Pink Floyd en la memoria
No me coge de nuevas y es que esta mujer mía tiene unos prontos, que dan miedo. Por eso he salido volando del corral. Si caigo en sus manos no sé qué habría sido de mí.
A Romero, el cabo del puesto, le sigo oyendo reírse y yo es que no veo la gracia.
Al menos, está él de servicio y no le importa que duerma en el calabozo hasta que todo se tranquilice.
Mira que Mati me lo advirtió veces, ten cuidado con el hacha y yo me reía, mientras recordaba el nombre de aquella canción y mis años de hippy.
Ten cuidado con ese hacha, Eugenio, arregla el mango, que se va a soltar y verás que tenemos una desgracia.
Siempre la misma murga y yo ni caso, para qué, total, son cuatro palos los que parto por sí enciendo.
Cuando venga la chiquilla no sabré qué contarle; siempre anda pendiente de que no le falte nada. Salen aunque esté helando. Dice que la relaja pasear con él, que arrimarse a la lumbre para quitarse el relente, con el animal a sus pies, es un lujo de pueblo que en su piso no puede permitirse.
La desgracia no por anunciada, me ha sorprendido menos, no se poner palabras a la angustia que he sentido viendo volar la hoja del hacha.
Pobre Pancho ni se a enterado, ya podía haberle dado a una gallina. Cuando Mati a visto como ha quedado el perro, o corro al cuartelillo, o el siguiente muerto soy yo.
Ahora es la pena la que me mata y no sé cómo arreglarlo. Imagen de Gustavo Sousa en Unsplash




