jueves, 15 de diciembre de 2011

UN PLAN HALAGÜEÑO

Yo la abrazaré bien fuerte y me la llevaré conmigo al infierno. Llegaremos a la orilla de la laguna Estigia, donde Caronte espera con su barca. Avanzaremos entre almas miserables para pagarle el óbolo que nos permitirá llegar al otro lado. Allí engañaremos a Cerbero con la música de lira que llevaremos grabada en un cassette. Cuando el chucho se duerma, correremos hacia el palacio de Hades y burlaremos a la guardia. Lo demás será cosa de coser y cantar. Me plantaré ante Hades y no tendrá más remedio que ceder. ¿Cómo rechazar una Enciclopedia de Mitología, encuadernada en suave símil piel, donde vienen todos tus parientes?

sábado, 10 de diciembre de 2011

Barrio Chino

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Lo cierto es que Juan Antonio, natural de Zambroncinos y conductor de autobuses de "La Paramesa, SL", que hacía a diario la línea León-Valcabado, con domicilio en la calle Tres Mitras de la capital, casado con Celestina y padre feliz de tres hijos (dos niñas y un niño) y que los domingos y festivos, cuando libraba, solía completar sueldo y jornada con alguna excursión del Inserso a Portugal, El Escorial, Salamanca o Santiago, era, dicho sea con todo el respeto para él y sus deudos, un poco corto de luces y ligeramente gangoso, por añadidura.


Estas dos circunstancias, que tampoco es para tanto, le hacían el blanco de rechiflas y cuchufletas en los corrillos de conductores a la espera de la vuelta después de que la tropa de chavales hubiera ganado el jubileo y trotado por las rúas y los bares.


En una de éstas, contaba Juan Antonio su último viaje a Barcelona cuando, buscando un sitio para tomar un bocadillo, se encontró, de pronto, en pleno fragor del Barrio Chino


- Y ¿qué había, Juan Antonio?
- Putas, muchas putas.
- ¿Putas?, ¿Qué es eso, Juan Antonio. Pero, ¿qué es una puta?.
- Hombre, hombre, no me jodas ¿Qué va a ser? Pues una mujer como la tuya.


Y es que, como suele ocurrir, a veces, también él, soltaba verdades como puños.


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viernes, 9 de diciembre de 2011

PIES PARA QUÉ OS QUIERO

El pie izquierdo no me quiere hacer ni caso. Dice que le toca mandar a él, que ya está bien de la tiranía del cerebro. “Cabeza abajo”, ordena, y me veo haciendo la postura de la vela. “Tócate la oreja izquierda con la mano derecha”, me dice, y soy incapaz de negarme, por lo que mi pie izquierdo vibra con risa de cotorra loca. “Y ahora…”, comienza, y empiezo a notar que la cabeza me huele a queso. “Esto es demasiado”, pienso mientras me lanzo hacia él con las manos crispadas. Caigo sobre la alfombra con estrépito. Allí sigue la prótesis, con su zapato de mentira.

lunes, 5 de diciembre de 2011

DE ANGORA

Hay un felino que corretea por un prado y en sus pupilas reside una rosa de coral. Salta, hace cabriolas; sus movimientos van definiendo círculos y en ellos trazan senos, cosenos y tangentes. Hace ya siglos que no me cuentas tus sueños; milenios que no estudiamos juntos trigonometría; una eternidad desde que me llamaste "gatito de angorina".

martes, 29 de noviembre de 2011

CRUCES

Y rayas. Cruces y rayas. Cruz, raya, cruz, raya. Silbar. Voy con mi tío. Me pone a veces el brazo por los hombros, como para abrigarme. No hablamos casi. El tren pita tres veces. Me gusta mirar el atlas de la escuela. Vienen todos los países. Cada uno está pintado de un color. Entre medias hay una franja de cruces y de rayas. Una cruz y una raya y así. De más pequeño, creía que al pasar de un país a otro el suelo cambiaba de color. Ahora ya no. Pasa un poste, zaca, y otro, y otro. Los hilos se mueven arriba y abajo, chaca, chaca, chaca. De vez en cuando un tordo, un pardal, pum, como prendas menudas en un tendedero. Por el cable van signos. Tu padre nos espera, dice mi tío. Esos signos son puntos y rayas que dicen cosas, que avisan de llegadas. Ya hemos pasado la frontera, pero no he visto rayas... Cruces, sí, ya veo... muchas cruces, un campo entero. Se van haciendo más y más pequeñas a medida que se acercan al horizonte. Nos bajamos del tren y caminamos. Aquella es. Paramos.

viernes, 25 de noviembre de 2011

DE ENTRE LOS MUERTOS

Viví hace años en una casa antigua. Una de esas señoriales, con puertas de servicio y ascensores que crujen. Mi despacho daba al patio de vecinos. Un patio espeso, lleno de palabras fugitivas y de pensamientos impuros suspendidos como lábaros. La inspiración partía transparente del incierto cielo y se iba cargando de carnalidad en el camino. Era como el tiro de una chimenea que producía poemas tan incandescentes como brasas. Todo fue bien hasta que me topé con ella. En la ventana de enfrente, arriba, Kim Novak en persona limpiaba cristales peligrosamente subida en el alféizar. Vestía delantal y cofia - lo que la dotaba de un algo turbador - y la penumbra oculta bajo su falda amenazaba mucho más fieramente que el vacío. Me miró y esbozó una sonrisa. Era ella, lo juro. Sentí terror; no quería vagar el resto de mi vida persiguiendo a un espectro. No tuve más remedio que cambiar de domicilio. Es la enésima que lo hago desde entonces. Tarde o temprano aparece suspendida en el abismo y huyo de nuevo. Pero ni loco me planteo mudarme a un piso con todas las habitaciones exteriores.

lunes, 21 de noviembre de 2011

MAGDALENA

Llorabas y llorabas, y yo allí, sin saber qué hacer. Fuera estaba la playa, la gente despanzurrada alegremente al sol, pero tú no hacías más que llorar y llorar sin decir nada. Sólo hipidos y balbuceos sin sentido. Por un instante, calma, la mirada azul perdida como ausente; luego unos pucheros y vuelta a empezar. Era crispante, tu llanto y mi silencio. Tanto, que hacían chirriar mi mente hasta anular los bramidos de la escandalosa cafetera. Llegó un momento en que todos dejaron de seguir en la tele el encuentro Madrid-Celta de Vigo para mirarte; para seguir con los ojos el reguero de lágrimas que discurría por las baldosas hacia el mar. Yo, entonces, no entendía nada de mujeres. Ni de sirenas.