jueves, 16 de septiembre de 2010

Idiota

Soy uno de esos tipos que pueden llegar a correr el riesgo de considerarse listos. Los éxitos intelectuales son capaces de alimentar una vanidad recalcitrante. Acierto un asombroso número de preguntas en los concursos de la tele, pero desde casa, para no apabullar. Mi intuición y capacidad analítica me hacen adelantarme a los Ministros de Economía en cuanto a tendencias económicas, e incluso a los propios ciclos. Y en mi trabajo, cuando surge una cuestión complicada, mi opinión es de obligada referencia. Mis compañeros y amigos me admiran, y yo se lo digo: no me admiréis en voz alta, que después tiene que ocurrir algo para darme cuenta.

Algo como cuando compré la cámara de vídeo. Yo era un gran aficionado a la fotografía, especialmente a la fotografía vertical. La fotografía vertical me conmueve. Pero entonces compré la cámara de vídeo y busqué planos imposibles e imágenes subyugantes. Antes de darme cuenta estaba filmando rotando la cámara, y no fui consciente de ello sino cuando me puse a editar la cinta y vi a toda esa gente con los pies en el lado izquierdo del monitor y la cabeza en el derecho. Y pensé que tendría que dar la vuelta a la tele, porque esa realidad invertida no servía ni como cine experimental. Y pensé también que después de todo no era tan listo. Era uno más. De modo que se lo conté a mis amigos para que de una vez me creyeran y dejaran de contribuir a hacerme sentir aquello que no soy.

Y es que es mucho más duro darse cuenta de sopetón que tratar de contener la arrogancia a diario. Para esa contención fue muy útil dejarla marchar, pues lo de la cámara no deja de ser anecdótico. Pero cuando a diario me llega su recuerdo, y la pienso andando a brincos y su sonrisa amplia mirándome feliz, con sus pies a la derecha de mi cabeza, y su cabeza a la izquierda - pues los recuerdos son así de caprichosos y experimentales-, me pongo en mi sitio, y me digo - a diario- que, después de todo, no soy tan listo. Después de todo soy un idiota que correría el riesgo de creer lo contrario si no fuera por ella, las imágenes invertidas, y unas cuantas cosas más.





Otros sitios de la autora Reflexiones .  Colabora también en el proyecto La taberna del escocés

EL MÉTODO MING

El chino Ming está convencido de que para aprender inglés de forma rápida y barata hay que ir a Inglaterra y trabajar en un restaurante. A esa conclusión ha llegado después de informarse ampliamente en foros y revistas especializadas en el aprendizaje de lenguas extranjeras. Así que, ni corto ni perezoso, abandona su aldea en Manchuria para presentarse en Londres con su maleta de piel y su kimono de rayas. Ahora ya sólo le queda lo de buscar trabajo. Por supuesto tiene que ser en un restaurante occidental, si lo hiciera en uno chino (así lo juran y perjuran los expertos) hablaría en su propio idioma y nunca aprendería la lengua de Wilde. Encuentra trabajo como pinche de cocina en Casa Canga´s, en Cambridge St, 67. Le gusta el trabajo y resulta tan buena persona y mejor trabajador (trabaja metido en la cocina más de doce horas diarias) que los dueños terminan tratándolo como a un hijo y dándole alojamiento en el propio restaurante. Después de dos años de pelar patatas y cocer marisco, el chino Ming extraña a su novia Chuchú y decide volver a su Manchuria natal. Cuando llega a su pueblo apenas ha aprendido inglés, pero habla con fluidez un florido gallego con acento de Cangas del Morrazo.

EL ROSTRO DE IBUNOKO


Diez días atrás, observada desde la pequeña estancia allende los tejados, el arribo de la joven consorte de Ibunoko a la Casa, no permitía apreciar detalles que aportaran un solo hilo a la trama de nuestro callado misterio. Aún si hubiésemos nacido esclavos, ninguna esclavitud nos habría sido más penosa que la índole de aquello que se debatía entre los pliegues de nuestro silencio por adquirir un rostro cierto. El rostro de Ibunoko, por nadie visto.
Habían llegado sobre el filo del mediodía, de modo que las repetidas ceremonias de presentación se alargaron hasta la hora en que la intensidad del calor enloquece las avispas. Recién entonces le fue permitido a la señora Ibunoko llegar a sus habitaciones y rendirse al cuidado de sus propias doncellas, que la desvestían y volvían a acicalar con las fastuosas sedas de la ciudad imperial.
Como siempre -como ya nos era conocido a los sirvientes de la casa - Ibunoko se había esfumado. Su presencia no era perceptible por ojo alguno puesto que había logrado -para desesperación de quienes le servíamos - el don de la transparencia. De modo que nunca se estaba seguro de si él estaba o no, de si él podía oír o no; de si él podía regresar o no de la incorporeidad que gozaba y, en el fondo, cada uno de nosotros, esperaba que eso ocurriera alguna vez.
Se murmuraba con frecuencia sobre su inmortalidad y la controversia entre nosotros era si el hecho de ser invisible la más de las veces, lo habría dotado de las virtudes de los inmortales o si tan sólo las aparentaba.
Las tañedoras de laúd poco y nada podían aportar sobre los caracteres personales de Ibunoko. Jamás habían logrado ver su rostro. En sus visitas a la cámara del señor, combinaban diestramente la danza, los juegos de ingenio e imaginación hasta que imprevistamente, una gloriosa sensación de abandono y sed, las envolvía suavemente en la neblina de los sahumadores y una marea de silencios dominaban los ímpetus de la pasión.

Intuí que Ibunoko era sabio. Suprimía de la escena las variaciones que sobre su rostro podían imprimir los juegos donde las flores y los abanicos y los pájaros adiestrados debían fascinar totalmente al contemplador y encenderlo para el amoroso holocausto.
Blindaba sus emociones con alguna de sus bellas máscaras. La perfecta sonrisa magistralmente dispuesta en lacas inalterables. Los impenetrables ojos fijos en la pulida convexidad.
Restaba deliberadamente cuanto pudiera deslucir la consagración de la fábula allí mismo narrada o exigida.
Algo capaz de motivar el infinito rollo de interrogaciones que una puede iluminar en la soledad de su propia estera.
Negaba también el más ínfimo dolor a los sentidos sacramentales de la vida, cuya contagiosa sustancia pudiera remorder la contentez exigida al otro ser.
Solo una de las tañedoras se atrevió a confiar a su sirvienta que había desaparecido en el interior de un pequeño cofre pero ella continuó sus insinuantes relatos, dándole sitio a las voces graves o aflautadísimas de invisibles personajes. Danzó igual que ante Ibunoko y tuvo la certeza de que su actuación era observada por alguien verdaderamente invisible. Luego la joven se inclinó a la contemplación y piadosamente el hidalgo la hizo recluir en la Casa de los Encuentros Celestiales.
En cierta ocasión, un hombre que parecía un campesino, se presentó ante el señor pretextando haber soñado un raro sueño.
Antes que el campesino pudiera iniciar el relato, Ibunoko verdaderamente sorprendido por el visitante -con apenas un majestuoso giro de sus vestiduras- exhibió ante el presunto soñador una de sus máscaras cómicas. Sin arredrarse ante tal circunstancia, el hombre comenzó diciendo: " Me he visto a mismo en compañía de tres maravillosos genios de la danza los cuales solo poseían la mitad de sus miembros superiores e inferiores. Es decir que tenían un brazo y una pierna cada uno. No obstante era tan gloriosa su alegría, que yo mismo lejos de compadecerme de sus condiciones físicas, me sentí inundado por la radiante dicha que ellos comunicaban. Los tres residían en una aldea tibetana y en la habitación por ellos ocupada, una pequeña pieza de barro cocido con espléndidas flores de durazno, atraía las miradas prodigiosamente ".
-Un jarrón con su nube de rosadas flores, como éste que ves aquí? -le preguntó Ibúnoko.
Y antes que el hombre pudiera decir "si ", Ibunoko se transformó en el jarrón soñado por el campesino.
Quizá conmovido hasta las lágrimas, pero resuelto a develar su propio enigma, el hombre todavía rogó en voz alta: " Oh, señor, declárame dónde es pues la morada en que residen los tres genios, si en el Tibet celestial o en el Tibet más allá de la China?"
Una carcajada que tanto procedía de los viejos faroles colgantes del rico artesonado como de las falsas paredes de papel, fue la respuesta.

Aún si la noche tuviera una duración de seis mil años- como calculaba mi antecesor- los hechos que tuvieron por protagonista a nuestro invisible amo, no se agotarían. Él posee la exclusiva facultad de cabalgar a favor de nuestra obsesión por descubrir su rostro, sin que acaso exista en su voluntad idéntica pasión por ocultarlo.
O es que las máscaras de Ibúnoko son la verdad, la Única verdad que Ibúnoko puede revelar a sus servidores?
Hoy sucedió que, mientras yo pulía los grises mármoles de un estanque vacío, la joven Kano, la recolectora de flores, simulando extraer hierbas silvestres de un cantero cercano, relató en voz muy baja:
"Cuando disponía las flores en los cacharros de la terraza -no? - la señora Ibunoko llamó por mí:
-Kano -dijo -dame uno de tus crisantemos para mi cabello.
No había crisantemos en mi cesta. No. Pero miré con toda atención el gran ramo que portaba. Entonces con mucho temor, respondí:
-Soy tan torpe que no logro advertir la flor que mi señora ha pedido. No hay crisantemos en esta época. Estoy segura. Pero quizá ésta orquídea azul como su obi, lucirá como perla.
La señora Ibunoko extendió su mano tristemente en el vacío mientras una sonrisa también vacía acentuaba la exquisitez de su cara. Se hizo un doble silencio, porque yo estaba muy confundida y la señora parecía haber olvidado de improviso todas las flores de este mundo.
Fue entonces cuando expresó:
-Oh, dulce Kano! No! No eres torpe... Es que yo soy ciega"


Beatriz Basenji

martes, 14 de septiembre de 2010

La visita pastoral

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Nadie supo romper aquel silencio torvo y denso, enmarañado de rencores centenarios, conocidos por todos aunque nadie hubiera dicho nunca nada.


Nadie quiso empañar el dulce sabor de la venganza de aquel minuto interminable que compensaba, de golpe, veinte años de desdenes.


Sólo el obispo, sólo él parecía, al mismo tiempo, ajeno y necesario, en aquel cuadro intemporal de miserias orgullosas.


Y lo cierto es que todo ocurrió en un instante imprevisible, como llegan las tormentas a los pueblos de La Nava.


Desde hacía treinta años no se había visto por el pueblo ningún cura forastero, si se quitaba el fraile capuchino que vino una vez por la fiesta de San Blas y el hijo de Evaristo, que estuvo un verano de hace tiempo a curarse de unas fiebres que había cogido con los indios. Pero aquello, como es lógico, no tenía nada que ver. Aunque alguien había dicho que al hijo de Evaristo, en el convento, le llamaban Fray Pedro de la Nava , en el pueblo seguía siendo Doro el de Evaristo o, si me obligan, Doro "El Calentín", como habían llamado a su abuelo, a su padre y sus hermanos.
Pero un obispo, lo que se dice un obispo, nadie había oído que hubiera pasado ninguno jamás por la comarca.


Don Raimundo había anunciado su visita en la misa del domingo. Era lo único nuevo y sorprendente que había dicho en quince años. Por eso, tal vez, tardaron un momento en comprenderlo, distraídos, como siempre, en un sermón de milagros y reproches.
Parecía que el obispo quería hacer un recorrido por los pueblos de La Nava: Quintanilla y San Adrián, por la mañana; Pobladura y Las Barreras, por la tarde. Por eso, les pedía que estuvieran reunidos el jueves, a las cinco, en los portales de la iglesia.


Y el jueves, a las cinco, fueron llegando, silenciosos como tordos, los nueve vecinos que aún poblaban, por entonces, Las Barreras de La Nava.


Fueron llegando poco a poco. Ocuparon su puesto en el poyo de la entrada y esperaron, resignados, sin pasión y sin temor, como se espera el verano o las desgracias.


Y llegó el obispo al fin, como llega el verano, tarde y seco, sin mirar a los ojos, repartiendo bendiciones, pretendiendo derretir, con su presencia, las últimas heladas del invierno.


Y dijo no se qué de la paz en las aldeas, del trabajo, las cosechas y la pureza del aire y las costumbres.


Pero nada parecía suficiente para romper el silencio de los fieles.


Y fue entonces cuando dijo, inconsciente, aquello que, sin duda, se habrá reprochado, desde entonces, tantas veces:


-"Siendo ustedes tan pocos, se querrán como una auténtica familia"


Fue aquella la primera señal de la tormenta, el primer trueno que estremece las majadas en las tardes de septiembre.


Y después ya todo fue imparable, imprevisible como el odio y el granizo.


-"Dígaselo a este, que ha movido los mojones de las tierras"
-"¿Y tú?, que te has quedado con la herencia de tu hermana..."


Se levantó el vendaval de los rencores, la sorda acusación de las injurias, el turbio manantial de las envidias, la venganza primitiva del insulto, el desprecio y el silencio.


Creció y creció la espiral, como crecen al deshielo, las aguas desbordadas de la presa hasta que sonó, como un bálsamo, la voz de Atilano, el cantinero:


- ¡"Callaros, hostia, que está aquí el Señor Obispo"


Y estalló, como dije, el estruendoso silencio de un minuto interminable y cuando el coche del obispo se perdió entre el polvo tras la vuelta del camino de la ermita, quise ver una sonrisa en algún rostro impenetrable.




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Publicado en FRANCISCO FLECHA, El Vuelo del Milano, León, Celarayn, 2006.

viernes, 10 de septiembre de 2010

El jardinero

En un reino de ordenados canteros, de insectos benéficos, de plagas acechando en las sombras, de hojas verdes y secas, de aromas y tierra húmeda, él gobernaba, aceptando las leyes del juego, sabiendo que no siempre sus esfuerzos serían recompensados, comprendiendo que aliarse a la naturaleza era más justo que luchar contra ella y que una enorme manzana roja era un triunfo mucho más valioso que una batalla ganada por un rey de un reino más grande, e inclusive más valiosa que un cofre lleno de oro, porque la manzana lo alimentaba mientras que el oro, para ser útil, tenía que transformarse en manzanas, sino solo es bonito y brillante pero no sabroso.
Pero el jardinero, que nunca había tenido oro, seguía pensando que para ser feliz había que tener el hambre suficiente como para disfrutar la manzana y suficientes manzanas como para el calmar el hambre y ese pequeño jardín, para sentarse bajo el manzano a descansar tranquilo, después de un día de trabajo.

domingo, 5 de septiembre de 2010

LOS JUEGOS DEL DESTINO


El primer signo de confusión que sobresaltó a Giordan fue encontrarse con don J M. La carretera estaba totalmente desierta y el hombre, desde el otro lado le saludaba.Devolvía el saludo y el hombre continuaba saludando.Giordan pensó en una máquina de saludar que veía todas las mañanas en el portal de una estación de servicios.
Cruzó.Aceptaba que lo conocía y con urgencia buscaba en la memoria esa última vez que se vieron y que nunca existe.
Don J M vivía en la casita rodeada de flores de la calle en diagonal. Víctima de una hemiplejia, caminaba muy despacio ayudándose con un bastón. Cuando estuvo frente a él, algo súbito le hizo dudar que se tratara de la misma persona; más aún le vulneró que el hombre permaneciera con los ojos cerrados.
-Cuánto tiempo! – expresó de compromiso.
-Mucho? – interrogó el otro y su mirada recayó en el chándal gris iridiscente.
Repentinamente iluminado por el centelleo de un recuerdo, Giordan preguntó con entusiasmo: Y su hija?
-Está bien. Es necesario que tú le expliques la situación.
-Qué situación ?– indagó ligeramente alarmado.
-Los juegos del Destino.
A pesar que se movían codo con codo, Giordan tenía la sensación de caminar en otra dimensión, mas arriba o mas abajo de la vereda. Y en medio de aquellas alteraciones se oyó responder:
- Bien. Seré su mensajero, solo por esta vez, eh?
- No tengo opciones - se lamentó el hombre.
Caminaron. Lo fascinaba la pericia de ambos para no pisar el suelo. Flotaban sobre el asfalto, sobre los parques, inclusive sobre la fuente de la Plaza. Giordan estuvo a punto de exclamar: "Acaso Marc Chagall nos introduce en alguna de sus obras? ", pero se lo guardó.
Don JM reparó en que era la hora que los tordos se reunían en la Plaza, y lo llevó hasta una cornisa para mirar la recogida de las aves.
-En verdad, estoy en deuda con mi hija.
A Giordan le rebasaba la gloria mirando desde aquellas alturas el continuo ir y venir de las aves, la algarabía de sus coloquios entre la fronda de los árboles, los techos multicolores de la Catedral y el fondo de silencio del interior gótico, al punto que su presencia y la de su vecino se diluyeron entre los grises del frontispicio. De nuevo lo miró y recordó un halo de sabiduría que sutilmente portaba aquel hombre.
Don JM hablaba como para sí, tenuemente. Decía :
-Sucedió algo. Cuando se aproximaba mi turno... transferí algunos de mis sueños a mi hija. No sucedió de modo inmediato.Con lentitud, mis sueños fueron rodeándola poco a poco, sin que ella se percatara. Y con esa perfección que se opera mediante la maquinaria del Destino, ella empezó a protagonizar aquello que yo no pude realizar.Ahora me gratifica verla feliz desempeñando mis antigüos roles. Pero – y esto es lo que me trae hasta aquí – ella ha postergado el mundo que le pertenece.
Giordan estaba estupefacto. Ignoraba que pudieran transferirse sueños o destinos.
-Por qué lo hizo? - le preguntó tras un largo silencio.
-No fué por egoísmo. Es posible que se trate de una alianza. Como el caso de la Santísima Trinidad.
-Que, ¿qué?! - exclamó Giordan.
-Es que no lo sabe? El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
-Acaso es Ud. Teólogo?
-Solo puedo decirle hasta ahí. Que los destinos se permuten no es una regla. Pero sucede.En el espacio real caben los destinos. Los protagonistas somos el aspecto visible de la trama .
-Entonces,¿ qué?
-Entonces vaya y cuentele a mi hija esta conversación.
- Soy - hombre - tan – pobre - en - palabras !
-Con las palabras justas es suficiente. Todavía es Giordan y dentro de unos segundos despertará.-


Beatriz Basenji

sábado, 4 de septiembre de 2010

La rubia del Cine Mary

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Versión narrada




Versión escrita


Al otro lado del teléfono, su voz sonaba clara y urgente:

-"Que van a tirar el Cine Mary".
- "Voy ahora mismo".

Haría por lo menos quince años que no habíamos coincidido, como suele pasar en las ciudades pequeñas de este reino en que parece necesario, pasado cierto tiempo, renovar las amistades para no sentirse agobiado saludando a todo el mundo.
Eran las ocho de una mañana de un día cualquiera de agosto y sólo necesite estas breves palabras para tirarme de la cama.
Mientras me vestía, a toda prisa, volvieron a mi memoria todos aquellos recuerdos que parecía que hacía años que habían quedado definitivamente sepultados.

Las tardes de noviembre vividas en la penumbra luminosa de aquel cine, huyendo de las clases de Don Beta y soñando, siempre en vano, con rozar levemente la rodilla de alguna chica que acertase a sentarse a nuestro lado, mientras el vaquero infatigable emprendía aquel galope loco para fundirse, al llegar al horizonte, con el Sol y las montañas.

Todas eran ahora, en el recuerdo, tardes lluviosas de noviembre con un lejano regusto de chicle y de tristeza.

Los habituales de aquellas tardes de fuga éramos Ramón, Gustavo y yo.

Ramón y yo habíamos sido amigos desde niños. Gustavo se unió después. Sin recordar muy bien cómo ni por qué.
Íbamos juntos a todas partes. Compartíamos secretos inviolables de cosas intranscendentes que, sin embargo, jurábamos no contar a nadie.

Aunque, para ser exactos, esto ocurría entre Ramón y yo. Gustavo fue siempre un misterio. Siempre a nuestro lado, siempre próximo y distante. Si lo pienso ahora, despacio, debo reconocer que apenas sabíamos nada de su mundo. Zanjaba cualquier pregunta con palabras escuetas o con gestos, como si le diera pereza contestar.

Recuerdo aquel día en la Plaza del Ganado que se vió metido en medio de una trifulca monumental. Cuando le preguntamos: "¿Qué pasó, Gustavo, qué pasó?" contestó con desgana, como haciendo un esfuerzo sobrehumano:

- "Nada. Se pegaban".

Por eso nos llamó tanto la atención que aquel viernes nos asaltara en el recreo para decirnos que tenía que contarnos un secreto.

El día anterior, Ramón y yo habíamos ido a jugar a los billares y Gustavo dijo que prefería ir al Cine, que ponían "El hombre que mató a Liberty Valance".

Al principio apenas entendíamos qué es lo que estaba contándonos. Parecía que en el cine una rubia se había sentado en la fila de delante y, al quitarse el abrigo, le había mirado y sonreído, que apenas se enteró de la película, pendiente como estaba de la rubia, y que al final le puso en la mano la entrada, en la que había escrito por detrás:

"Te espero aquí, los jueves, a las cinco".

Miramos con envidia aquella entrada, maldiciendo no haber sido nosotros los destinatarios de aquel lacónico mensaje.

Pero algo parecía ensombrecer aquello que, a todas luces, era una suerte inesperada:

-"¿Estas bobo, Gustavo, o qué te pasa?"

Nos contó que había salido detrás de ella y que le pareció que entraba en el portal del callejón.

Al Cine Mary se entraba desde Ordoño a través de un callejón que formaba una antigua casona abandonada con torreón, chimeneas y buhardillas, huerto de chopos a la calle y unos huecos que habían sido cubiertos con trozos de hule simulando puertas y ventanas.
Por eso mismo le dijimos que todo aquello era imposible. Incluso aquella tarde exploramos con él la casa del callejón. Al fondo del portal había una escalera de madera y todas las puertas de los pisos estaban clavadas con tablones.

No nos quiso escuchar. Se encerró cada día más en su secreto y acudía a la cita puntualmente cada jueves.

Nunca más nos volvió a hablar de todo ello.

Cuando llegó el verano nos dijo misterioso:

- "A lo mejor tardamos en vernos. Me voy lejos.

No le dimos importancia. Desde hacía algún tiempo disfrutaba dejando caer esas frases misteriosas. Sabíamos que se iría, como todos los años, con su tía, a una fonda de Perlora.

Pero al curso siguiente no volvió y, sin atrevernos a comentarlo abiertamente, buscábamos la excusa para pasar por delante de la casa al volver del instituto, mirando desde la otra acera las ventanas de hule por si podíamos descubrir algún indicio que aclarara aquel misterio.

Por eso, al oír a Ramón a otro lado del teléfono anunciando con voz plana y urgente "que van a tirar el Cine Mary", me levanté con la conciencia de que, al fin, el misterio podría desvelarse.

Cuando llegué encontré a Ramón apostado donde siempre, siguiendo las maniobras de excavadoras y camiones.

-"Parece que van a empezar ahora por la casa".

Entre nubes de polvo vimos caer la escalera, las puertas de los pisos, los hules que ocultaban cascotes de ladrillos. Nada. Polvo y ruina. Y unas cajas de papeles entre los que Ramón quiso ver, por un instante, el cuaderno de griego de Gustavo.

-"No te esfuerces, Ramón, que no era nada; que, a veces, los ojos nos hacen ver lo que esperamos".

Nos despedimos con un confuso "te llamo un día de estos y comemos".

Han pasado otros diez años y, seguramente, lo habría ya olvidado si no fuera porque ayer, en un bingo que han puesto donde el cine, una rubia, al pasar junto a mi mesa, mirándome a los ojos, me dejó un cartón donde había escrito: "Te espero aquí, los jueves, a las cinco".


Publicado en FRANCISCO FLECHA, El vuelo del milano, León, Celarayn, 2006