya sabes tú que a mi no me gusta el bizcocho de piña. Se ha aguantado las ganas de echarse a llorar él también, de llorar de una vez ese bloque compacto de lágrimas fermentadas que le oprime el pecho desde hace meses, que le estrecha todavía más  esas cada vez más  angostas paredes de la garganta. Luego  ha buscado un pretexto para convencerla de que entren en casa de una vez. Lo último que quiere es que ella se de cuenta de que también se olvidó de ponerse las medias.

En el balcon





-¡Que hermoso día!. Se nota que hemos entrado de lleno en la primavera. Pero:¿Qué le ocurre, mujer? Consideraría atrevido que le invitase a una taza de café?. Sé que le gusta estar sola, a mí...- Ahora Manuel tartamudeó un poco y superada la vergüenza inicial acabó la frase.- A mí me pasa lo mismo aunque de cuando en cuando me gusta hablar con alguien.

Ella miró al hombre que le hablaba desde el otro lado del balcón y casi estuvo a punto de decirle una sandez de las suyas, pero enseguida se detuvo. Hacía años que le conocía, de un modo superficial. Sus encuentros con él eran breves, muy breves, tan solo tenían lugar cuando ella salía a tender ropa o contemplar el panorama de la calle. Al parecer, su vecino era uno de esos seres solitarios que apenas recibían visitas exceptuando, la muchacha de la limpieza que llegaba cada mañana y se iba al medio día dejándole afeitado y bien arropadito. Nunca se había quedado el suficiente tiempo para verle desaparecer tras la puerta ya que ella quien entraba antes dejándole siempre con la frase en la boca.

Ël la observó durante un breve instante y sonrió porque aquella maana ella estaba preciosa. Continuó sonriendo y su sonrisa era insultante y la ponía excesivamente nerviosa.

Se fijo que leía. ¿Qué clase de libro sería?. ¿Y porque tanto empeño en entablar conversación?. ¿Por qué tenía que encontrárselo siempre ahí afuera?

Pero el hombre no se daba por vencido y a pesar de la indiferencia que a ella parecía suscitarle continuó con su verborrea futil.

Ella, despectiva, dirigió una mirada vacua hacia abajo, hacia el parque de la esquina. Hacía un día primaveral, en efecto, aunque corría una ligera brisa que le hizo estremecerse bajo su chal de lana. Las parejas pasaban la alameda cogidos de la mano y se acariciaban de un modo indecoroso. Los jóvenes, meditó, ya no eran como antaño, cuando los besos se daban a escondidas y siempre con temor.

Cuando levantó la cabeza se enfrentó por vez primera a sus ojos. Nunca se había fijado en los ojos de su vecino pero ahora que lo hacía veía ante sí que eran amables. Ahora era él quien bajaba la mirada.

-Usted ve la vida a través de un balcón.- dijo sin alzar los ojos y añadió.- A mí también me sucede y con bastante frecuencia. ¡Pero es primavera por amor de dios!. ¡El amor es hermoso aunque uno ya no esté para ello!:

Aquellas palabras de él horadaron la herida. Fue como el fogonazo de un flash, una luz dolorosa y tras él apareció de nuevo esa quemazón de ver la vida en fuga a la velocidad del trueno y no sentir nada, salvo impotencia. Aquello era algo que resultaba amargo, doloroso, imperdonable..

Abajo en el parque, una niña con alergia, una anciana feliz con sus nietos, una pareja de novios, dos monjas con su ganchillo, tres muchachos con aspecto hippie, cuatro niños en columpio, cinco niños alocados, seis lectores embebidos, siete poetas estúidos de esos que buscan inspiración en la naturaleza y también, ocho yuppies camino a la oficina.

Eso era al fin y al cabo la maldita primavera. Y también, una soledad, la suya.

Aunque aquella mañana lucían en su jarrón nueve rosas rojas con una tarjeta sin firmar, traidas por un mensajero. Alguien había dejado en su correo, diez versos de amor y una canción exasperante escritos con el endeble pulso de un idiota y la tinta emborronada ¿Por las lágrimas?

Hacía tiempo que sabía que la vida era un tren de paso. Sabía también que su imajen ajada y ya entrada en la menopausia no se reconocía en el espejo y que su corazón estaba igual de áspero que la piedra pomez que utilizaba cada mañana para limar sus cancaneos. Sus labios nunca habían sentido la ternura de un beso. ¿Cómo sería?

Los días y las noches eran iguales como una rueda de movimiento infinito y así un día, y otro día y otro..

De izquierda a derecha la marea humana impregnada en primavera. Llegaría la tarde y traería el culebrón insulso de las ocho..

Isabel se enjuagaba las lábrimas, casi con rabia como si quisiese arrancárselas. Volvió de nuevo a la realidad para mirar las rosas y se preguntó quien sería su anónimo enamorado y el autor de aquellos poemas.

Ocupaba su tiempo en las labores de la casa hasta rayar casi la obsesión. Durante el día, todo iba bien, pero al llegar la noche, la cama se volvía fría y se acordaba de los poemas y las rosas.

El hombre en el otro balcón observaba en silencio y sonreía con dulzura.

-¿Qué está leyendo?.- Preguntó ella con voz agria.

-El cartero de Neruda.- Dijo él con suavidad.- Debería leerlo. A mí me gusta...

-¿Y porque se supone que debo hacerlo?.-Replicó.- ¡Valiente tontería!.

-No me refiero al libro.- Titubeó él.- Usted me gusta. Nunca se lo he dicho pero ya está. Pensará que soy un pobre loco pero detesto la primavera tanto como usted. Aveces... Aveces mi ánimo está por los suelos. Y entonces veo que usted sale a regar sus plantas y me digo a mi mismo: ¿Pero eres idiota Manuel?. ¿A quien se le ocurre elegir para morir un día como este?

-¡Es lo último que me quedaba por oir!.- Replicó Isabel ruborizada.

Entró nuevamente en su casa y cerró las puertas a su espalda. ¡Valiente patán!.- Pensó enfurecida.- Y aún así, odio reonocer que si es él quien escribe los poemas me gustan mucho. Y hasta mirándome al espejo, casi me veo hermosa.

Por un momento, el hombre del balcón de enfrente, la había hecho sentirse una estrella en el firmamento de alguién. Y ¡Bueno!. Había algo celestial en su mirada.

Allá abajo en el parque pasaba la primavera. Detuvo su mirada en las rosas y los poemas, vaciló un instante y acabó abriendo finalmente las puertas de la sala.

El hombre no se había movido un ápice y coninuaba en su sitio, bastante avergonzado.

-¿Qué le pasa a sus piernas, caballero?.- señaló la manta raida.

-¡Ah!. ¡Eso!.- Suspirò él volviendo la vista - Fue una caida de un andamio. Supongo que quise volar como los pájaros. ¡Disculpe si puede a este viejo lisiado!.

Ella negó con la cabeza.

-Nada de lisiado y ni mucho menos viejo.- De pronto se llevó una mano a la cabeza como si hubiese olvidado algo importante.-¡Perdon!. ¡Que olvidadiza!. ¿Cómo dijo que se llamaba?

-¿El libro?.- Preguntó lleno de estupor.

-No.- Dijo Isabel.- No me refiero al libro, me refiero a usted.

-En realidad.- Respondió él.- es Manuel. Creo que nunca nos hemos presentado.

-Lo sé.- Admitió ella.- ¿Puede dejarme ese libro......?. ¿Cómo dijo que se llamaba?

-El cartero de neruda.-dijo.- Se lo enviaré mañana con las rosas y los poemas.

Ella sonrió. Era la primera vez que alguien le devolvía la sonrisa desde el otro lado de un balcón



ROSA.

La casa de Elisa Muldor.

Hacía muchos años que no tenía noticias de mi amiga Elisa, todo lo que sabía de ella, es que se había retirado a vivir en el campo y que vivía una vida austera, alejada del ruido mundano en compañía de Poe, su gato.

Elisa Muldor era una actriz brillante. Cuando yo la conocí contaba con un largo elenco de películas al lado de los actores más afamados de la escena.

Al contrario de otras actrices que abandonan su trabajo cuando su brillo se extingue, ella se había retirado en el punto más álgido de su carrera, cuando aún llenaba las salas y los directores continuaban tentándola con sus guiones.

Por eso me inquietó la carta que ahora tenía entre mis manos porque Elisa era mi mejor amiga y si ésta llegaba a mí, cuando incluso a mi me había negado conocer el lugar donde se hallaba, significaba que algo debía andar mal, muy mal en su vida.Rasgué el sobre con nerviosismo.

Dentro de él, había un croquis del lugar donde residía junto a un papel que decía:-"Ayúdame. Viene a por mi"Inmediatamente cogí mi coche y me dirigí hacia el norte en busca del lugar que marcaba la reseña de la carta.

Después de circular en la noche a través de largas autopistas, y oscuras carreteras comarcales, se hizo el día, y con él me encontré en una carretera sin asfaltar en medio de un bosque sin ningún letrero indicador.No obstante, según el dibujo que ella me había hecho, estaba en el camino correcto así que me esforcé en abrir mucho los ojos para visualizar los peligros que podían acecharme porque efectivamente, había mucha niebla y era más que probable que algún animal salvaje pudiera atravesarse en mi camino.

Finalmente, vi la casa. Me costó encontrarla pues la carretera llegaba a un punto muerto y la casa estaba casi oculta por los árboles y la maleza. Dejé mi coche allí aparcado con la seguridad de que nadie iba a llegar a un lugar como aquel para robármelo y me introduje en aquella maraña.

Ella, me refiero a la casa se alzó ante mi, majestuosamente como si quisiese asustarme con su imponente altura. Lejos de mi, en el coche, mi radícasete se había puesto a funcionar solo y la música de una canción de Bob Marley ponía la alegre banda sonora a aquel tétrico ambiente.En los alrededores del edificio, salvo la música que surgía de mi lejano coche, no se oía nada: ni pájaros, ni grillos, nada, ni siquiera el viento.

Era un silencio sepulcral, incómodo.Atravesé corriendo un descuidado jardín lleno de rosas y me dirigí a la entrada de la casa, preguntándome porque Elisa había escogido aquel caserón tan grande para vivir ella sola.

Más que caserón parecía toda una mansión, llena de habitaciones y ácaros. A Elisa no le gustaban los ácaros, eso lo recordaba bien.Extrañamente, no hizo falta que golpease la puerta. Sonó con un ruido quejumbroso dejando paso a una amplia sala de de madera encerada y en el centro de ella, un bonito piano de cola.

-¡ Elisa! ¡Elisa!- Llamé- ¿Estás ahí?- Pero nadie me contestó.

Recorrí uno a uno cada lugar de aquel palacio y nadie, absolutamente nadie persona ni animal, salió a mi encuentro. Todas las habitaciones estaban limpias como la patena, sin una mota de polvo y en el aire parecía oler a una fragancia de rosas muy sutil, el perfume que ella solía echarse.

Pero no había nadie. Debió ser mi imaginación. Lo comprobé según pasaban los días y las semanas. La nevera y las grandes despensas de Elisa estaban llenas de víveres así que no tuve problema por la comida.Mi larga estancia en aquel lugar no se debió solamente a mi preocupación por Elisa.

Me hubiese marchado de aquel lugar mucho antes y hubiese dado cuenta a la policía de su desaparición sino fuese porque se produjo una enorme tormenta que me hizo desistir de inmediato.Para colmo de mis males, el temporal no amainaba y me encontraba en una casa extremadamente limpia y con todas las comodidades pero sin teléfono y sin luz.

En la casa no había ni una sola vela así que podéis imaginaros mi terror cuando llegaba la noche y el viento furioso abría la ventana de mi dormitorio dejando entrar el gélido aire del invierno.Una de esas noches, algo me sorprendió.

Sentí un golpe fuerte, abrí los ojos y vi que era nuevamente la ventana. La cerré con cuidado y volví a tumbarme escuchando el ruido que hacía la lluvia en los cristales. De repente, mire la mesita. No sé porqué, era algo extraño, pero había revisado en todos los lugares de la casa menos en este.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando al abrir el cajón descubrí una linterna y varios recortes de periódico.La linterna no era demasiado grande y no iluminaba mucho, pero menos valía una piedra.Leí con atención los recortes de periódico.

Eran noticias relacionadas con la última película en la que Elisa había intervenido. Aquella que le había cambiado tanto como para abandonar su vida y retirarse a una casa como aquella. Los recortes decían:- Especialista muere degollado durante el rodaje de la película: "La Bruja".- La actriz secundaria Amalia Rey se ahorca durante el rodaje de la película "La Bruja"- Los actores aseguran haber presenciado varios fenómenos paranormales durante el rodaje de esta película.- El director no teme al lleno de las salas. Asegura que todos estos incidentes no harán sino incentivar al público a acudir a verla.

Así que aquello era lo que había llevado a Elisa Muldor a huir del mundo.Recordaba la película porque la había visto en el cine. Trataba de un grupo de adolescentes que se acercaban a una bruja sentada de espaldas. Querían verle la cara. La visión de esta era tan horrorosa que todos morían.De pronto, sonó un ruido de cristales y unos aullidos de gato que causaron en mí un temblor involuntario.¡Poe! Pensé El gato de Elisa. Era extraño. No le había echado de menos durante aquel tiempo. ¿Dónde diablos se había metido?Cogí la linterna y descendí lentamente por las escaleras hasta llegar a la sala del piano.El sonido partía exactamente de allí bajo el piano.

Los aullidos iban in crescendo.Empleé todas mis fuerzas para arrastrar el piano de cola y me tumbé pegando mi oído al suelo para ver de donde partía el sonido.De pronto, mis manos palparon algo. No tardé en darme cuenta que aquello era una trampilla y me dispuse a abrirla.Ante mi se mostraban unos escalones de piedra resbaladiza y una estancia fría y oscura. Los maullidos habían cesado.

Iluminé los escalones con mi pequeña linterna y bajé lentamente. Una vez allí vi que había un pequeño interruptor y lo accioné e inmediatamente la pequeña estancia se llenó de luz.Lo que vi allí. Debo deciros que me dejó de piedra. Parecía todo un museo dedicado a la brujería. Por doquier hallaba urnas de cristal llenas de ungüentos, libros de magia y seres extraños con la cabeza de roedor y el cuerpo de dios sabe que otras alimañas.

A ambos lados de la sala, había aparatos de tortura como aquellos que en su día empleó la santa inquisición para aplicarlos con las brujas pero lo que más me sorprendió fue…El gato de Elisa, Poe, estaba sentado sobre la cabeza de una extraña figura de cara a la pared como si fuese víctima de algún terrible castigo. El cabello le caía desordenado y sucio sobre los hombros. Vestía un hábito andrajoso color musgo y sus piernas estaban atenazadas por los grilletes.Mis pasos vacilaron pero continuaron su avance. No me importó el hálito frío y el estertor que sentí ni el maullido salvaje de Poe ni su zarpazo en la cara.

Había algo que me atraía como un imán, yo era una persona miedosa y sin embargo tenía una necesidad imperiosa de saber quien era la mujer que estaba sentada de espaldas cara a la pared en aquella lóbrega mazmorra.No os diré lo que vi. Es demasiado terrible. Sólo que Elisa Muldor ponía en su carta que: alguien o algo venía a por ella y efectivamente la encontró.Y también a mí.

Porque la tétrica imagen sentada en la silla era yo.

miércoles, 6 de octubre de 2010

La zorra y las cerezas.

 
Basado en un cuento tradicional leonés, (Caboalles de Arriba y Villalibre de Somoza) Julio Camarena.

Oscurecía. Húmeda y ardiente la tormenta. La montaña se encendía a golpes de rayo. La raposa andaba robando cerezas en la huerta del cura. Saltín por aquí... agacharse por allá y a cada flash, una cereza para la bocona. Las centellas iluminaban el árbol y dejaban al descubierto los tesoros amarillos. Brincaba, echaba los dientes y las cogía:
- Fai a ve éta, fai. ¡Qué ciruelón!
La raposina no hacía caso de los truenos hasta que un relámpago cayó justo detrás de su cola. Dio un salto asustada y recriminó a los cielos:
- ¡Alumbra! ¡Alumbra! Pero no te arrimes tanto. 

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 Por si a alguien le interesa. Curso de cuentacuentos en Santa María del Páramos el 23 y 24 de octubre 2010. Agradezco lo difundáis.

sábado, 2 de octubre de 2010

Kika





"UN PAÍS, UNA CIVILIZACIÓN SE PUEDE JUZGAR POR LA FORMA EN QUE TRATA A LOS ANIMALES" GANDHI

"UN LADRIDO DE AMOR VALE MAS QUE MIL PALABRAS HIPÓCRITAS"


"NO ME IMPORTA SI UN ANIMAL ES CAPAZ DE RAZONAR. SOLO SE QUE ES CAPAZ DE SENTIR Y POR ESO LO CONSIDERO MI PROJIMO"

"HASTA QUE NO DEJEMOS DE DAÑAR A OTROS SERES VIVIENTES, AÚN SOMOS SALVAJES" Thomas A. Edison



Tengo fobia a los perros y nunca me han gustado pero ella me está ayudando.
El otro día ibamos en coche con Viti y Ana, yo no tenia mucha gana de ir a ese lugar pero Ana estaba allí asi que fuimos a recogerla. Era de noche cuando los focos del coche iluminaron algo. Era una perrita con las orejas largas aleteando al viento y la cara asustadina.
Yo dije que perro más bonito. ¿Estará abandonado? Paramos y nos encontramos con unos chicos que le estaban dando pienso y nos dijeron que ya habían visto a la perrita varios días por allí y que les dio pena pero que ellos ya tenían dos perros más cada uno y NO podían quedársela. El destino es incierto, o cierto, no lo sé.
Tenía programado que nosotros pasásemos por allí en aquella hora concreta para encontrarnos con ella y ahora no sé si nosotros la salvamos a ella o es ella la que vino para salvarnos a nosotros. La cogimos en cuello como un bebe y la subimos al coche porque su destino era morir atropellada en la autopista.
Estaba llena de pulgas y garrapatas, tenía una pierna herida y se ha llevado un golpe en un diente y a consecuencia de esto, va a perderlo porque hay que extraérselo. Yo supongo que ha sido maltratada aunque no puedo saberlo con seguridad, lo que si sé es que cuando ve un coche se refugia entre mis piernas buscando protección, le tiene pavor a las fregonas y se tumba panza arriba para que la acaricies y cuando cenamos en el salón le hemos dicho que ahí no se puede entrar y ella obedece pacientemente sentada. No ladra apenas y sólo lloriquea un poco cuando alguno de nosotros se va. El otro dia la bañamos y la desparasitamos y parece otra. La sacamos todos los días y la llevamos de paseo para que ejercite su musculatura y mejore su patita.
El dia que la encontramos teníamos dos opciones pasar de largo o quedárnosla.
Pienso que que se puede esperar de una sociedad que abandona a las personas y que no tiene ningun reparo en abandonar a sus animales.
A ella le gusta escuchar la musica de Enya y que la cepillen.
Le gusta que la mimen y es tan fiel y cariñosa que es una bendición
Y a estas alturas, ya va sin correa, jamás se escapa de nuestro lado y juega feliz y libre en los parques junto a otros perros y aunque coja, con el femur roto de una fractura antigua, se la ve feliz.