lunes, 29 de noviembre de 2010

REGRESO




Cuando regresó a casa, después de muchos años con destino forzoso en la casa de otros, se dio cuenta de que el reloj no se había parado para ellos ese día de octubre, de frío y castañas. Sintió que el calor de la cocina de la abuela no calentaba igual que cuando ella estaba. Que aun le quedaba algún amigo porque la muerte no había sesgado su vida. Que se había acostumbrado a ir y venir, pero nunca a estar. Que después de todo, fue un mercenario más exiliado por dinero, y que al final, tras estudiar y formarse hasta hacerse un funcionario en un país que se desgaja, tuvo que aguantar el dedo acusador que le apuntaba como “CULPABLE” de la crisis económica.
Cuando regresó a casa, esperó su último día con la mirada del guerrero templario, no hubo medallas, aplausos, ni agitado recibimiento, pero sonrió alegre porque su indulgencia plenaria había sido concedida.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Ana María Matute. En su propia voz





El niño al que se le murió el amigo
Ana María Matute


Una mañana se levantó y fue a buscar al amigo, al otro lado de la valla. Pero el amigo no estaba, y, cuando volvió, le dijo la madre:
-El amigo se murió.
-Niño, no pienses más en él y busca otros para jugar.
El niño se sentó en el quicio de la puerta, con la cara entre las manos y los codos en las rodillas. «Él volverá», pensó. Porque no podía ser que allí estuviesen las canicas, el camión y la pistola de hojalata, y el reloj aquel que ya no andaba, y el amigo no viniese a buscarlos. Vino la noche, con una estrella muy grande, y el niño no quería entrar a cenar.
-Entra, niño, que llega el frío -dijo la madre.
Pero, en lugar de entrar, el niño se levantó del quicio y se fue en busca del amigo, con las canicas, el camión, la pistola de hojalata y el reloj que no andaba. Al llegar a la cerca, la voz del amigo no le llamó, ni le oyó en el árbol, ni en el pozo. Pasó buscándole toda la noche. Y fue una larga noche casi blanca, que le llenó de polvo el traje y los zapatos. Cuando llegó el sol, el niño, que tenía sueño y sed, estiró los brazos y pensó: «Qué tontos y pequeños son esos juguetes. Y ese reloj que no anda, no sirve para nada». Lo tiró todo al pozo, y volvió a la casa, con mucha hambre. La madre le abrió la puerta, y dijo: «Cuánto ha crecido este niño, Dios mío, cuánto ha crecido». Y le compró un traje de hombre, porque el que llevaba le venía muy corto.

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domingo, 21 de noviembre de 2010

OJOS


Le arranqué los ojos con mis manos. Mientras en sus cuencas, húmedas, calientes, aun quedaban restos de su sangre. Por fin pude descansar de sus miradas, aunque ahora me ahogo en desaliento. Pero no es sólo dolor lo que yo tengo por se huérfano de búho vigía. Se los quité porque estoy ciego de amor. Ahora, mira...

“Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos, que son dos hormigueros solitarios.”(Fragmento de Miguel Hernández)

lunes, 15 de noviembre de 2010

N E X U S





Soy ese hueco de un ladrillo que se ha perdido en la pared lindera. Hay un bonito jardín donde juegan , gritan y saltan cuatro niños. A veces son cinco, y con el perro, seis. Cuando estan cansados se tumban sobre el césped. De tanto ignorarlos he borrado sus juegos. Hay programas donde se me ve en una cámara lentísima saltando encapsulado.

Son mínimas las veces que alguno de los chicos puede atrapar. En verdad, el perro es el dueño de la pelota. Hasta que se cansa y la destroza con todas sus ganas. Esos dias imagino que soy yo quien le está hincando los colmillos al balón , sacando menudos trozos cada vez mas pequeños. Es la gloria.
Cuando ellos finalmente desaparecen de todas las versiones del jardín exhaustos y felices, tambien giro dichoso. Siento que he jugado con ellos.

Por la tarde la estrategia es diferente. Los niños se lanzan un objeto de forma extraña unos a otros y aunque el perro se esfuerza no lo puede capturar. Cansado, se deja caer sobre la hierba y hunde el hocico entre sus propias patas.Algo me mueve la melancolía.

De este lado de la cerca hay un profesor virtual de Matemáticas. Cada mañana cuando despierta, tose y carraspea fuerte . El programa dura diez minutos. Se le han carcomido algunos fractales que consiguió en Egipto y el ojo se distrae esperando una salida de emergencia en esas zonas . El hombre abandona el lecho tambaleándose y apoyándose en las paredes . Cuando él ingresa al cuarto de baño, los artefactos se sacuden , tiemblan afiebrados, largan sus aguas violentamente a las cañerías . Pareciera que la misma casa caerá bañada en sus propios espantos y teoremas. Luego grita mi nombre para que yo despierte. Ignora que ya he despertado , que ya he tosido y retado al vecindario con mis carrasperas y arrastrado mi torpe humanidad por los arabescos del pasillo. “Puta marihuana te volverá loco antes de tiempo “ decía la vieja . Ya entonces íbamos cúbicos. Poliédricos. Tan insanos que en las noches estrelladas nos proyectábamos desde el firmamento como bólidos hacia la materia oscura. Y lo peor no era no poder regresar a la Tierra, sino permanecer un millón de años suspendidos sobre el patio sin siquiera tragar una bocanada de aire.
Algunas mañanas cuando el viento sopla del este, Nexus necesita aspirar mis confusiones. Va zigzagueando hastra el hueco del ladrillo y me sermonea como la primera vez. Con ese cariño tan de perro . Pleno de fidelidades.


Beatriz Basenji

domingo, 7 de noviembre de 2010

AHORA



AHORA.



Ahora cuando despierte


¿Qué veré?


Ahora cuando me mueva


¿Estará ahí?


Ahora cuando intente mover mi cuerpo


¿Podré hacerlo?


Ahora que estoy en lo más profundo de este agujero


¿Podré salir de el?


Ahora que estoy viva


¿Podré seguir viviendo?


O, quizás esté muerta.



Charo Acera.


El regalo del ángel




Y el ángel, se posó en la iglesia. Eligió ese edificio porque era el más alto y desde allí, tenía mejor vista, no porque fuera una iglesia. El no sabía nada de dioses ni de edificios dedicados a los dioses. Le gustaban los lugares altos, eso sí, porque podía ver varias cuadras a la redonda, podía ver a la gente y podía, cada tanto, abrir enormes sus alas y ver las reacciones de quienes lo veían.
El los veía a todos, pero nadie lo miraba a él. La mayoría de la gente caminaba cabizbaja y de mal humor, pensando en sus problemas y en que todos los días debían recorrer el mismo camino aburrido. Muy pocos miraban las plazas, a la gente que cruzaban, y al gatito en la ventana. Ellos fueron los que detuvieron sus pasos, preguntándose que era eso de pie en el borde del campanario. Recién entonces, cuando el ángel abrió sus enormes alas, todos, inclusive los que no miraban nada, alzaron la vista y boquiabiertos notaron al extraño ser que aleteaba sobre ellos. Y como un regalo del ángel, él único que jamás les daría y el mas valioso, vieron la belleza del cielo y del campanario y supieron que de haber mirado antes, lo hubieran visto sin necesidad de confusos milagros y que la misma belleza la encontrarían en cualquier esquina, de atreverse a observarla.