lunes, 8 de marzo de 2021

En la calle

Fotografía de Egidijus Bielskis en Unsplash

Por un pequeño agujero, eso es, pon que fuese diminuto y que por él pudiera escapar. Así le gustaría desaparecer.

 

El vaso se encuentra vacío, también esto le ha fallado. A duras penas puede guiñar el ojo y asomarse a un pasado que se insinúa en el fondo, lo apura, y por un instante consigue que se desvanezca. 


Nadie sabría decir si es él quien sujeta la barra o es ella la que lo mantiene en pie. Esos goterones de ginebra que humedecen la barra, se asemejan a monedas esparcidas al azar. Es el  último dinero que le queda. Por hoy no hay más.

El camarero, como si supiera, mira con desconfianza, se ha negado a servirle y a él no le quedan argumentos para insistir. Pronto le echará. Reuniendo la poca dignidad de que dispone, para no darle ese gusto, sale.


Camina sin confianza, se enreda con una bolsa que el viento ha arrastrado, trastabilla, está a punto de caer. Un perro sale de entre los coches y se aleja escandaloso con el rabo entre las patas, sus ladridos retumban en el silencio. La noche es fría y ha calado sus huesos destemplados. 


Frente al portal de sus padres. Los vapores del alcohol se han evaporado y no significa que se encuentre mejor. El malestar no solo es algo físico.


Trata de sobreponerse, pero pesan demasiado los fracasos y sus sesenta recién cumplidos. Hoy hace dos que volvió a vivir con ellos y no tiene otro sitio al que ir.




 

viernes, 26 de febrero de 2021

Revelación

Fotografía de María Teneva en Unsplash

Camino por un territorio incierto donde Morfeo gobierna caprichoso. La respiración se vuelve pesada y regular. La ensoñación va tomando cuerpo,  reconozco formas indefinidas, que aunque las crea fuera de lugar, me observan, no son miradas hostiles pero si cargadas de resentimiento.

Ana, está aquí, la sigue una larga hilera de personajes deseosos de cambiar su suerte. Se mantienen al margen, expectantes.

De entre la bruma onírica una forma destaca, Chita se aproxima, la sombra del  «Vicereptil»  ―ser totalmente fantástico a la vez que real― la protege y afirma su autoridad.

A estas alturas siento que algo le debo a ella y al resto. Se acerca en nombre de todos. Me acobardo. No estoy para que me reprendan. Tengo la piel muy fina.

Por suerte, no articula palabra, lo dicen todo sus ojos despiertos. Una mirada inteligente, que no le impide expresar la pena por un blog con unas historias en otro tiempo variadas y luminosas, y al que he convertido en un rincón lúgubre.

Beatriz y los demás, juzgan discretos. Inquieto trato de justificarme, el rubor, se oculta tras la barba.

Un destello: alzo la inexperiencia como un escudo protector. La respuesta es una carcajada general.

Quisiera tener el aplomo de la señorita Manly. La vergüenza de una réplica tan vana aumenta mi sonrojo, la turbación hace que salga de esta pesadilla y que esta encerrona llegue a su fin.

Vacilante, paseo la vista por la salita para confirmar que es todo un mal sueño.

Desde la mesa, el portátil apagado y cerrado parece reírse de  mí.

Creo que, a partir de hoy, no pondré orujo en el café.




Pd.: Esta historia no la puedo considerar solo mía y es fruto de una chispa lanzada por Ana L. Piera “Tigrilla” y su cuento «Ser parte de un cuento». A los que no conozcan su blog de relatos: «Píldoras para soñar», se lo recomiendo sin miedo a equivocarme.

En cuanto a Chita y otras referencias que aparecen, son un recordatorio cariñoso de los personajes que habitan este blog y sus autores.


 

sábado, 20 de febrero de 2021

Tinieblas

Fotografía de Alex Rainer en Unsplash

Tomo el cigarro con cuidado, con miedo a perderlo. Le enciendo sujetando con fuerza el mechero y cuando apago la llama me asomo al abismo, este lo ha engullido todo.


Mí sensación de pertenencia a otra realidad es total. El temor al vacío se dispara. Tiemblo y mis manos tiemblan. Una gota de sangre pende de la yema de un dedo, está en un equilibrio precario y no quiero que caiga, ahí no, me angustia que suceda. Las lágrimas corren, noto su humedad. Aferrado a esa gota como si fuese la última del universo olvido como respirar.


La oscuridad es paz, desde este páramo de desconcierto observo como se abre una herida infinita. Silencio. El mundo parece detenido, pero hay luces que pasan fugaces.

Dimensiones lejanas tratan de abrirse paso, no comprendo nada.



Alguien gesticula frente a mí, le veo mover los labios y no alcanzo a saber qué dice.

―¿Qué quiere?―. 

Para cuando consiguen liberarme del coche, reconozco agentes y bomberos. Un sanitario, con el rostro cubierto, no permite que me levante, me pide tranquilidad, insiste en que ya pasó, que todo va bien, y me sumerjo de nuevo en la oscuridad. 



 

viernes, 12 de febrero de 2021

Confusión

Fotografía de Ruffa Jane Reyes en Unsplash

 

La llamada le ha dejado desarmado. Todavía desconcertado no se anima a entrar en el coche. 

El caso es que nota los ojos húmedos. Se cabrea consigo mismo por lo sensible que se ha vuelto. En el aparcamiento pasa la gente indiferente llevando sus compras, nadie conocido. Mejor, no quisiera tener que dar explicaciones en este momento.

Sin querer sonríe, le hace gracia la pelea que se trae un hombre con su carro, se diría que tiene vida propia y más que empujarlo, entre reniegos, lo arrastra.

Sentado en el coche, la cháchara impertinente del locutor no logra devolverle al mundo. Sujeta con fuerza el volante. Piensa en ella, en el torbellino emocionado de su voz. El ansia por explicarse, por no ahogarse en la incertidumbre.

Le ha faltado ánimo para interrumpir tal liberación.

¡Decía!: «que no estaba preparada, que tenía que pensar en los dos y que por eso se tuvo que alejar». En el tono de su voz no había reproche alguno.

Maika, ha dado a luz una niña, según ella es preciosa y ha salido a él; rubita y con los ojos azules, como los suyos.

Se ha abierto un hueco entre las nubes y cree ver esos ojitos. Por un momento, le encantaría haber conocido a Maika y tener los ojos azules. 

En el fondo cree que ha actuado mal, pero no tenía valor para decirle que se había equivocado  y que su herida seguiría sangrando.


viernes, 29 de enero de 2021

El paseo

Fotografía de Mladen milinovic en Unsplash

Para ser una mañana invernal el sol aprieta. Sin quitarme ojo merodean por el paseo. Cuando por fin me siento en el banco ya todas están junto a mi. Inspiro hondo, llenando los pulmones, me encuentro en paz y una ligera brisa aumenta la sensación de bienestar. No se ve una nube y el paseo se ofrece solitario. 

Ya está ahí plantado, está visto que la felicidad completa no existe.

Desconozco el por qué, de su interés. A diario se detiene frente a mí, observa a las palomas y lo que hago. Su presencia me incomoda. Ni el más leve gesto indica un intento de cordialidad por su parte.

Recordar la ocasión en que le saludé, tratando de romper el hielo, me pone de mala leche. En sus ojos vi claro el asombro… y no trato de ocultar el asco que le producimos.

Las palomas, son seres hermosos, no entiendo a quien se empeña en verlas como ratas.


He llegado a casa y no se me va de la cabeza su bigotito perfilado de actor trasnochado, enmarca un rictus frío e impersonal. Si hay dios, ojalá le perdone.


Las mañanas soleadas son malas para el negocio, ciclistas y paseantes desbaratan el corro; lo peor son las madres con los niños, así no hay manera de que se aproxime más de una y su paso es breve, desconfiado.

Le miro de reojo y siento como una provocación el lustre de sus zapatos. ¿De qué quiere presumir?.

 Hace calor y el sol calienta mi espalda, le noto en apuros, suda copiosamente. Se le agria la sonrisa, se ha sentado una joven con los críos a su lado. Le han ensuciado los zapatos.

El bando entero me rodea, tengo una comiendo de la mano mientras otra se me ha posado en el hombro. Los niños junto a su madre me miran entre asombrados y envidiosos. La suerte me sonríe, la madre, tiene cara de estirada, agarra a los niños y no les permite acercarse. Él, arde por dentro.


Apenas tengo hambre, tumbado sobre la cama trato de recomponer la respiración y un corazón que da la sensación de querer ir por libre. Cierro los ojos buscando tranquilizarme. Espantar el miedo.

Ayer no falle a la cita; él, tampoco faltó. Estuvo lloviendo todo el tiempo. Los días lluviosos son malos en general, las pobres se refugian y acuden, como yo, por la fuerza de la costumbre. Mis pisadas quedaron, en un sendero de barro, como prueba única de que existo.


Llevo toda la mañana solo. Bueno con las glotonas. Una recorrió  mi cabeza y el hombro. Llegué a tener cuatro, dos en cada mano y el bando entero alrededor.

Hoy no se ha presentado. La muchacha que algunos días le acompaña se ha acercado, discreta pero directa. 

―Perdone, siento molestarle… su amigo no volverá. 

No sabría decir si me ha sorprendido. Con gesto triste, ha posado una mano sobre mi hombro como queriendo acompañar un dolor que no siento. Doy salida a un pesar falso como una moneda de chocolate. Miento sin rubor.

Salta a la vista que es buena chica. Creo que la he conmovido. Se aleja con la promesa de volver.

Me ha molestado que piense que era «su amigo».

Necesito caminar. Me da por pensar si le importaremos a alguien. Ella realmente parecía afectada.

Un escalofrío me sacude por dentro. El tiempo parece cambiar y una nube solitaria oscurece el cielo. Al final lloverá y quizá ellas nos echen de menos.

 

viernes, 15 de enero de 2021

Domingo

Fotografía de Jon Tyson en Unsplash

 

Un leve gesto basta y al placer físico da paso una desagradable sensación de vacío. Con cuidado cada uno ocupa el lado que le corresponde, me limpio con irracional insistencia, quisiera borrar cualquier rastro.

Bocarriba fijo la mirada en un techo que imagino. Estamos a oscuras y no solo es cierto, la luz hace años que no se enciende, ni en la cama, ni en mi vida.

Me acomodo sobre el brazo derecho ―¿por qué necesito volverme de ese lado para dormir? ―lo pienso y me sorprende notar que repito preguntas y situaciones.

El sexo programado es la rutina del fin de semana. Me he convertido en un ser previsible, hago las mismas cosas día tras día, me fijo en que también repito pensamientos. 

Con los sueños no es muy diferente. Una cuerda gira en torno a mi hasta tensarse para despertar sin enfrentarme al final. Quizá es lo que deseo y no me atrevo a reconocerlo.

Muchas veces dudo si seré solo yo o si el resto de la gente sufrirá el mismo tipo de pesadillas.

A mi lado parece que no existe ese problema. Creo que no han pasado dos minutos y escucho su respiración. Ya duerme. No hemos cruzado una palabra. Vagos gemidos, cohibidos y egoístas, ha sido todo lo compartido.

Un hilo de claridad se cuela por una rendija de la persiana. Está amaneciendo. Será mejor  que me levante y vaya al baño.


miércoles, 6 de enero de 2021

Con nadie

Fotografía de Sebastien Le Derout en Unsplash

 La puerta se ha cerrado, me quedo un instante mirando hacia ella. Mi hija tenía prisa, salió como una exhalación. Entró por saludar, un minuto, lo justo para adelantarle lo del alquiler.  No se acordó de traerme el pan.

Con la sorpresa de la visita he olvidado tomarme las pastillas. Un ligero dolor de cabeza se va instalando, es un latir sordo que nace en mis sienes hasta obligarme a cerrar los ojos.

Sentado en el sofá dejo pasar las horas, las imágenes del televisor se suceden sin atrapar mi atención. El sonido, exagerado, de los anuncios no consigue romper un silencio de raíces profundas. 

A veces me río sin motivo y yo mismo me sorprendo al escuchar una voz viva entre estas paredes tanto tiempo calladas. 

Hoy ha sonado el teléfono y por un momento… no sé qué esperaba. Se habían confundido. 

El día de reyes se acerca, el brillo de los escaparates ha hecho que por unos instantes olvide el dolor de rodillas. Lo normal es que con cada paso la artrosis me recuerde lo mucho que trabajé.

En la tienda me sentí desconcertado, quería un cochecito para el chaval de mi hija. No había a quién dirigirse, tras una larga espera, una de las responsables tuvo a bien atenderme. 

He llegado a casa agotado, ahora me doy cuenta de que no lo han envuelto y tendrá que ir en la bolsa o que lo envuelva su madre.

―¿Para qué? me dice ―el niño es mayor para esas cosas.

No quiso acompañarla, el roscón se quedó sin tocar sobre la mesa. Tenía que hacer. Me ha dicho su madre.

Dos besos apresurados, que se le hace tarde. Desde el televisor llega un escándalo de risas falsas.

La puerta se ha cerrado, la contemplo un momento y luego, sentado, descuelgo el teléfono y compruebo que aún funciona.

En el ventanal, los geranios helados conservan la escarcha. Este invierno será largo.